El día que mi vecina me pidió que le quitara los aretes de plátano
9 minEl día que mi vecina me pidió que le quitara los aretes de plátano
Yo nunca creí que algo tan absurdo pudiera volverse tan caliente.
La primera vez que vi a Valeria con los aretes —sí, plátano, como los de plátano macho, dorados, curvados, con un pequeño tallo de fibra de coco que simulaba el rabillo— estaba en el ascador del edificio, con una bolsa de mercado en cada mano, sudorosa y un poco agitada. Tenía el pelo recogido en un rodete desordenado, una camiseta de algodón ajustada que le marcaba las curvas y ese olor a plátano frito que se le quedaba en la piel después de trabajar en la tiendita de la esquina. Me saludó con una sonrisa torcida y me dijo: —Buenos días, yo. Hoy me tocó el turno de la fruta.
Yo asentí, no sabía qué responder. No porque los aretes fueran raro —la verdad es que me gustaron—, sino porque Valeria siempre había sido una vecina amable pero distante. Como una vecina que te saluda, te deja pasar primero en el elevador, pero nunca entra a tu vida. Y de pronto, ahí estaba, con aretes de plátano y una sonrisa que me hizo sentir que yo era el único hombre sano en medio de una ciudad llena de locos.
Me llamó la atención porque no era la primera vez que los usaba. La segunda vez, una tarde de lluvia, la vi esperando el bus con los mismos aretes, gotas de agua en las pestañas, la camiseta pegada al pecho. Me acerqué, fingiendo revisar el horario del bus en mi celular, y le dije: —Oye, Valeria, ¿de ver te pones aretes de plátano todos los días o es una moda nueva?
Ella me miró, sin rubor, y me dijo: —Sí, mijo. Me los pongo cuando tengo ganas de que me mamen. No digo que me los coman, no. Digo que me los *mamen* —y se tocó un pezón con la uña, como si fuera un gesto tan natural como ajustarse el pelo.
Yo me quedé helado. No por la palabra, ni por el gesto —porque Valeria no era de esas que hablan por hablar—, sino porque sentí algo que no sentía desde hacía años: la piel me temblaba, y no de frío.
Me llamó al día siguiente. No sabía que tenía mi número. Me dijo: —¿Vienes a ayudarme a colgar los plátanos en el balcón? Son muchos y se me caen.
Era una excusa. Lo supe por el tono. Por la forma en que dijo “se me *caen*” como si no se refiriera a los plátanos, sino a otra cosa más suelta, más pesada, más húmeda.
Bajé con una botella de aguardiente y dos vasos. No le pregunté si quería, simplemente dejé las cosas en la mesa del balcón. Ella ya estaba allá, sentada en una silla plegable, con una bata de ducha abierta, sin nada debajo, los pechos colgando un poco por el peso del calor, y los aretes de plátano brillando con la luz del atardecer.
—Mira qué bien quedaron —dijo, levantando una mano hacia sus orejas—. Los hice yo misma. Con cera de plátano y un alambre fino. No se rompen. Y se sienten calientes, como si estuvieran vivos.
No supe qué decir. Me senté frente a ella, con los vasos en la mano. Ella tomó uno y me lo ofreció. —Bébelo despacio. Que no se enfríe.
Bebí. El aguardiente me quemó la garganta, pero no como antes. Esta vez me quemó en la entrepierna.
—¿Y qué se siente, Valeria? —le pregunté, sin mirarle los ojos—. ¿Te pones nerviosa cuando los usas?
—Sí —dijo, y me miró directo, por primera vez—. Pero no por los aretes. Por lo que pueden hacer.
Me acerqué. No fue una decisión, fue un movimiento natural, como el viento que empuja una puerta abierta. Me puse de rodillas frente a ella, que no se movió, solo me miró con una sonrisa de quién ya sabía lo que iba a pasar.
Le toqué una oreja con la punta de los dedos. La piel estaba caliente, suave, con un olor dulzón y terroso. Le acaricié el arete, el plátano dorado, curvado como una luna nueva, y sentí que vibraba con el latido de su sangre.
—¿Quieres que te lo quite? —le pregunté, bajando la voz.
—Sí —dijo, y cerró los ojos un segundo—. Pero no con las manos. Quiero que lo hagas con la boca.
Me levanté, le quité la bata de hombros, dejándole solo los aretes y una línea fina de sudor en el pecho. Me puse de nuevo frente a ella, esta vez entre sus piernas. Ella se abrió un poco, como si me invitara a entrar, y yo olfateé su cuello, su pecho, el hueco entre sus muslos. Hasta que me incliné hacia su oreja.
Le lamí el lóbulo, con cuidado, como si fuera un dulce que se derrite. Sentí el sabor salado, el calor, y luego la textura del arete: suave, un poco pegajoso, con el olor a plátano maduro. Le mordí con suavidad el borde del plátano, y ella soltó un suspiro que no era un grito, sino una queja suave, como cuando alguien se quema con el café y no lo dice en voz alta.
