El día que la lavadora se rompió
Valentina estaba arrugando la camiseta de algodón que usó para secarse después del chupetón que le dio la ducha fría. Se había levantado con ganas de hacer todo bien ese día: desayunar bien, lavar la ropa a tiempo, no caer en la trampa de revisar el Instagram de su ex, y sobre todo, no dejarse arrastrar por el calor que ya empezaba a apretar como una manta húmeda en la calle. Pero la vida, esa chingada que nunca avisa, le tenía preparado un pequeño caos doméstico.
La lavadora, esa vieja compañera de batallas del lavado y la rueda de la suerte (porque nunca sabías si iba a aguantar el ciclo de centrifugado o si iba a dar un grito de guerra y explotar con una manta mojada), decidió rendirse a las 10:23 de la mañana. Un ruido sordo, un jadeo metálico, y luego silencio. Valentina le dio con la mano en el costado como si fuera un caballo cansado. Nada. Se arrodilló, metió la cabeza entre las paredes de plástico, y olió a jabón barato, a sudor antiguo y a derrota.
—Chingada —murmuró, secándose el sudor en el cuello con la manga.
El tiempo corre más lento cuando no tienes ropa limpia y la fecha límite para usar la lavandería del vecindario es a las 12 del mediodía. Ella sabía que no iba a aguantar sin una ducha rápida antes, y menos con el calor que ya le estaba pegando en la nuca como una mano sudada. Se secó las manos en el pantalón, caminó hasta la cocina y sacó dos cervezas de la heladera: una para ella, otra para el vecino que ya sabía que iba a necesitar.
—¿Dices que te pasaste de chela en la mañana? —le dijo a Jesús cuando lo llamó por teléfono—. No, no es que me pases una... es que mi lavadora murió de un infarto y necesito que me ayudes a cargar la ropa mojada a tu casa. Sí, sé que tú también tienes una vieja, pero al menos la tuya no se rinde como un novio débil.
Jesús, que era de esos hombres que saben cambiar una llanta, arreglar una luz parpadeante y también saben cómo meterte la verga hasta que te olvidas de tu nombre, respondió sin dudar:
—Pásate. Y trae tu traje de baño si te vas a quedar.
Valentina se rió, se puso un short corto y una camiseta blanca que se le pegaba un poco en los pechos hinchados por el calor. Se maquilló apenas, solo lo justo para que le dijeron "¿te bañaste o te lanzaste al lago?". Pero no se puso bralette. Se sintió bien con eso, con la piel libre y la confianza de saber que, si Jesús le decía algo, sería con los ojos.
Llegó a la casa de él con la bolsa de ropa mojada colgada del hombro y el pelo húmedo de sudor en las sienes. Jesús abrió la puerta con una cerveza en la mano, camiseta remangada, los brazos morenos y el vientre plano pero con un vello suave que Valentina recordó haber besado una vez, hace mucho, cuando todo era más torpe y más tierno.
—Ah, sí. La lavadora —dijo él, sin mirar la bolsa, con la mirada fija en sus labios—. Y tú, Valentina. Me lo estabas diciendo desde ayer.
No fue una frase cualquiera. Fue un fuego que le entró por los oídos y le quemó el vientre. Valentina se mordió el labio inferior, sintió el calor subirle por las piernas, y sin decir nada, entró.
—Vamos a poner esta pila en la lavandería de allá —dijo Jesús, cerrando la puerta con la punta del pie.
—No —respondió ella, ya sentada en el sofá, con las piernas ligeramente abiertas por el calor y el cansancio—. Hoy no. Hoy te voy a usar como si fuera la lavadora.
Él se detuvo. La miró bien. Y se rió, esa risa que le sacudía el pecho y hacía temblar las orejas.
—¿Cómo?
—Que te voy a chupar hasta que se te olvide cómo se dice “centrifugar” —dijo, ya de pie, caminando hacia él con paso lento, las manos en los bolsillos, la camiseta pegada a los pezones tiesos—. Y luego te voy a coger hasta que no recuerdes ni tu nombre.
