El cumpleaños de mi hermano menor
8 minEl cumpleaños de mi hermano menor
La casa de los Padilla olía a mole negro, café recién hecho y esa mezcla de sudor, tabaco y perfume barato que solo se da en las reuniones familiares de los sábados. Renata, de 27 años, con su cabello negro recogido en un chongo desordenado y una camiseta ajustada que marcaba cada curva de sus pechos, ya llevaba dos copas de tequila con sal y limón. No era la primera vez que se quedaba a dormir en la casa paterna los fines de semana, pero hoy algo andaba distinto. Tal vez era el calor de junio, o el hecho de que su hermano menor, Daniel —22 años, estudiante de medicina, cuerpo torcido por el ejercicio y una verga que Renata había visto más veces de las recomendables—, había llegado con una sonrisa que no le gustaba nada.
—¿Tú qué vas a beber, Renata? —preguntó él, acercándose con una botella de raicilla—. Ya no queda tequila.
Ella lo miró de hito, sin parpadear. Daniel siempre había sido guapo, sí, pero hasta hoy no notaba cómo le brillaban los ojos cuando la veía. No la miraba como a una hermana. Lo hacía como si la estuviera midiendo, como si ya hubiera probado esa carne y recordara cada sabor.
—Una raicilla, sí —respondió ella, acercándole el vaso—. Pero no me pongas hielo, que ya me voy a ablandar.
Daniel rio, bajito, como si tuviera miedo de que alguien más escuchara. Se inclinó hacia ella, y Renata sintió el calor de su pecho antes incluso de sentir su aliento en la oreja.
—A mí me pasa lo mismo —murmuró—. Me ablandas, hermana.
Renata no apartó la cara. En su casa, entre primos, tíos y tías que jugaban dominó en la sala, el aire se volvía espeso, denso, como si algo invisible estuviera empezando a estirarse. Su madre había ido a la cocina a revisar el mole, su padre dormitaba en el sofá con una cerveza vacía en la mano. No había nadie que viera.
—¿Te acuerdas cuando nos bañábamos juntos? —preguntó Daniel, tomándole la muñeca con suavidad—. Cuando eras chiquita, me decías que me lavaras la verga.
—Claro que me acuerdo —respondió ella, sin soltar su vaso—. Y tú me decías que era divertido.
—Sí. Pero ahora no.
—¿Por qué no?
—Porque ahora no es divertido. Es necesario.
Renata lo miró de nuevo. Esta vez, sí, se dio cuenta de que su hermano estaba duro. Su pantalón de mezclilla estaba tenso, marcado por una protuberancia clara, redonda, que le rozaba el muslo. No era una erección leve. Era una verga de las grandes, la de Daniel, esa que Renata había visto en fotos de playa años atrás cuando se bañaban en Acapulco. Él siempre había tenido una verga grande, más grande que la de cualquier chico de su edad. Pero ahora no era como antes. Ahora no era inocente.
—¿Y si nos vamos a tu cuarto? —sugirió Daniel, bajando la voz—. Que ya se hizo tarde.
Renata asintió. No con emoción, sino con resignación, como si ya hubiera decidido eso desde que nació. Se puso de pie, dejando el vaso vacío sobre la mesa. Daniel la tomó de la mano, no con fuerza, pero con una seguridad que le heló la sangre. Subieron las escaleras lentamente. Cada paso sonaba como un trueno en su cabeza. En la puerta de su cuarto, Daniel se detuvo, giró el pomo y la empujó adentro.
El cuarto olía a jabón de menta y sudor. La cama estaba hecha, pero con las sábanas desordenadas, como si alguien hubiera dormido allí esa misma noche. Renata se giró hacia él, ya sin miedo, con una sonrisa pícara que le conocía desde la secundaria.
—¿Qué quieres, hermanito?
Daniel no respondió con palabras. Se acercó, la tomó de la nuca y la besó. No fue un beso suave. Fue húmedo, con lengua, con mordiscos, con urgencia. Renata le abrió la boca y le dejó entrar, sintiendo su aliento caliente, su olor a menta y a algo más, algo que no era perfume, sino puro macho.
—Me gusta cómo sabes —dijo él, apartándose un poco—. Como a miércoles de cine en casa.
—Me estás chingando, Daniel.
—Sí. Te estoy chingando. Y me encanta.
La empujó hacia la cama. Renata cayó sobre las sábanas, sin protestar, sin dudar. Él se arrodilló frente a ella y le subió la camiseta con lentitud, como si cada centímetro fuera un regalo. Cuando dejó al descubierto su sostén negro, de encaje, la miró con ojos de loba.
—Eres bellísima —susurró—. Como mamá, pero más caliente.
Renata rio, una risa baja, ronca.
—Cállese, vago.
Daniel no le hizo caso. Se inclinó y le quitó el sostén con un movimiento rápido, dejando al descubierto sus pechos redondos, firmes, con pezones oscuros y hinchados. Los tenía desde siempre, pezones que se ponían duros solo con mirarlos. Daniel no se detuvo. Se los chupó uno por uno, con fuerza, con ganas, como si quisiera arrancarles leche.
—Ah —exclamó Renata, arqueando la espalda—. Ah, Daniel, no me chupes así.
—¿Por qué no? —preguntó él, sin detenerse—. Te gusta, ¿no?
—Sí, joder, me gusta.
