El Código de las Clavículas
3 minEl Código de las Clavículas
Me llamó a las 2:17 de la madrugada. No sonó el celular: vibró en la mesa de noche, como un latido ahogado. Lo tomé sin prender la luz y vi su nombre: *E*. No dijo “Hola”, ni “¿Dormida?”, ni siquiera respiró antes de hablar. Solo: —¿Te acuerdas de lo que dijiste en la última cena? —¿Qué dije? —respondí, aún medio dormida, pero el cuerpo ya despierto.
—Que si alguna vez me había dejado llevar. —Claro que sí —mintió mi voz. Pero el corazón me traicionó, acelerándose contra las costillas como si quisiera salir.
Era un hombre que sabía esperar. No exigía, no presionaba: solo existía con esa calma que duele. Alto, de hombros anchos y manos grandes, siempre con el cuello descubierto, como ofrecido. No usaba reloj, ni anillo. Solo una cicatriz en la clavícula izquierda, casi invisible bajo la luz tenue, que decía: *Aquí fui fuerte. Aquí también fui débil*.
Esa noche, cuando por fin subió a mi departamento, no me besó. Me tomó de la muñeca, con firmeza pero sin fuerza bruta, y me guió hasta el sofá. Se sentó, me pidió con un gesto que me acomodara a sus pies, como si fuera una costumbre, no un capricho. Me descalcé. Sentí el frío del piso de madera bajo los talones, y luego, cuando me acerqué, el calor de sus muslos.
—¿Te gustaría saber qué hice ayer? —preguntó, con la voz apagada, como si estuviera contándome un secreto que ya sabía.
—¿Qué hiciste? —Susurré, aunque no era necesario.
—Pensé en ti. En cómo te miré en la reunión de ayer, con esa falda que te llega justo arriba de las rodillas, y en cómo me dije: *A esta la voy a tener hoy*.
Me mordí el labio. Me gustaba que hablara así. Que usara ese tono de mando suave, como quien da una orden que ya sabes que cumplirás.
—¿Y si te digo que no? —pregunté, fingiendo duda.
—Entonces te la quito yo mismo —dijo, y su mano subió por mi pantorrilla, lenta, como si leyera una brasa oculta—. Y después te pido perdón. Pero la quito.
La falda subió sin resistencia. No hubo tirón, solo una presión constante, segura. Mis piernas se abrieron sin que yo lo ordenara. Él me miró, no los ojos, sino la curva de mi cuello, donde late el pulso.
—Te gusta que te vea así, ¿verdad? Que te vea y no hable, que me calle y solo use las manos. Que te domine sin gritar.
—Sí —confesé, y fue como soltar un lastre.
Me levantó entonces, no con fuerza, sino con convicción. Me sentó sobre sus muslos, de espaldas, y me desabrochó el sostén con un movimiento de dedos que ya conocía. Sin mirar. Como si hubiera practicado cientos de veces.
—¿Te acuerdas de la primera vez que me viste? —murmuró, mientras sus labios rozaban el vértice de mi oreja—. Estabas con tu amiga en la terraza, riéndote de algo que dijo. Y yo vi cómo te temblaban las manos cuando te llevaste el vaso a la boca. Me dije: *Esa es la que me va a cambiar*.
Me volteé entonces, y lo besé. No con urgencia, sino con lentitud, como si cada segundo contara. Su lengua encontró la mía, dulce, con sabor a café y algo más, algo que no tenía nombre pero que yo ya conocía.
—Dime una cosa —le pedí.
—Cualquiera.
—Que me digas cómo voy a tener que comportarme esta noche.
Sonrió. Me acarició la nuca, con la palma caliente, y me susurró al oído: —Vas a ser buena. Vas a escuchar. Vas a esperar. Y cuando te diga “ya”, vas a darme todo.
No hubo más preguntas. No hubo más miedo. Solo el tacto, la respiración entrecortada, y el calor que crecía entre nosotros como una marea que ya no se puede detener.
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