El chat que me comió la pija

@el_marinero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 9 min de lectura

La primera vez que te vi en la cámara —y me cago en Dios que aún me late la sangre en los cojones cuando lo recuerdo—, vos estabas sentada frente a una ventana abierta, con el cielo gris de un atardecer londinense deprimido de fondo. No había luces artificiales encendidas, solo la luz natural que te dibujaba el contorno de los labios, medio escondidos detrás de una taza de té humeante. Tenías el pelo negro, largo, con reflejos de azabache bajo la sombra de tu cara, y esos ojos que parecían tener dos puertos distintos: uno frío, de ciudad, de oficina con aire acondicionado; y otro, más profundo, más húmedo, que se te encendía apenas movías un poco el cuerpo y el ángulo de la cámara lo dejaba ver. Me llamaste *marinero* en el primer mensaje, y yo, con la vergüenza puesta a un lado porque ya no tenía nada que perder, te respondí *capitana*, aunque nunca fui nada parecido a un marinero: apenas pescaba en el Río de la Plata con mi viejo cuando era chico, y lo hacía más por aburrimiento que por pasión. Pero vos me miraste como si yo fuera el único barco que iba a atracar en tu muelle ese año.

Era junio. El frío de Buenos Aires se metía por los poros, y yo estaba en mi cuarto, con la calefacción a medio capricho, la laptop sobre las piernas, las medias húmedas por el sudor de la nervios. No era la primera vez que hacía esto, pero sí la primera que me sentía *deshinchado*, como si la pija empezara a crecer sola, sin pedir permiso, solo por el sonido de tu voz al decirme *hola, gordo de la webcam* —y sí, vos me decís gordo, y yo me puse duro como una piedra, porque nadie me decía gordo así, con esa mezcla de burla y cariño, como si me estuvieras acariciando la cara con una mano invisible.

—¿Qué querés ver primero, marinero? —me preguntaste, y te vi moverte un poco en la silla, lo suficiente para que el suéter se subiera un par de centímetros y dejara entrever la curva de tu cintura, la piel suave del estómago que no tenía ni un gramo de grasa de más, pero tampoco estaba esculpida como la de una modelo: era real, viva, con una pequeña cicatriz blanca cerca del ombligo que me hizo querer saber de dónde venía.

—Quiero verte desvestirte —le dije, y me sonó a voz de perro ladrando en la calle, tan fuerte, tan seguro, que hasta me sorprendí.

—¿Y si te la guardo para después? —te reíste, y ese fue el primer sonido que me hizo sentir que estaba en casa, aunque estuvieras a once mil kilómetros.

—No me importa cuánto espere, capitana. Solo decime cómo lo hacés.

Vos suspiraste, como si hubieras estado esperando esa frase desde hacía años, y te levantaste de la silla con una lentitud que era una promesa. Te sacaste el suéter sin prisa, dejando al descubierto un sostén de encaje negro, no muy llamativo, pero con una costura que se hundía en la curva de tu pecho. No te quitaste el sostés enseguida: primero te llevaste una mano al cuello, como si lo estuvieras acariciando a vos misma, y luego tiraste con una sola mano hacia atrás, dejando que los senos salieran a la luz como dos mareas que habían estado encerradas. Eran perfectos: redondos, firmes, con pezones pequeños, oscuros, que se erizaron apenas la cámara captó el reflejo de la luz del exterior. Me puse la mano sobre la entrepierna, sin pensar, sin pedir permiso.

—¿Te gusta? —me preguntaste, y vos misma te tocaste uno de los pechos con la yema de los dedos, apenas, como si fuera una prueba. Me di cuenta de que lo hacías por mí, no por vos. Porque vos ya lo habías sentido antes. Pero yo no.

—Me lo chuparía ahora mismo si estuviera allí —le dije, y vos te ríste otra vez, pero esta vez fue más húmeda, más larga, como si cada nota de risa te hiciera más mojada.

—Podés hacerlo —me desafiaste—. A través de la pantalla. Me lo puse como si estuvieras acá. Vos me decís cómo.

Y entonces empezó lo que vos llamaste *la coreografía*. Yo me desabroché los pantalones, bajé la cremallera, saqué la polla ya dura, ya pegada al cuerpo, con el glande oscuro, hinchado, listo para entrar en acción. Vos me miraste con los ojos medio cerrados, como si estuvieras haciendo un esfuerzo por no mover las caderas, de a poco, de a poco, como si ya estuvieras sintiendo que yo estaba adentro de vos.

