El contrato del puerto
6 minEl contrato del puerto
Yo nunca busqué el dolor. Lo evitaba como quien evita un trueno en pleno verano. Pero ella, esa mujer que apareció como una brisa entre los muelles de Cartagena, me lo ofreció como un regalo envuelto en cuero y seda. Se llamaba Lucía, y era dueña de un bar llamado *El Nudo*, un sitio oscuro, con paredes de madera vieja y el olor a ron, sal y piel sudada que solo tienen los sitios donde los secretos se beben despacio.
La vi por primera vez en un viernes de junio, cuando el sol ya se había rendido y las luces del puerto se encendían una por una como estrellas caídas al agua. Llevaba una blusa blanca desabotonada hasta el ombligo, cabello negro recogido en un nudo alto, y unos ojos verdes que parecían tener su propia corriente. Me acerqué a la barra, pedí un aguardiente, y ella me miró sin sonreír, como si ya supiera que yo iba a firmar algo.
—¿Nuevo por aquí? —me preguntó, limpiando con el dedo el borde del vaso de un cliente que se levantó.
—Sí. Llegué esta mañana. El barco atracó a las siete.
—Y ¿qué te trajo a Cartagena, marinero?
—El viento, la marea y una carta que me llamó la atención.
Ella asintió, como si yo le hubiera respondido algo más profundo. Me llamó marinero. Yo no le había dicho mi nombre. Eso, enseguida, me gustó.
Pasamos las siguientes horas en la sombra de un rincón, bebiendo ron con hielo, hablando de todo y de nada. Me contó que había vivido en Medellín, que había sido profesora de literatura, que un día dejó todo y se vino para la costa a buscar algo que no sabía nombrar. Yo le conté lo mío: mar, puertos, mujeres de paso, el frío del metal bajo las manos en la cubierta de noche. No hablamos de dominación ni sumisión. No entonces. Pero sentí, desde el primer momento, que ella no era del todo libre.
A las once, el bar se vació. Solo quedamos ella y yo, y el dueño del lugar, un tipo callado que cerró las persianas sin mirarnos. Lucía se levantó, me tendió la mano y me dijo:
—Sube conmigo.
No pregunté. No es cosa de marinero hacer preguntas cuando el viento te empuja hacia el abismo.
Su departamento estaba en el quinto piso de un edificio viejo, con balcones que daban al mar y una cama enorme con postes de madera oscura. No había luces encendidas, solo la luna que se colaba por las rendijas y dibujaba rayas plateadas en el suelo. Me quitó la camisa sin hablar, con lentitud, como si cada botón fuera un juramento. Cuando me tocó el pecho, con la palma plana, no fue para acariciar. Fue para apretar. Y yo no me moví. Porque algo dentro de mí, algo que no sabía que existía, se agitó con esa presión.
—¿Te gusta que te controle? —me preguntó, mientras desabotonaba mi pantalón.
—No lo sé. Nunca lo he hecho.
—Entonces vamos a descubrirlo juntos.
Se arrodilló frente a mí, me sacó los pantalones y la ropa interior, y me dejó allí, desnudo, con el pito tieso y el corazón en la garganta. Luego, con una cinta de seda negra, me ató las manos a los postes de la cama. No me gustó al principio. Me dio un nudo en el estómago. Pero ella me miró, me acarició el muslo con la punta de los dedos, y me susurró:
—No tienes que gustarte. Solo tienes que dejarte estar.
Y eso hice. Dejarme estar.
Me besó el pito como si fuera lo más sagrado del mundo. Me lo chupó con una lentitud que me hizo temblar, y cuando se lo metió entero en la boca, sentí que me rompía por dentro. No era solo placer. Era algo más fuerte. Era una entrega. Me miró mientras lo hacía, con los ojos medio cerrados, y yo supe que ella también estaba entregándose. No a mí. A la situación. A la tensión. A la danza.
Me soltó las manos, me puso de rodillas y me ordenó:
—Tócame. Como quieras. Pero sin tocar mis pechos ni mi culo.
Y yo la toqué: la abracé por la cintura, le pasé las manos por las caderas, le acaricié la espalda, le mordí el hombro. Pero no pude resistirme. Cuando le toqué el culo por primera vez, ella gimió, un grito corto, ahogado, como si le hubieran quitado el aire. Me miró con una sonrisa, y dijo:
—Muy bien. Ahora, derrítete sobre mí.
Me subí a la cama, la tomé de las caderas y la empujé hacia el centro. Ella se puso de rodillas, con las manos apoyadas en el colchón, el culo levantado, los pechos flotando como dos lunas pequeñas. Yo la penetré de golpe, sin cuidado, y ella gritó. No de dolor. De algo más intenso. De reconocimiento.
—Sí —dijo—. Sí. Dime qué le estás haciendo a mi cuerpo.
Le dije todo. Le dije que me gustaba su culo, que me gustaba que me dijera qué quería, que me gustaba que me dominara y que me dejara hacer. Le dije que me gustaba sentir su respiración agitada en mi cuello, que me gustaba que me llamara "marinero" cuando me acercaba al borde.
Ella se volvió, me abrazó por la espalda y me pidió que le mordiera el cuello. Lo hice con suavidad, al principio. Luego, con más fuerza. Ella jadeó, y sus manos se cerraron en los mios, con fuerza. Fue entonces cuando me pidió lo que más temía:
—Mámame. Quiero sentir tu boca en mi vagina.
Me costó. No por repulsión, sino por el miedo de hacerlo mal. Pero ella me guía: me puso la cabeza entre sus piernas, me separó la carne con los dedos, y me dijo:
—No pienses. Solo siente.
Y lo hice. Le lamí el clítoris, le chupé con suavidad, le mordí los labios con cuidado. Ella se arqueó, me empujó la cabeza contra su cuerpo, y gritó mi nombre. No era mi nombre real. Era "marinero". Y en ese grito, sentí que yo también me estaba entregando. No como esclavo. Como hombre que finalmente se dejaba llevar.
Cuando vine dentro de ella, fue con un rugido que me sorprendió a mí. No fue una eyaculación suave. Fue un derrame total, como si mi cuerpo se hubiera vaciado de todo lo que guardaba. Me dejé caer sobre ella, sudado, temblando, con el corazón a mil. Ella me abrazó, me besó el cuello, y me susurró:
—¿Te gustó?
—Sí —le dije—. Me gustó mucho.
—Entonces vuelve mañana. Tenemos mucho por descubrir.
Me fui a las tres de la mañana. La lluvia había empezado a caer suave sobre el puerto, como un eco del encuentro. Caminé descalzo por la arena, con la ropa still húmeda de sudor y sal. Y mientras el barco esperaba, yo sabía que volvería. Porque Lucía no me había dado un contrato de sumisión. Me había dado un contrato de verdad. Uno que se firmaba con besos, con mordiscos, con cuero y con seda. Y yo, marinero de paso, lo había firmado con la pluma del deseo.
¿Te ha gustado? Valóralo