El día que doña Clara se quitó el sostén

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Doña Clara no era de las que llamaban la atención en el barrio. A sus cuarenta y siete, viuda desde hacía cinco años, se vestía como si aún estuviera en los noventa: blusas abotonadas hasta el cuello, faldas por debajo de la rodilla y sandalias ortopédicas que crujían en la acera. En el supermercado, los cajeros la saludaban con respeto, los vecinos le pedían que rezara por sus enfermedades y nadie —ni en sueños— se imaginaba lo que guardaba bajo esa fachada de viuda piadosa.

Pero ese mediodía de junio, con el calor pegándole a la gente en la piel como una segunda ropa, todo cambió.

Fernando, el nuevo vecino del 304, acababa de mudarse esa semana. Joven, de treinta y pico, con el pelo alborotado y un piercing en la ceja que a doña Clara le parecía de malcriado, pero que en realidad le encendía algo allá adentro, como una colilla que creía apagada. Él repartía volantes de una pizzería por el edificio, y cuando tocó a su puerta, doña Clara abrió con el delantal puesto, el pelo recogido en un moño flojo y el ventilador a toda marcha en el pasillo.

—¿Puedo pasar un ratito? —preguntó Fernando, con esa sonrisa de dientes grandes que a ella le recordaba al hijo del panadero, allá en el pueblo—. Que hace un calor que hasta el piso pica.

—Pase, pase, muchacho —dijo doña Clara, abriendo más la puerta de lo necesario—. ¿Un agüita fría?

—¡Un milagro!

Fernando entró, descalzándose los tenis sin que ella se lo pidiera, y se sentó en el sofá de tela estampada, el que cruje cuando alguien se mueve. Doña Clara volvió con dos vasos de agua con hielo, y al sentarse frente a él, en la silla de mimbre, notó cómo el joven le miraba las piernas. No las piernas enteras, sino el pedacito que asomaba entre la falda y los calcetines bajitos. Un pedacito de piel que, aunque ella no lo supiera, era el más rico del mundo en ese momento.

—Usted no es de aquí, ¿verdad? —preguntó Fernando, bebiendo con avidez.

—De Rionegro. Pero ya llevo veinte años en Medellín.

—Ah, paisa pura entonces.

—Pura y dura —dijo ella, riendo con un brillo nuevo en los ojos.

El ventilador giraba, moviendo el aire caliente. El silencio se alargó un poco, como si el calor hubiera puesto pausa al mundo. Hasta que Fernando, sin más, dijo:

—Doña Clara… usted es muy bonita.

Ella se quedó quieta. No por el cumplido, que ya había oído otros, sino por el tono. No era de respeto. Era de deseo. De hambre.

—Ay, muchacho, no diga bobadas.

—No es boba. Usted tiene algo… como de mujer que sabe lo que quiere.

Doña Clara bajó la vista. No por vergüenza, sino por disimular la sonrisa. Y en ese instante, como si el universo hubiera esperado ese momento, el ventilador se apagó. El calor volvió a pegarles a la piel.

—¿Y si subimos al techo? —propuso ella—. Allá arriba hay brisa.

Subieron por la escalera de caracol, Fernando detrás, viéndole el culo moverse bajo la falda, redondo, firme, como si el tiempo no hubiera pasado por allí. En la azotea, el cielo era azul quemado, y el viento les dio en la cara como un beso tibio. Doña Clara se sentó en la silla de plástico, Fernando a su lado.

—¿Y usted? —preguntó ella—. ¿Soltero?

—Viudo también —dijo él, con media sonrisa—. Bueno, no viudo… separado.

—Ah.

—Ella no me entendía. Decía que era muy intenso.

—¿Y usted? ¿Qué tan intenso es?

Fernando no respondió con palabras. Se acercó, le tomó la mano y se la llevó a la entrepierna. Doña Clara sintió el pito creciéndole bajo los dedos, duro, caliente, como un cachorro que pide atención.

—Así de intenso —dijo.

Ella no retiró la mano. Al contrario, apretó un poco.

—Ay, muchacho… usted sí que no pierde el tiempo.