Él sonrió, orgulloso, y bajó las manos hacia su pantalón. Lo desabrochó con un clic seco, bajó la cremallera y sacó su verga.
Era gigante.
Negra, gruesa, con una cabeza ancha y ligeramente curva hacia arriba. La sangre le brillaba en la punta, y Renata sintió cómo su propia humedad se acumulaba entre las piernas.
—Mira —dijo Daniel, frotando el glande con la palma de la mano—. Me pongo así solo con verte.
—Chingada, qué verga.
—Sí, es mi verga. Para ti.
Renata se sentó en la cama y se quitó el pantalón. Se quedó con su bragas de encaje, que apenas contenían su culo redondo. Daniel se arrodilló de nuevo y le subió la ropa interior con los dientes, tirando con suavidad hasta que quedaron tirados en el suelo.
—Me encanta tu culo —dijo él, pasándole la mano por encima—. Tan firme, tan chiquito y redondo.
—Y tú me encantas —respondió Renata—. Ahora sí chévere, que ya me aguanto.
Daniel se puso de pie y se acercó a ella. La tomó por la cintura y la sentó sobre la cama, de espaldas a él. Luego, con cuidado, le separó las nalgas y acercó su verga a su entrada.
—¿Estás lista? —preguntó.
—Sí, joder, mete esa verga.
Él empujó. Lentamente. Tanto que Renata sintió cómo su cuerpo se abría, cómo su ano se estiraba, cómo la piel se tensaba alrededor de la cabeza de su hermano. Fue un dolor agudo, pero no desagradable. Un dolor que se volvía placer en cuestión de segundos.
—Ah, joder —dijo ella, agarrando las sábanas—. Me estás rompiendo el culo.
—Sí —respondió Daniel, deteniéndose un momento—. Pero no paro.
Y empujó más.
Entró hasta la base. Hasta que su pelvis chocó contra las nalgas de Renata. Ella soltó un grito ahogado, una mezcla de dolor y placer. Daniel se quedó quieto un momento, respirando fuerte, sudando en la frente. Luego empezó a moverse.
Poco a poco. Con lentitud. Con fuerza. Con ganas.
Renata se dejó llevar. Cada empuje la hacía temblar. Cada golpe la hacía gemir. No le importaba que fuera su hermano. No le importaba que estuvieran en su casa. Solo le importaba el calor de su cuerpo, el sonido de su respiración, la dureza de su verga dentro de su culo.
—Daniel —dijo ella, girándose para mirarlo—. Dame tu verga.
Él la miró, confundido.
—¿Qué?
—Quiero tu verga en la boca. Quiero saberte.
Daniel se levantó, se quitó los pantalones por completo y se sentó en la cama, con las piernas abiertas. Renata se acercó, le tomó la verga con ambas manos y se la llevó a la boca. La chupó con fuerza, con ganas, como si quisiera tránsfuga la lengua por cada venita.
—Ah, mierda —dijo él, arqueando la espalda—. Eres una perra, Renata.
—Sí —respondió ella, sin soltar la verga—. Tu perra hermana.
Daniel la tiró hacia atrás. Renata cayó sobre la cama, boca arriba. Él se subió sobre ella y le separó las piernas con las rodillas. Se posicionó entre ellas y miró su culo, ya dilatado, ya abierto, ya listo.
—Voy a coger tu culo —dijo—. Y nadie lo va a saber.
—Sí, chévere —respondió Renata, abriendo más las piernas—. Cógeme, vago.
Daniel empujó.
Esta vez no fue lento. Fue rápido. Fue fuerte. Fue todo.
La verga de Daniel entró en su culo como un meteorito. Renata gritó. No de dolor. De placer. De liberación. Daniel se movió con fuerza, con velocidad, con locura. Cada empuje hacía que su culo se rechinara, que sus nalgas se movieran, que su cuerpo se temblara.
—Joder, joder, joder —decía Renata—. Me estás rompiendo.
—Sí —respondió Daniel—. Te estoy rompiendo.
Y siguió empujando.
Hasta que Renata sintió cómo su cuerpo se desbordaba. Cómo su culo se contrajo. Cómo su cuerpo se volvía eléctrico. Gritó, arqueó la espalda, y un líquido caliente salió de su cuerpo.
Daniel la siguió.
Con un gemido profundo, arrancado de lo más hondo, eyaculó dentro de su culo. Renata sintió cómo su verga se hincha, cómo su cuerpo se vacía, cómo su alma se sale por la punta de su verga.
Se quedaron quietos. Respirando. sudando. Juntos.
Daniel se retiró con cuidado. Su verga, ya blanda, salió de su culo con un sonido húmedo. Renata se giró, lo miró y le sonrió.
—¿Lo hacemos otra vez? —preguntó.
Daniel no respondió con palabras. La tomó de la nuca y la besó. Esta vez, fue suave. Fue lento. Fue amoroso.
—Sí —dijo—. La hacemos otra vez.
Y así fue. Hasta que el sol se puso, hasta que la casa se quedó en silencio, hasta que el mundo se olvidó de que existía. Solo existía Renata y Daniel. Solo existía el calor de su cuerpo, el sonido de sus gemidos, el sabor de su piel.
Y nadie los vio. Nadie los escuchó. Nadie supo nada.
Pero ellos sabían. Ellos siempre habían sabido.
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