El chat que me hizo temblar

El chat que me hizo temblar

@natalia_fuego ·15 de junio de 2026 · 🔥 4.9 (6) · 339 lecturas · 3 min de lectura

La primera vez que lo vi en pantalla —una cara borrosa por la cámara baja, apenas iluminada por la luz de su escritorio—, me dije que era solo una coincidencia. Un error de algoritmo, un match accidental en esa app que probé por curiosidad, sin esperar nada serio. Pero él me mandó un mensaje antes de que yo pudiera cerrar la sesión: *“¿Ves lo mismo que yo?”* No era una pregunta. Era una provocación, suave, como una caricia con la punta de los dedos.

Me llamaba Luciano. 38 años, arquitecto, divorciado, sin hijos. Una foto profesional: camisa abierta hasta el tercer botón, cabello oscuro peinado hacia un lado, una sonrisa contenida que no llegaba del todo a sus ojos. Pero cuando hablamos por video, su mirada cambiaba. Se volvía más húmeda, más directa. Como si me desnudara con la intensidad de su fijación.

—¿Por qué no me quitas la camisa? —me dijo una noche, después de tres días de charlas largas, confidencias a media voz, y silencios que se llenaban con el sonido de nuestra respiración.

No lo pensé. Me levanté, apagué la luz de la habitación, dejé encendida solo la lámpara de mesa. Me senté frente a la cámara con la camisa blanca que usaba ese día, los botones aún puestos. Sus ojos no se movieron de mi pecho mientras desabotonaba, uno a uno, con lentitud exquisita. No era velocidad lo que buscaba. Era tensión. Cada clic del botón deslizándose por el ojal sonaba como un latido.

—Ahora —susurró—, date la vuelta.

Giré la silla. Mi espalda quedó al descubierto, la curva de mis riñones, el leve hoyuelo que tenía entre las alas de la escápula. Sentí su respiración acelerarse por el micrófono.

—¿Te gusta que te imagine con mis manos? —preguntó.

No respondí. Solo respiré más hondo, dejando que el aire entrara con pesadez, como si mi cuerpo ya supiera lo que venía.

—Cada vez que haces eso —dijo—, cuando te muerdes el labio mientras me miras por la cámara… es como si me estuvieras pidiendo permiso para pecar.

Me levanté despacio. Me acerqué al espejo del baño, lo encendí con suavidad. Me vi: cabello despeinado, mejillas encendidas, pechos altos, firmes, con los pezones ya endurecidos bajo la tela fina del sostén. Me desabroché el sujetador con una sola mano, lo dejé colgar. No me volví. Me dejé ver en el espejo: la curva de mis costados, el vientre plano, la sombra oscura entre mis muslos.

—¿Me tocas? —preguntó Luciano, voz ronca.

—Sí —respondí, y me toqué.

Me recosté sobre la cama después. Él me pidió que me tocara mientras hablábamos, mientras le describía lo que sentía: el frío de la almohada contra la nuca, el calor de mis dedos sobre mi clítoris, el modo en que mi respiración se cortaba cada vez que imaginaba sus manos en mi cintura, sus labios en mi cuello.

—Cuando te vengas —dijo—, quiero que me digas mi nombre. No como una súplica. Como una confesión.

Lo hice. Con la mano temblorosa, con la boca entreabierta, con los ojos cerrados y su voz en los auriculares, repitiendo mi nombre como un mantra.

—Natalia… Natalia… ven a mí.

No lo había tocado, pero sentí su olor: papel, café, sudor y algo más, algo que no tenía nombre pero que conocía por dentro.

Al día siguiente, no hablamos de lo que pasó. Pero cada vez que abrí la app, su nombre apareció primero. Y yo, con la camisa bien puesta, con mis botones bien abotonados, respondí con una sola palabra: —Sí.

¿Qué tanto te calentó?

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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.

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