—Tampoco quiero perderlo con usted.

Entonces, como si hubiera estado esperando ese momento toda la vida, doña Clara se paró, se quitó el sostén por debajo de la blusa y lo dejó caer al suelo. El aire le acarició los pechos, libres, pesados, con los pezones parados como dos agujas de coser. Fernando no se movió. Solo la miró, con los ojos abiertos, tragando saliva.

—¿Le gusta lo que ve? —preguntó ella.

—Me gusta todo.

Doña Clara dio un paso. Luego otro. Hasta quedar frente a él. Se sentó encima, a horcajadas, sintiendo el pito duro contra su culo.

—¿Y si te digo que yo también quiero algo intenso? —susurró.

—Te digo que empecemos ya.

La falda subió. La ropa interior se bajó. Fernando le abrió las piernas y le metió dos dedos sin pedir permiso. Doña Clara soltó un jadeo corto, agudo, como si se hubiera quemado.

—Ay, Dios… sí…

—¿Está rica? —preguntó él, moviendo los dedos con ritmo.

—Está… muy rica. Pero quiero más.

Entonces se levantó, se quitó la falda y la blusa, quedándose desnuda bajo el sol de la azotea. Fernando se quitó la camiseta y los pantalones, y su pito salió libre, grueso, con una vena que latía como un corazón.

—Ven —dijo doña Clara, sentándose otra vez, esta vez guiando el pito hacia su entrada—. Vamos a ver si eres tan intenso como dices.

Entró lento, con cuidado, como si no quisiera romperla. Pero doña Clara no era de romperse.

—Más fuerte —ordenó—. No me trates como a una vieja.

Fernando obedeció. Empujó con fuerza, hasta el fondo. Doña Clara gritó, no de dolor, sino de placer, como si hubiera estado esperando ese momento desde que enterró a su esposo.

—Sí… así… más, más…

Él la agarró de las caderas y empezó a moverse, con golpes largos, profundos, como si quisiera sacarle el alma por el culo. El viento les azotaba la piel sudada. El sol caía sobre ellos como un testigo cómplice.

—¿Te gusta? —preguntó Fernando, jadeando.

—Me gusta que me trates como si fuera tuya —dijo ella, con los ojos cerrados—. Como si no hubiera nadie más.

—Porque no hay nadie más. En este momento, tú eres mía.

Doña Clara abrió los ojos. Lo miró. Y en ese instante, sin decir nada, se bajó el cuerpo hasta quedar con la boca sobre el pecho de él. Le mordió un pezón, suave, luego fuerte.

—¿Quieres que te mame? —preguntó, con la voz ronca.

—Haz lo que quieras.

Ella se paró, lo hizo sentar en la silla, y se arrodilló frente a él. Le tomó el pito con una mano, lo miró como si fuera un tesoro, y se lo metió en la boca. Lo chupó con ganas, con hambre, con años de abstinencia acumulada. Fernando gemía, le agarraba el pelo, le decía cosas en voz baja:

—Sí, doña Clara… así… como una perra…

Ella no se ofendió. Al contrario, lo tomó como un halago.

Cuando sintió que él estaba cerca, se paró otra vez, se sentó encima y volvió a bajarlo dentro de ella. Esta vez, sin hablar, solo follando, con el ritmo de dos cuerpos que se reconocen después de mucho tiempo.

Fernando llegó primero, con un gemido ronco, derramándose adentro. Doña Clara no se detuvo. Siguió moviéndose, hasta que ella también llegó, con un grito que el viento se llevó por los tejados del barrio.

Se quedaron quietos, sudados, abrazados.

—¿Y ahora? —preguntó Fernando.

—Ahora —dijo doña Clara, sonriendo—, me voy a poner la ropa y bajo a hacer arepas. ¿Quiere venir a comer?

—¿Y si vengo a follar otra vez?

—Depende del día —dijo ella, poniéndose el sostén—. Pero no se haga ilusiones, que esto no se repite todos los martes.

Fernando rio. Y doña Clara, por primera vez en años, se sintió viva. Como si el calor, el pito y el viento le hubieran devuelto algo que creía perdido para siempre.

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