El día que le dejé las riendas a mi novio y me pidió que le atara las muñecas

El día que le dejé las riendas a mi novio y me pidió que le atara las muñecas

@valentina_ruiz ·30 de junio de 2026 · 🔥 4.3 (15) · 53 lecturas · 6 min de lectura

Yo nunca había tenido una relación así de explícita. Con Daniel había sido siempre intensa, apasionada, pero enmarcada en lo que yo creía que era “lo normal” para una pareja de tres años: besos en la cocina después de cocinar, sexo rápido en el sofá cuando llegábamos cansados del trabajo, noches largas de cariño cuando nos sentíamos cerca. Él siempre había sido dulce, juguetón, con un toque de dominio que me encantaba —me encantaba que me dijera “cierra los ojos”, que me ordenara “baja la mano”, que me sostuviera la cintura con firmeza mientras me mordía el cuello—, pero nunca había ido más allá. Hasta aquel sábado.

Todo empezó con una cena en casa. El tipo de cena que planeamos con meses de antelación: vino tinto, queso de cabra, aceitunas negras, una sopa de calabaza que yo había hecho con un toque de jengibre que me gustaba especialmente. Daniel se puso esa camiseta negra que le quedaba justa en los hombros, y yo me puse un vestido de tirantes, sin bragas, porque sabía que después —no sé por qué instinto— me lo iba a quitar antes de sentarnos a comer.

—¿Te acuerdas de la primera vez que viniste a mi casa? —me preguntó mientras cortaba el queso con un cuchillo de sierra—. Te vi desde la ventana, parada en el porche con ese abrigo verde que te quedaba grande, y pensé: *esa es la que me va a hacer perder la cabeza*.

Me sonreí, me acerqué por detrás y le pasé los dedos por el brazo.

—Y ahora estás aquí —dije, acercándome a su oreja—. Conmigo. En esta casa. Con esta camiseta.

Se giró, me tomó la cara entre las manos, y por un segundo me miró con una intensidad que no le había visto antes. No era solo deseo. Era algo más… profundo. Más decidido.

—¿Te gustaría probar algo hoy? —me preguntó, y esa voz, baja, pausada, me hizo estremecer.

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia, aunque mi corazón ya latía más fuerte.

—Depende de qué sea.

—Nada que no hayamos hablado ya. Nada que no esté en el acuerdo. —Se soltó la camiseta por la cintura, lentamente—. Solo… dejar que yo mando un rato. Que tú te dejes llevar.

Habíamos hablado de eso antes. En la oscuridad de la habitación, una noche en que el vino nos había hecho más valientes. Él quería experimentar con dominio, con control, con sumisión. Yo había accedido, con cierta curiosidad y un poco de miedo, pero siempre con la seguridad de que podíamos parar en cualquier momento. Teníamos la palabra de seguridad: *naranja*. Si yo decía *naranja*, todo se detenía. Si él la decía, también.

—¿Estás seguro? —le pregunté, y noté cómo su respiración se aceleró.

—Más que nunca —dijo, y por primera vez en la vida, me tendió las manos—. Ven.

Me puse de pie, y caminé hacia él como si estuviera en un sueño. Cuando llegué, me tomó de la cintura y me levantó ligeramente, como si pesara muy poco. Me sentó sobre la mesa de madera, la misma donde habíamos comido, y se arrodilló frente a mí. Con cuidado, me desabrochó el vestido por la espalda, y lo dejó caer suavemente hasta el suelo. Me dejó ahí, sentada, sola, con sus ojos fijos en mí. Me miró como si me estuviera descubriendo por primera vez: los pechos, los pezones ya duros bajo la luz tenue del comedor, el vello suave sobre el vello púbico, las piernas abiertas sin intención de cerrarlas.

—Eres hermosa —susurró, y me pasó una mano por el muslo, subiendo despacio, muy despacio—. Pero hoy no te voy a tocar así. Hoy te voy a dejar que seas tuya. Que seas mía… pero elegida.

Me tendió una cinta de seda negra que había sacado del cajón del armario de la cocina —sí, la misma cinta que habíamos comprado en una tienda de *roleplay* por internet, guardada ahí como un secreto—.