Jesús no respondió. Solo la tomó de la muñeca y la jaloneó contra su cuerpo. Ella sintió la verga dura, ya palpitante, a través del pantalón. Se puso de puntitas y le mordió la oreja.
—Hoy no vas a lavar nada —susurró ella—. Hoy vas a ser mi secadora.
La besó con hambre de hombre que lleva días sin comer. La lengua le metió en la boca con fuerza, rozando las encías, lamiendo el paladar como si buscara un tesoro escondido. Valentina le desabrochó el cinturón, le bajó la cremallera con una mano temblorosa, y sacó la verga. Ya estaba roja en la punta, con una gotita clara que le resbalaba por el glande.
—Maldita —murmuró Jesús, sujetándole la cintura—. Estabas esperando esto todo el día, ¿verdad?
—Sí —confesó ella, metiéndole la mano dentro del short y apretando su testículo entre los dedos—. Pero no me dijiste que me la ibas a besar primero.
Ella se arrodilló en el suelo de madera, sin vacilar, y se llevó la verga a la boca. La chupó con lentitud, pasándole la lengua por el costado, por la corona, lamiendo el prepucio como si fuera un caramelo que no quería perder. Jesús respiraba pesado, con los ojos cerrados, la cabeza inclinada hacia atrás.
—Joder, Valentina… —dijo, agarrándole el pelo—. Me estás matando.
Ella se rió contra su piel, con la boca llena de él, y lo chupó más fuerte, hasta que él le metió una mano entre las piernas y le rozó el clítoris con el pulgar.
—Y tú me estás pidiendo que te meta la verga en el culo —dijo él, ya sin respirar—. ¿Lo estás haciendo a propósito?
—Sí —respondió ella, desabrochándole el pantalón por completo y bajándolo hasta las rodillas—. Porque hoy quiero que me la metas hasta la raíz, Jesús. Y que no me dejes salir hasta que te pida perdón.
Él la levantó sin esfuerzo, la llevó al cuarto, la tiró sobre la cama y se quitó la camiseta. Valentina lo miró de pies a cabeza: el pecho peludo, el ombligo, el vello en el vello del vello púbico, la verga tiesa que le colgaba como un garrote. Le abrió las piernas con las manos y él se puso entre ellas.
—¿Quieres que te la meta en la boca primero? —preguntó él, acercando la punta a su rostro.
—No —dijo ella, agarrándole la cintura—. Quiero que la metas en mi culo, la saques, la lames hasta que te salgas, y luego me la metas en la boca. Y después… me la metes en la polla.
Jesús se rió, se humedeció los dedos con saliva y le abrió la entrada del culo con cuidado, masajeando el anillo hasta que se relajó. Entonces, con una mano en su cadera y la otra en la verga, la empujó adentro con un movimiento lento, hasta que le tocó las nalgas.
—Maldita chingona —susurró él, metiéndole la lengua en el ombligo—. Me estás apretando como una faja.
—Sí —gimió Valentina, agarrando la sábana—. Porque no quiero que salgas.
Él empezó a moverse, con golpes cortos, profundos, sacudiéndole el culo como si fuera una pelota de plástico. Valentina se dejó llevar, con la cabeza en la almohada, los ojos cerrados, sintiendo cada golpe como una descarga eléctrica. Jesús la tomó de la cintura, la volteó boca abajo, le metió una mano entre las piernas y le rozó el clítoris mientras seguía metiéndole la verga en el culo.
—Ya casi me vas a hacer explotar —dijo ella, con la voz rota.
—Entonces te la voy a meter en la boca —dijo Jesús, sacándose y dándole la vuelta.
La tomó de las rodillas y le metió la verga en la boca. Ella la chupó con fuerza, con hambre, hasta que él se retiró, se puso encima de ella, y con una mano le abrió la boca, otra le sujetó la cadera, y la metió en la polla con un movimiento fuerte, hasta el fondo.
—¡Aaah! —gritó Valentina, con las uñas clavadas en sus hombros.
Jesús no paró. La cogió con fuerza, la metió y la sacó, la volteó, la levantó, la puso de pie, la abrazó por la cintura y la metió con la verga dura, hasta que los dos se sintieron como
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