El día que el barbijo se me cayó en el ascensor
Yo nunca pensé que algo tan ridículo como un barbijo pudiera convertirse en el preámbulo de una de las tardes más intensas de mi vida. Pero ahí está, la vida, siempre jugando con sus pequeñas trampas. Y yo, que soy de las que cree que el azar tiene forma de sonrisa, no pude hacer otra cosa que reírme cuando, justo al entrar al ascensor del edificio donde trabajo, el elástico se rompió y la tela blanca cayó al suelo como una bandera rendida.
Él estaba allí. Solo. De pie, mirando los números de los pisos como si el mundo entero dependiera de ellos. Alto, de esos hombres que no necesitan hablar para ocupar espacio, con el pelo oscuro apenas salpicado de gris en las sienes, y una chaqueta de lana que olía a café y a invierno bien vivido. Me miró al escuchar el ruido sutil del barbijo cayendo. No dijo nada. Solo bajó la vista, luego me miró a los ojos, y sonrió. No una sonrisa de compromiso, no. Fue una sonrisa lenta, como si hubiera estado esperando ese momento sin saberlo.
—¿Lo recojo yo o espero a que lo pidas? —dijo, con una voz que sonaba como una copa de vino tinto servida a fuego lento.
—Si lo recogieras —dije, agachándome al mismo tiempo que él—, podríamos tener un problema de sincronización.
Nuestras manos casi se tocan. Y ahí, en ese milímetro de aire entre dos dedos, pasó algo. No fue un choque, no fue electricidad barata. Fue más bien como si el tiempo se hubiera detenido para tomar aire. Me enderecé. Él también. El ascensor subía, pero todo lo demás parecía haberse quedado abajo, en el vestíbulo, con el barbijo olvidado.
—¿Trabajas aquí? —preguntó, sin mirarme. Pero su cuerpo sí me miraba. Los hombros un poco más relajados, el pecho subiendo con una respiración más profunda.
—En el piso quince. Recursos Humanos. ¿Y tú?
—Jurídico. Piso dieciocho. Hoy me tocó venir. Normalmente trabajo desde casa.
—Hoy te tocó subir con una mujer que perdió su mascarilla por incompetencia elástica.
Se rió. Fue un sonido grave, cálido, como si lo hubiera guardado para algo importante.
—Pudiste haber dicho que se te cayó el alma —dijo—, y yo habría entendido igual.
El ascensor se detuvo en el dieciséis. Nadie entró. Las puertas se cerraron. Y de pronto, el aire cambió. Se volvió más denso, más tibio. Como si el espacio entre nosotros hubiera empezado a respirar por sí solo.
—¿Sabes? —dije, sin poder contenerme—, hace rato que no me miran así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras viendo más de lo que yo digo.
Calló. Pero sus ojos no. Me recorrieron con una lentitud que no era obscena, sino íntima. Como si estuviera leyendo un libro que solo yo había escrito.
—Tengo una reunión en cinco minutos —dijo.
—Yo también —mentí.
El ascensor llegó al dieciocho. Las puertas se abrieron. Él no se movió. Yo tampoco.
—¿Y el barbijo? —pregunté.
—Se quedó allá abajo. Como una prueba de que esto pasó.
—¿Esto?
—Esto —dijo, y dio un paso hacia mí.
El ascensor no se cerraba. El sistema, paciente, esperaba. Y entonces, sin más, me tomó de la cintura. No con fuerza, sino con certeza. Como si ya supiera que encajaba allí. Me acercó a él. Sentí su aliento en mi cuello, su pecho contra el mío, el calor que despedía como si fuera un secreto que ya no quería guardar.
—Si te beso —dijo—, no voy a poder parar.
—No pares —dije.
Y me besó. Fue un beso lento, profundo, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Sus labios sabían a café con azúcar morena, a menta, a algo antiguo y familiar. Mis manos, sin pedir permiso, se fueron a su nuca, a ese mechón de pelo que se resistía a la gravedad. Gemí. Bajo. Como si el sonido viniera del fondo de un pozo. Él respondió con un gruñido sordo, casi animal, y me apretó más contra su cuerpo.