—Tú me atarás. Mis muñecas detrás de la espalda. Fuerte, pero no tanto. Y luego… te sentarás en el suelo, y me mirarás. Mientras yo me toco. Mientras me miro a ti.

Me costó un segundo responder. No por miedo, sino por la intensidad de lo que me estaba pidiendo. Me puse de pie, tomé la cinta entre los dedos, y le dije:

—¿Y si te sueltas?

—Entonces será tu culpa —dijo, sonriendo—. Pero no lo harás.

Asentí, y comencé a envolver su muñeca izquierda con la seda, apretando con firmeza, pero sin cortar la circulación. Me fijé en sus venas, en cómo se tensaban los músculos cuando se forcejeaba un poco, como si disfrutara ya del juego. Le pasé la cinta por debajo de los codos, y repetí con la otra muñeca. Cuando terminé, tiró suavemente de sus brazos, y la cinta resistió, suave pero firme.

—Perfecto —dijo, y me tomó de la mano—. Siéntate.

Me senté en el suelo, sobre una manta que había dejado preparada, con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas. Él se puso de pie frente a mí, con la espalda recta, los pies juntos, y me miró a los ojos.

—Ahora… no me mires la cara. Mira mis manos. Mira cómo me toco.

Me costó respirar. Me costó pensar. Porque no era solo verlo. Era verlo *controlado*, sumiso, pero con una mirada que me decía: *tú decides cuándo parar, pero hoy soy yo quien te domina*.

Me desabrochó el cinturón del pantalón con lentitud, bajó la cremallera, y sacó su pene. Grande, firme, ya medio erecto. Se puso una mano detrás de la nuca, como si estuviera relajado, y con la otra se frotó la cabeza contra el cuerpo, bajando despacio, subiendo, con un ritmo constante, sin prisas. Me miraba, sí, pero no con la intensidad de siempre. Con una calma que me desarmaba.

—¿Te gusta verme así? —me preguntó, y su voz sonó más grave, más grave de lo normal.

Asentí. Me costó decirlo.

—Sí.

—Dilo.

—Sí —repetí—. Me gusta verte así. Controlado. Mío… pero mío para ti.

Se detuvo un momento, respiró hondo, y volvió a mover la mano. Se llevó la otra mano al cuello, y tiró suavemente de la correa de un sostén que aún llevaba puesto. Se lo dejó colgando, y me dijo:

—Tú también. Muéstrame tus pechos.

Me puse de pie lentamente, y me acerqué a él. Le acaricié el pecho con las manos, pero sin tocarlo directamente: dejé que mis dedos rozaran la tela de su camiseta. Él me sujetó la cintura con las muñecas atadas, y me tiró hacia él. Me besó. Un beso lento, profundo, con sabor a vino y a sal. Me separé, y le dije:

—¿Y si ahora soy yo la que manda?

—Entonces me soltarás —dijo—. Pero no lo harás. Porque hoy… hoy tú también quieres ser mía.

Y me volvió a besar, mientras con la mano libre me rozaba el muslo, subiendo, subiendo, hasta que encontró el clítoris, ya húmedo, ya listo.

Me dejé llevar. Me dejé tocar. Me dejé dominar. Y cuando finalmente me pidió que me arrodillara, que le tomara el pene con la mano y lo llevara a mi boca, lo hice sin dudar. Lo hice porque quería. Porque era consentido. Porque era *nosotros*.

Y cuando terminamos, sentados uno al lado del otro sobre la manta, con la seda tirada en el suelo y el vestido todavía en el comedor, me tomó la mano y me dijo:

—Hoy no fui tu novio. Hoy fui tu dueño. Y tú… tú fui la que me dejaste serlo.

No supe qué responder. Solo le sonreí, le pasé los dedos por el cabello, y le dije:

—Mañana vuelves a ser mi novio.

—Sí —dijo—. Pero hoy… hoy fui tuyo.

Y en ese momento, supe que no quería otra cosa.

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@valentina_ruiz

Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.

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