El círculo de la luz
Me senté en el sofá de terciopelo granate, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, observando cómo las velas temblaban en sus portavelas de bronce. La habitación, en el tercer piso de una casa antigua del Centro Histórico, olía a cedro, vainilla y una pizca de sándalo que la dueña —una mujer de mirada serena y voz suave— había encendido para “preparar el terreno”. No era mi primera vez en un espacio así, pero sí la primera vez que aceptaba participar —verdaderamente participar—, sin la distracción de un trago demasiado fuerte ni la excusa de una risa forzada.
Elena llegó poco después, con su pelo negro recogido en un nudo desordenado y un vestido de seda color miel que le ceñía la cintura antes de desfilar hacia abajo en una caída fluida. Su sonrisa, tímida pero firme, me bastó para saber que también había dudado, y que esa duda se había disuelto en la decisión de estar aquí.
—Tú eres el nuevo —dijo, acercándose y rozando con la punta de los dedos mi muñeca—. Me hablaron de ti. Di que eras paciente.
—Ojalá —respondí, devolviendo el roce.
La tercera llegó un minuto después: Lucía. Alta, de hombros anchos y piernas que parecían no querer terminar nunca bajo el pliegue elegante de su pantalón de lino. Llevaba una camisa blanca abierta sobre una blusa de encaje negro, y el perfume que dejó en el aire, una mezcla de jazmín y sal, me hizo pensar en playas solitarias al atardecer.
No hubo preguntas innecesarias. No hubo presentaciones largas. Solo miradas que se cruzaban, manos que se ofrecían, respiraciones que se sincronizaban. La dueña de la casa —María— nos ofreció vino en copas estrechas, y cuando todos lo sostuvimos entre las palmas, ella dijo:
—Esto no es un juego. Es un pacto. Cada uno elige su ritmo, su límite, su sí. Y nadie rompe el silencio si no quiere hablar. Lo demás… se construye con el cuerpo.
Nos miramos. Asentimos. Y entonces, como si algo invisible nos hubiera tomado por los pulgares y comenzado a girar, nos levantamos.
Elena fue la primera en quitarse el vestido, dejando que la seda resbalara por sus brazos hasta caer en el suelo sin ruido. Debajo, llevaba un corsé de encaje y malla, ajustado como un segundo aliento. Se acercó a mí y, sin romper contacto visual, me desabrochó la camisa, uno por uno, los botones. Sus dedos rozaron mi pecho, y entonces —por primera vez— sentí que el calor no venía del ambiente, sino de dentro, de un lugar que había estado cerrado.
Lucía se puso detrás de Elena y le acarició la nuca, bajando despacio por la columna, hasta que Elena se inclinó y me besó. Fue un beso lento, con lengua tibia y labios húmedos, que se prolongó hasta que sentí su pecho contra mi brazo, y su rodilla que se deslizó entre las mías para equilibrar el peso.
María nos observaba desde la puerta, con una sonrisa apenas perceptible. No intervenía. Solo vigilaba, como quien cuida de una llama que no debe apagarse ni arder demasiado.
Cuando me tumbé sobre el sofá, con las sábanas de algodón crudo debajo y las velas ardiendo en su círculo dorado, Elena se colocó sobre mí, y Lucía se sentó a mi lado, con una mano en mi muslo y la otra acariciando la nuca de Elena. No hubo prisa. Solo la curva de un cuello, el arco de una espalda, el rozamiento de una rodilla contra otra, el sabor de la piel después de un beso que ya no era solo un beso.
Me despojaron de la ropa con calma, como si cada prenda fuera un caparazón que había llegado el momento de abandonar. Y entonces, con lentitud que era un acto de reverencia, me tocaron. Elena en el pene, Lucía en los pezones, María —que ahora sí había entrado— con los labios entre el ombligo y el vello púbico.
No hubo competencia. Solo entrega. Cada uno sabía cuándo avanzar y cuándo esperar. Cada uno sabía quién necesitaba más o menos presión, quién necesitaba silencio y quién, una palabra al oído.
Cuando finalmente me uní a Elena, fue con un ritmo que ella eligió: lento, profundo, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás. Lucía me ayudó a sostenerla, con sus manos en mis hombros y su pecho contra mi brazo. Y María… María me besó en el cuello mientras Elena se dejaba llevar, con una mano en mi rostro y la otra en su propio vientre.
No fue el final lo que marcó el momento. Fue el instante intermedio, cuando todos resonábamos igual, cuando el aire se volvió denso y cálido, cuando el tiempo se olvidó y solo existía el pulso compartido, la piel que sudaba y la respiración que se entrelazaba.
Al final, nos quedamos en silencio, apilados en el sofá, con las piernas entrelazadas, los dedos aún rozándose, las pupilas dilatadas por la luz de las velas. Nadie dijo nada. Ni siquiera cuando nos levantamos, nos vestimos con calma, y nos dijimos adiós con la certeza de que el recuerdo no se desvanecería con el amanecer.
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