El día que me fui a la cama con la vecina trans que se llamaba Lucía

El día que me fui a la cama con la vecina trans que se llamaba Lucía

@el_anonimo ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (34) · 18 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que la vi desnuda fue sin querer. Estaba subiendo el volumen de la ducha cuando abrió la puerta del baño vecino —la que comunica ambos espacios por un pasillo estrecho y mal iluminado—, y nos topamos a dos metros de distancia. Ella no tapó nada: el cuerpo moreno, atlético, con un pecho bien formado, redondeado por la grasa y los tejidos mamarios naturales, y entre las piernas, lo que era evidente: un pene flácido, no demasiado grande pero bien proporcionado, y un monte de Venus con vello oscuro y recortado. Ella parpadeó, me miró con esa mirada que sabe que ya has visto demasiado y que no te importa ver más, y soltó una risa baja, casi un gruñido.

—¿Te puedo ofrecer un café? —dijo, sin apartar los ojos de los míos.

Yo, que hasta entonces solo había cruzado dos frases con ella —siempre desde la distancia, desde el portal, desde el ascensor—, asentí sin saber si estaba hablando en serio o si era una broma pesada.

Lucía tenía treinta y cinco años, me dijo después, cuando ya estábamos sentados en su salón, con la luz tenue y el olor a café recién hecho mezclándose con el vapor que aún le colgaba del pelo. Era modelo freelance, me contó, aunque no lo parecía: no tenía la rigidez de las revistas, ni la postura forzada de las fotos editadas. Era más… real. Sus palabras tenían un peso que no encontraba en otras mujeres. No se justificaba, no se explicaba, solo estaba ahí, sentada con las piernas cruzadas, los codos sobre las rodillas, y una taza humeante entre los dedos.

—¿Sabes qué es lo más difícil? —me preguntó, inclinándose un poco hacia adelante—. Que los hombres crean que por ser trans, tengo que ser su versión ideal de mujer. Flaca. Silenciosa. Sumisa. Que no me ponga demandas. Que no tenga deseo. Como si mi cuerpo no tuviera derecho a querer lo que quiere.

Yo asentí. Me miraba sin pestañear, sin fingir interés. Me gustaba su forma de hablar. Me gustaba que no me pidiera que la convenciera de nada. Me gustaba que ya estuviera convencida de sí misma.

—¿Y tú qué quieres? —le pregunté, sin rodeos.

Se llevó la taza a los labios, bebió un sorbo, y me sonrió. No era una sonrisa coqueta. Era una sonrisa de quién sabe que ha estado esperando esa pregunta.

—Quiero ser vista —dijo—. No como una curiosidad. No como un experimento. Como una mujer que coge. Que se folle. Que se deja follear.

No dije nada. No había nada que decir. Solo la miré. Y la mirada era otra vez la misma de antes: sin juicio, sin miedo. Solo curiosidad. Solo deseo.

Me pidió que me quitara la camiseta. Lo dijo con la misma naturalidad que si le hubiera pedido que me pasara el salero. Me la desabroché, dejando al descubierto el torso, la piel clara, los pechos pequeños pero firmes, el vello fino que le marcaba la línea media. No era perfecto. No quería que lo fuera. Quería que fuera real. Quería que fuera ella.

—¿Puedo tocarte? —le preguntó Lucía.

Asentí. Me senté en el sofá, las piernas abiertas, las manos apoyadas en el respaldo. Ella se puso de rodillas frente a mí. No fue precipitada. No fue apresurada. Fue consciente. Cada gesto estaba medido, calculado, pero con una crudeza que no se simulaba. Se inclinó, hundió la nariz en mi ombligo, respiró hondo, y soltó un suspiro.

—Huele bien —dijo.

Me acarició el pecho con la palma, lentamente, como si acariciara algo frágil. Luego bajó más, rozando con los nudillos la línea de mi腹, hasta que sus dedos encontraron el borde de mis boxers. No me los bajó. Solo los presionó, con suavidad, con intención. Me puse duro enseguida. Lo notó. Sonrió.

—¿Quieres que te lama? —me preguntó, sin soltar la tela.

—Sí —dije, sin pensarlo.