Las puertas del ascensor, cansadas de esperar, se cerraron. Subimos. Al diecinueve. Al veinte. Al veintiuno. Nadie reclamaba el ascensor. Como si el edificio entero hubiera acordado darnos este rato.
—¿Tienes oficina aquí arriba? —pregunté entre besos.
—No. Pero hay una sala de juntas vacía.
—¿Y si alguien entra?
—Que entren —dijo—. Que vean que a veces, lo más erótico no es lo que se hace, sino lo que se deja al aire.
Subimos al veintitrés. Salimos del ascensor. Caminamos por el pasillo como si fuéramos dos cómplices. Y cuando entró a la sala, cerró la puerta con pestillo. Las cortinas estaban cerradas. La luz, tenue. Sobre la mesa, papeles, una laptop abierta, una taza con restos de café.
—Aquí —dijo.
Me acercó a la mesa. Me sentó encima con cuidado, como si fuera frágil. Pero sus manos, cuando me levantaron la falda, no temblaron. Me tocó por encima de la ropa, primero. Luego, sin pedir permiso, deslizó la mano por debajo de la tela. Sentí sus dedos recorriendo mi muslo, lento, como si estuviera aprendiendo el mapa de mi piel.
—Hace meses que no hago esto —dije, sin saber por qué lo confesaba.
—Yo tampoco —respondió—. Pero hay cosas que no se olvidan.
Me besó otra vez. Y esta vez, mientras sus labios devoraban los míos, me desabrochó la blusa. Un botón, luego otro. Hasta que quedé con el sostén negro a la vista, el pecho subiendo y bajando con cada respiración.
—Eres hermosa —dijo—. No como en las fotos. Sino como en la vida real.
Me desabrochó el sostén con una mano. Con la otra, me sostenía la cintura. Y cuando sus labios encontraron mi pecho, gemí. Fuerte. Como si el edificio entero pudiera oírme. No me importó. Él chupó con suavidad, con hambre contenida, con devoción. Me arqueé. Mis manos se enredaron en su pelo. Y entonces, sin previo aviso, se arrodilló frente a mí.
—No —dije, aunque no quería decirlo.
—Sí —dijo él.
Me separó las piernas con cuidado. Me miró. Como si pidiera permiso. Y yo asentí. Lentamente. Y entonces, con una ternura que me derritió por dentro, me bajó la ropa interior. Me besó allí. No con prisa. Con paciencia. Con lengua, con labios, con dedos. Fue lento. Demasiado lento. Hasta que no pude más.
—Por favor —dije.
—Dime qué quieres.
—Quiero que me folles —dije, y la palabra sonó como una revelación.
Se levantó. Se desabrochó el cinturón. Bajó el pantalón. Y cuando vi su erección, supe que no iba a durar mucho. Me tomó de las caderas, me acercó al borde de la mesa, y entró. Sin prisa. Profundo. Hasta el fondo. Grité. No pude evitarlo. Él se quedó quieto, dentro de mí, como si estuviera conteniendo un tsunami.
—No pares —dije otra vez.
Y empezó a moverse. Lento al principio. Luego más fuerte. Más rápido. Sus caderas chocando contra las mías. El sonido de nuestros cuerpos unidos en el silencio del edificio. Gemí. Grité. Le clavé las uñas en la espalda. Y cuando el orgasmo me alcanzó, fue como si todo mi cuerpo se encendiera en una sola llama.
Él no tardó en seguirme. Se corrió dentro de mí, con un gemido ronco, profundo, como si hubiera estado conteniendo ese momento toda la vida.
Nos quedamos así. Juntos. Sudorosos. Respirando con dificultad.
—Tengo que volver a mi oficina —dije, sin querer moverme.
—Yo también —dijo él, sin soltarme.
Pero ninguno de los dos se movió.
Y mientras el sol de la tarde entraba por una rendija en la cortina, pensé que a veces, lo más erótico no es el sexo. Es el barbijo que se cae. Es la mirada que no se aparta. Es el ascensor que sube, lento, con dos personas que se miran como si ya se conocieran desde siempre.
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