El día que me enseñaste a esperar
Vos me miraste con esa mirada que no pedía permiso, sino que lo arrebataba. Yo estaba parada en tu puerta, con el bolso apretado contra el pecho y el viento entrando por la cuello del abrigo como si fuera un ladrón. No te dije nada. No hiciste falta. Vos ya sabías.
—Vení —dijiste, sin moverte del umbral. No sonó como una invitación. Sonó como un orden que ya estaba cumplido.
Entré. Cerraste la puerta con la palma de la mano, sin mirarme. Te escuché desabrochar la corbata, lento, como si cada botón fuera una promesa que no ibas a cumplir… todavía. Yo me quedé donde estaba, con los pies clavados en el piso de madera, las piernas temblando sin que yo les pidiera que lo hicieran.
—¿Vos sabés lo que significa esperar, verdad?
No respondí. No tenía sentido. Vos ya sabías que no sabía. Que nunca lo supe. Que hasta ese día, creí que el placer era algo que se cogía, que se tomaba, que se exigía. Pero vos me enseñaste que el mejor trago es el que se deja madurar.
Me sacaste el abrigo sin tocar mi piel. Solo con los dedos, arrastraste la tela hasta que cayó al suelo. Me quedé en camiseta, con los hombros expuestos y el frío de la habitación rozándome como si fuera tu aliento. No me abrazaste. No me besaste. Solo me miraste, como si estuvieras leyendo un poema que nadie más podía entender.
—Andá hasta la cama —dijiste, y apuntaste con la barbilla, como si fuera un juego de ajedrez y yo fuera la pieza que te interesaba mover.
Caminé. Cada paso fue una respiración que no sabía si era mía o tuya. Me acosté. No te pedí que me tocaras. No te pedí nada. Porque ya sabía: vos no me ibas a tocar… al menos, no así.
Te sentaste en el borde. Me desabrochaste la camiseta con los dientes. No con prisa. Con paciencia. Como quien desviste una ofrenda. Me dejaste los pechos al aire, y después, con la punta de un dedo, me recorriste la cintura, el ombligo, la línea que baja… pero no bajaste más. No aún.
—Mirá —dijiste—. Ahora, cuando te diga que te toques, no lo hagas. Cuando te diga que te toques… vas a esperar. Y cuando te diga que no, vas a seguir esperando. ¿Entendés?
Asentí. No con la cabeza. Con la concha. Con el cuerpo. Con el calor que me subía por las piernas como un río que no se atrevía a salir del cauce.
Vos te levantaste. Fuiste a la cocina. Me dejaste allí, desnuda, temblando, con el aire rozándome como un suspiro que no se atrevía a decir su nombre. Escuché el sonido del hielo en un vaso. El chasquido de una botella. El goteo de la canilla.
Volviste. Me pusiste el vaso en los labios. No era agua. Era algo más dulce. Más lento. Me lo bebí entero, y vos me miraste, con esa sonrisa que no sonreía, sino que mordía.
—Ahora —dijiste—, cerrá los ojos.
Lo hice. Y vos me tocaste. No la concha. No el culo. No la pija. Me tocaste la mejilla. Con la misma mano que sostenía el vaso. Con la misma mano que había desabrochado mi camiseta.
—No te movás.
No me moví. No respiré. No pensé. Solo sentí tu presencia, como una sombra que no era sombra, sino una promesa que se hacía carne sin tocarla.
Y así estuvimos. Hasta que el sol se fue. Hasta que la luna se asomó por la ventana. Hasta que vos, sin decir una palabra más, te acostaste a mi lado y me abrazaste… sin tocar nada que me hiciera gemir.
Porque vos no querías que yo gritara.
Querías que yo aprendiera a esperar.
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