Bajó mis boxers con una sola mano, sin prisas, sin mirar hacia abajo. Mi pene salió flácido, pero ya empezaba a endurecerse. Ella lo sostuvo con ambas manos, lo frotó entre sus palmas, lo acarició como si lo conociera desde siempre. Luego lo llevó a su boca. No lo metió. Solo lo lamió. Una, dos, tres veces. Con la lengua plana, con la punta, rozando el glande, el frenillo, la base. Me temblaban las manos. No por vergüenza. Por placer anticipado.

—Tienes un pene bonito —dijo, separándose—. No es grande, pero es hermoso. Tiene forma de cuchara. Se curva hacia arriba. Como si quisiera besarte el ombligo.

Me reí. Ella también. Y luego, sin dejar de mirarme, se quitó su camiseta. Sus pechos eran redondos, firmes, de esos que no necesitan sostén. El pezón era oscuro, erecto ya desde antes. Se puso de pie, desabrochó su falda, se la bajó con calma. No llevaba bragas. Me miró, con las manos a los lados, las piernas ligeramente separadas, y dijo:

—¿Quieres ver cómo muevo la cadera?

Me acerqué. Me puse detrás de ella. Le pasé las manos por la cintura, noté cómo su piel se erizaba. Le hice palmas hacia afuera, y ella obedeció: movió la cadera en círculos pequeños, lentos, con una técnica que solo se aprende con años de práctica. Me puse duro de nuevo. Más. Me acerqué a su oreja.

—¿Quieres que te folle? —le pregunté.

Ella se giró, me agarró de la nuca, me atrajo hacia su boca. Nos besamos con fuerza, con hambre. No hubo palabras. Solo lengua, labios, dientes, respiraciones entrecortadas.

La llevé a su habitación. El cuarto estaba oscuro, con luces bajas y una cama ancha, de matrimonio. Me senté en el borde, y ella se quitó el sujetador. Se puso de pie frente a mí, con los pechos al aire, y me pidió que me quitara los pantalones. Lo hice. Me quedé en boxers, pene ya bien endurecido, la punta húmeda por el prepucio.

Ella se sentó a mi lado. Me tomó la mano y me la llevó entre sus piernas. Me dijo que no me pusiera nervioso. Que no tenía que hacer nada. Solo sentir. Así que lo hice. Le pasé los dedos por el monte de Venus, por los labios mayores, por los menores, ya húmedos. Me abrió la mano y me puso la palma sobre su vagina, presionando con suavidad. Sentí su calor. Su humedad. Su necesidad.

—Aquí —dijo—. Aquí es donde quiero sentirte.

Me deslicé sobre ella. Le separé las piernas, le apoyé las manos en las caderas, y empecé a entrar. No fue fácil. No fue instantáneo. Fue un proceso. Un poco de presión, un poco de resistencia, un poco de dolor leve que ella no ocultó, pero que tampoco hizo drama. Me miró a los ojos mientras entraba, sin parpadear, como diciéndome: *Estoy aquí. Estoy contigo. No me sueltes*.

Entré hasta la raíz. Me detuve. Respiramos juntos. Ella me susurró algo que no entendí. Solo asentí. Y luego, supe que quería oírla de nuevo.

Empecé a moverme. Lento. Con calma. No era una carrera. Era una exploración. Ella me abrazaba, me besaba el cuello, me mordía el hombro cuando se ponía más dura la sensación. Su vagina se contraía alrededor de mí, con fuerza, con ternura, como si me estuviera reteniendo para no soltarme. Sus pechos se movían con cada embestida, sus pezones rozaban mi pecho. Me pidió que le tocase los pechos, que le apretara los pezones, que le mordiera el cuello. Le hice caso. Le mordí la oreja. Le lamí el ombligo. Le susurré al oído que se sentía bien. Que se sentía *muy* bien.

—Sí —dijo—. Sí, sí, sí… así.

Llegamos juntos. Yo sentí cómo su vagina se cerraba alrededor de mí, como si me atrapara. Ella gimió, bajo, gutural, como un animal que sabe que está a punto de cazar. Y yo, cuando sentí el primer chorro, me quedé quieto, con la frente apoyada en su hombro, respirando su piel, sintiendo su calor.

No dijimos nada después. Solo nos quedamos allí, abrazados, sudorosos, con el corazón latiendo fuerte. Ella se volvió hacia mí, me besó la frente, y me dijo:

—Mañana vuelvo a trabajar a las ocho. Pero si quieres… te espero a las siete.

Asentí. Sin pensar. Sin dudar.

Porque no era solo sexo.

Era *ella*.

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