El día que el vecino subió a mi departamento

El día que el vecino subió a mi departamento

@lucia_noche ·14 de junio de 2026 · 🔥 4.6 (29) · 103 lecturas · 4 min de lectura

La lluvia golpeaba el cristal de la ventana como si tuviera prisa por entrar. Lucía, sentada en el sofá con una taza de té humeante y los pies descalzos sobre la alfombra desgastada, escuchó el timbre a las cinco y pico de la tarde —hora en que casi nunca tocaba nadie. Abrió la puerta con la mirada baja, el pelo suelto y una camiseta ancha que le dejaba entrever la curva de un hombro.

—¿Te pasa algo? —preguntó él, ya con el rostro mojado y la respiración un poco más acelerada.

Era Facundo, el vecino del cuarto piso. Soltero, de esos hombres que parecen hechos para andar sin rumbo pero que en realidad guardan una exactitud en sus movimientos: paso seguro, manos grandes, ojos claros que no se esconden detrás de lentes ni de sonrisas falsas. Se había mudado hacía tres meses, y hasta ese momento no habían cruzado más que un par de frases al subir al ascensor.

—No, nada —respondió Lucía, secándose el dedo índice contra el muslo—. Solo llovía fuerte. Pensé que venías a pedir un huevo o algo.

Él se rió, pero no fue una risa ligera. Fue una risa que se le quedó en la garganta, como si hubiera estado repitiéndola en la cabeza desde que salió de su casa.

—No vengo por huevos. Vengo por vos.

Lucía no se movió. Solo lo miró. Y en ese silencio, la lluvia se volvió más densa, más íntima. Las gotas se deslizaban por su cuello, por el borde de la camiseta, por la línea de su espalda baja. Él dio un paso al frente. Ella no retrocedió.

—¿Estás seguro? —preguntó ella, pero su voz ya no era de duda. Era una invitación disfrazada de pregunta.

—Sí —dijo Facundo, y esta vez no dudó ni un milímetro—. Estoy seguro.

La tomó de la muñeca. No con fuerza, pero con una seguridad que no permitía escapatoria. Sus dedos estaban fríos por la lluvia, pero al rozar su piel, Lucía sintió que su cuerpo se encendía como una vela que se acerca al fuego. Él la guió hacia adentro, cerró la puerta con el pie y la dejó allí, sola en el centro del living, con las manos en las caderas y la respiración en pausa.

—¿Me dejás entrar? —susurró.

—Ya estás adentro —respondió ella, y se acercó un paso más.

Entonces él la abrazó. La tomó fuerte, como si le temiera a que desapareciera. Su pecho se pegó al de ella, la camiseta se mojó más con el sudor y el calor que los dos empezaban a generar. Lucía sintió el bulto de su pene, ya medio alborotado contra su abdomen. Él besó su cuello, mordió un poco, no con crudeza, pero con intención: quería marcar, quería que se acordara después.

—Saco esto —dijo él, tirando de la camiseta con un solo movimiento. Se le cayó por los brazos y quedó sola, con el sostén blanco y encaje, los pechos pequeños pero firmes, los pezones duros y visibles bajo la tela.

Facundo se arrodilló sin pedir permiso. No necesitaba permiso: su cuerpo ya lo había dado. La tomó de las caderas y la acercó hacia él, y con la punta de la lengua rozó su ombligo, luego bajó, bajó más, hasta tocar el borde de sus calcetines. Se los quitó despacio, como si cada calcetín fuera una promesa que tenía que cumplir antes de seguir.

—Quiero verte —dijo—. Quiero verte desnuda, parada frente a mí, con los ojos cerrados y la respiración cortada.

Ella lo miró, pero no con temor. Con deseo. Se quitó el jeans y la medias, y quedó así: piernas largas, caderas anchas, vientre plano, y entre ellas, la concha que ya humedecía sin que él la hubiera tocado aún.

—Mirá —dijo Facundo, agarrando sus muslos y separándolos un poco—. Estás mojada. Ya estás mojada por mi mirada.

Lucía no respondió. Solo se llevó una mano al pecho, apretó un poco el pezón, y lo miró fijo. Él se paró, desabrochó su camisa, se sacó los calzoncillos y dejó salir su pene, ya bien tieso, bien grueso, bien suyo. Lucía lo miró, lo toqueteó con la punta de los dedos, sintió el calor, sintió la venita que palpitaba como un latido propio.

—Acercá —dijo él.

Ella se acercó. Él la tomó de la nuca y la besó de una vez, con lengua, con hambre, con la certeza de que esto no iba a ser una vez más. Él la sentó en el borde de la mesita de luz, la tomó de las rodillas y la alzó un poco, le separó los labios de la concha con los dedos y se metió un dedo, luego otro. Ella gimió, pero no se movió. Solo lo dejó jugar con su cuerpo, con su ritmo.

—Quiero entrarte —dijo él, poniendo la punta de su pene contra su entrada—. Quiero que me sentís todo, que me agarrás fuerte, que me decís que no me suelte.

Lucía asintió. Y cuando él se metió adentro, lento, muy lento, ella cerró los ojos y soltó un suspiro que parecía un lamento. Él se detuvo. La miró. Ella le tomó la cara, lo besó de nuevo, y le dijo:

—Seguí. Cogeme,

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@lucia_noche

Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.

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