Una noche en casa sola
5 minUna noche en casa sola
María se quitó los zapatos con un suspiro que parecía sacudirle todo el cuerpo. Había llegado tarde otra vez: el tráfico en la avenida era un infierno, el trabajo se extendió más de lo previsto y, ahora, con la ciudad aún roncando al otro lado de las ventanas cerradas, solo le quedaba el silencio del apartamento y la promesa de una noche para ella.
Se desabrochó su blusa de algodón color crema, dejando que los botones se abrieran con lentitud, como si cada uno fuera una pequeña promesa que se cumplía. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro, sencillo pero con un detalle en el centro: una pequeña rosa bordada, casi imperceptible si no se miraba con atención. Lo suficiente para que, al mirarse en el espejo del baño mientras se quitaba el sujetador, sonriera con una ternura que no esperaba.
Se dejó caer en la cama, de espaldas, con los brazos abiertos como si estuviera abrazando la habitación. La tela del pantalón se ajustaba un poco en las caderas, y cuando se levantó para desabrocharlo, sintió el roce del algodón contra su piel. Se quitó los calcetines, los puso juntos frente a la puerta del balcón, y se dejó caer de nuevo, esta vez con las piernas ligeramente separadas.
El aire acondicionado susurraba en la esquina, fresco pero no frío. María cerró los ojos y dejó que su respiración se relajara, profunda, pausada. No pensaba en nadie en particular. No pensaba en nadie en absoluto. Solo en sí misma.
Se llevó una mano al pecho, primero con la palma abierta, como para sentir el latido, pero luego bajó el dedo índice con lentitud, siguiendo el contorno de su pecho hasta el borde del pezón. Ya estaba tenso, eréctil, como si lo hubiera estado esperando todo el día. Lo rozó con la yema del dedo, una y otra vez, sin apretar, como si fuera un secreto que apenas se atrevía a nombrar.
Se incorporó un poco, apoyando el codo en la cama, y se llevó la otra mano al otro pecho. Con los pulgares rozó los pezones al mismo tiempo, y por un instante, suspiró. No era un suspiro de deseo, sino de reconocimiento: *ah, aquí estás*, como si se encontrara con una vieja amiga después de mucho tiempo.
Se acostó de nuevo, esta vez girándose sobre el lado derecho, y se llevó una mano entre las piernas. A través de la tela de los pantalones, sintió la humedad ya acumulada en su interior. No era mucha, pero sí suficiente para hacerle sonreír. Se desabrochó el cierre con calma, bajó la tela con lentitud, y dejó que el pantalón se deslizara hasta sus tobillos. Se sacó los calcetines que aún le quedaban, los volvió a dejar juntos frente a la puerta, y se quedó allí, tumbada sobre su lado, con una pierna flexionada y la otra estirada.
Su mano entró por la abertura del calzoncillo de algodón, rozando el borde de su pubis, luego bajó un poco más, hasta encontrar la humedad ya caliente y pegajosa. Se mojó los dedos con esa humedad, lentamente, como si estuviera preparando una taza de té. Y luego, con la punta de un dedo, rozó su clítoris.
Era pequeño, sensible, casi escondido bajo su capucha, como un capullo que apenas se atrevía a abrirse. Lo tocó con una suavidad que parecía respetuosa, casi reverente. Un roce, luego otro, más firme, y su cuerpo respondió con un leve arqueo de la espalda.
Se insertó el dedo con cuidado. No era rápido, no era urgente. Solo una entrada lenta, como si estuviera entrando en un lugar que ya conocía pero que siempre tenía algo nuevo que descubrir. Se sintió llena, pero no abarrotada. Caliente. Segura.
El segundo dedo siguió al primero, más fácil esta vez, como si su cuerpo la hubiera estado esperando. Se movió con un ritmo pausado, apenas perceptible, apenas audible, solo el suave roce de su piel contra la piel, el leve sonido de la cama al moverse, el susurro de su respiración.
Sintió cómo su pecho subía y bajaba más rápido, cómo sus pezones se endurecían aún más, cómo su lengua salió un momento de su boca, sin intención, sin dirección, solo porque sí.
Apoyó la mano izquierda sobre su pecho, sobre su corazón, y se frotó el clítoris con la derecha, en círculos pequeños y precisos. Eso fue lo que lo cambió todo.
Un estremecimiento le recorrió la espalda, luego la nuca, y por fin, sin aviso, sin drama, sin gritos, simplemente *sucedió*. Su cuerpo se tensó, sus dedos se cerraron contra la colcha, y su respiración se detuvo por un instante, como si el mundo hubiera dejado de girar.
Y luego vino: suave, cálida, interna, como una ola que sube despacio, pero no se rompe en la orilla, sino que se disuelve en la arena. Se dejó llevar, sin luchar, sin pensar, sin mirar. Solo dejarse llevar.
Cuando volvió a respirar, estaba sudorosa, con el pelo pegado a las sienes, los labios entreabiertos, y una sonrisa que no podía contener. Se retiró los dedos despacio, observó la luz que aún brillaba en su piel, y se llevó la mano a la boca, lamiéndola con una ternura que no tenía nada de vergonzoso.
Se volvió de lado, con la cabeza apoyada en la mano, y se miró el vientre, aún ligeramente hinchado, aún vibrante. Se acarició con suavidad, sin intención, sin necesidad.
—Me gustas —le dijo en voz baja, como si fuera una confesión.
Y no era una confesión a nadie más. Era para sí misma.
Se levantó con lentitud, se dirigió al baño, se lavó las manos, se lavó la cara, se miró al espejo. Tenía las mejillas rojas, los ojos brillantes, los labios ligeramente hinchados. Se pasó la lengua por el borde superior, y sonrió de nuevo.
Se puso un vestido suave de algodón, sin mangas, que le llegaba hasta las rodillas. Se sentó en el sofá, con una taza de té de manzanilla humeante, y encendió una vela de vainilla en la mesa auxiliar.
No pensaba en nada. Solo estaba.
El aire seguía roncando afuera, pero dentro, todo era silencio, calma, y una paz que no había sentido desde hacía mucho.
Y cuando el té se enfrió, se levantó, apagó la vela, y volvió a la cama. Esta vez, se quedó dormida con una mano sobre su vientre, como si la estuviera cuidando.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.