—Sí —susurró—. Sí, así.
Le pasé la lengua por el arete entero, desde el tallo hasta la punta, y sentí cómo ella apretaba los puños, cómo sus pechos se hinchaban con la respiración. Entonces, con la boca cerrada, lo succioné. No fuerte, no como quien se mame un chupetín, sino como quien sabe que algo se va a derrumbar si no lo hace con calma. Y mientras lo hacía, con los ojos cerrados y la mano en su rodilla, le dije: —Estás hermosa.
Ella abrió los ojos, me miró, y me dijo: —Tú sí sabes, yo. No como esos que solo miran y no tocan.
Le quité el otro arete con la misma lenta, con la misma ternura. Lo dejé sobre su pecho, y ella se lo llevó a la boca, lo chupó como si fuera un dulce, me miró y me dijo: —Tócame, ahora. Que no quiero más plátanos. Quiero que me mames de verdad.
Me puse de pie, le desabrochó el sujetador con los dientes, y cuando lo dejé caer, sus pechos saltaron un poco, redondos, firmes, con pezones grandes y oscuros, como semillas de plátano maduro. Me incliné, los lamí uno a uno, y cuando sentí que ella empezaba a moverse, que sus caderas buscaban más, le dije: —Ponme la mano aquí.
Ella me tomó por la entrepierna, y al sentir el tamaño, soltó un “¡coño!” que sonó como una risa. Me desabroché el pantalón, saqué el pito, ya medio duro, y ella lo miró como si fuera lo más natural del mundo.
—Mira qué rico está —dijo—. Como un plátano verde, pero más gordo.
Me ayudó a acostarme sobre la silla, ella se sentó encima, con las piernas abiertas a los lados, y me dijo: —Tú no muevas las manos. Que yo te las uso.
Se bajó el pantalón corto, dejó al descubierto su culo, redondo y terso, con esa curva que solo tienen las mujeres que han tenido hijos y aún conservan la fuerza. Me miró, me tomó de la barbilla y me dijo: —No me hagas daño. Solo quiero sentirte adentro. Lento. Como si fuéramos a comer un plátano juntos, uno a uno.
Me puse entre sus piernas, le mojé la vulva con la punta del pito, y sentí cómo se abría sola, como si me estuviera esperando. Entré con calma, solo la punta, y ella soltó un grito ahogado: —¡Ayyyy! —y se llevó una mano a la boca.
Le tomé los pechos, le lamí el cuello, y empecé a moverme. No rápido, no como quien quiere terminar, sino como quien sabe que el placer es un plátano que se come de a poquito, pelándolo con cuidado, probando la pulpa, saboreando el calor.
Ella se inclinó hacia adelante, me tomó del pelo y me dijo: —Más fuerte… no, espera. Déjame sentir todo. Que no se me pase. Que no se me pierda.
Le lamí un pezón, y ella se estremeció. Le mordí un poco el hombro, y ella gimió. Le pasé la mano por la espalda, sentí las vértebras como perlas, y cuando sentí que ella se ponía rígida, que sus caderas empezaban a moverse en círculos pequeños, le dije: —Voy a darte todo, Valeria. Todo lo que tengas ganas de agarrar.
Ella me miró, con los ojos vidriosos, y me dijo: —Sí, mi pito. Mámame como si fuera el último plátano en el mundo.
Y entonces ella se dejó caer, con un movimiento lento, y yo sentí su interior, caliente, húmedo, como una boca que te traga sin pedir permiso. Me moví con cuidado, mientras ella se balanceaba, con las manos en mis hombros, y me dijo: —Sí, así… más profundo… que me toques el punto… ese que me hace gritar como una loca.
Y cuando ella se vino, fue como una explosión silenciosa. Se puso rígida, cerró los ojos, y soltó un grito que no era grito, era un lamento, como cuando alguien recuerda una canción antigua. Yo la seguí moviendo, hasta que me vino a mí también, y sentí cómo mi pito palpitaba, cómo el semen me salía como un chorro caliente, como si fuera la savia de un plátano recién cortado.
Nos quedamos así, ella sobre mí, los dos sudados, el balcón lleno de olor a sudor, a aguardiente y a plátano. Ella se levantó, se puso la bata, y me miró con una sonrisa de quién acaba de descubrir un tesoro.
—Mañana vuelvo a trabajar en la tienda —dijo—. Te los voy a volver a poner.
—¿Los aretes? —pregunté.
—No —dijo, y se tocó el pecho—. La costumbre de mamar.
Y se fue, con la bata abierta, el culo marcado por la luz del atardecer, y los aretes de plátano colgando de sus orejas como promesas doradas.
Y yo, que nunca había creído en los fetiches, que pensaba que eran raros, que eran cosas de películas, ahora los guardo en mi mente como una bendición. Porque Valeria no solo me mostró qué se siente cuando te pones aretes de plátano. Me mostró qué se siente cuando alguien te da permiso para mamarle como si fuera lo más natural del mundo.
Y la verdad, es que lo es.
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.