—Mirá bien, marinero —me dijiste—. Esto es solo para vos.

Te quitaste el sostén del todo, dejándolo colgado de un dedo, y te inclinaste hacia adelante, apoyando las manos sobre la mesa. Tu culo se elevó, redondo, perfecto, con una línea que bajaba suave desde la cintura hasta los muslos, y el vello pubiano apenas visible bajo el elástico de tu slip. Me di cuenta de que no tenías nada debajo, y eso me hizo apretar la base de la polla con la mano, como si con fuerza pudiera evitar que me saliera antes de tiempo.

—¿Querés ver cómo me toco? —me preguntaste, y yo solo pude asentir, con la garganta seca, con la lengua pegada al paladar.

Te metiste la mano entre las piernas, con un solo movimiento, como si ya lo hubieras hecho mil veces —y probablemente sí—, y separaste los labios de la concha con dos dedos. Me mostraste tu entraña: rosada, brillante, húmeda, con el clítoris hinchado, como un guisante pequeño, oscuro, que palpitaba apenas con el movimiento. Me puse a respirar profundo, como si cada respiración fuera a llevarme hasta vos.

—Estoy mojada —me dijiste, y vos misma te tocaste el clítoris con la yema del índice, una, dos, tres veces, despacio—. Para vos. Solo para vos.

Me puse el dedo pulgar en el glande y lo moví en círculos, como si fuera una especie de ritual. Vos me miraste, y cuando te vi tragar saliva, supe que no estabas fingiendo. Que vos también sentías algo. No solo el calor del momento, sino algo más antiguo, más profundo: como si hubiéramos estado buscándonos desde antes de que el internet existiera.

—¿Querés verme joderme con algo? —me preguntaste, y vos misma te metiste un dedo, luego dos, en tu interior, con una lentitud que me hizo soltar un grito ahogado.

—Sí —le dije, y la voz me salió rota, como si hubiera estado gritando sin que yo me diera cuenta.

—Mirá cómo te la muestro —me dijiste, y vos misma te moviste los dedos adentro, una, dos veces, y luego los sacaste lentamente, con una sonrisa que era una advertencia—. Ahora es tu turno.

Me puse en cuclillas frente a la cámara, con la polla aún dura, con el preseminal ya empapando el borde del glande. Me llevé la mano a la boca, lamí los dedos, y luego me los metí en el culo, como si estuviera preparando un puente invisible entre vos y yo.

—Voy a meter los dedos en mi culo —te dije—. Igual que vos con tu concha. Y después voy a imaginar que soy yo el que te está metiendo la polla.

Vos te quedaste quieta un segundo, como si estuvieras calculando, como si estuvieras midiendo si yo era capaz de seguir hasta el final.

—Hacelo —me dijiste.

Y yo lo hice. Me metí dos dedos en el culo, moviéndolos con un ritmo lento, con la lengua fuera de la boca, con los ojos medio cerrados, con la polla palpitando como si estuviera latiendo en mi sien. Vos me miraste, y cuando me viste jadeando, cuando me viste mover las caderas como si ya estuvieras adentro, vos te tocaste el clítoris con más fuerza, con más desesperación, y yo te vi temblar, te vi los ojos cerrarse, te vi la boca entreabierta, y entonces vos dijiste una sola palabra, como un susurro que era un grito disfrazado:

—*Cagáme*.

Y yo no dudé.

Bajé los pantalones del todo, me puse una mano en la base de la polla, y con la otra te señalé la cámara.

—¿Querés que te meta la polla en la concha, capitana? —le pregunté.

—Sí —me dijiste, y vos misma te abriste los labios con los dedos, como si me estuvieras ofreciendo un regalo—. Entrá. Que me entre todo.

Me acerqué, como si la distancia no existiera, y puse la punta de la polla contra tu entrada. Te sentí estremecerte. Te sentí contener la respiración. Y cuando te empujé, cuando te metí la punta, vos te arqueaste, vos soltaste un grito que no fue de dolor, sino de sorpresa, como si por fin hubieras encontrado lo que estabas buscando.

—A poco —me dijiste—. A poco, marinero.

Y yo empujé, lento, lento, hasta que te sentí apretada, caliente, húmeda, hasta que tu cuerpo me acogió como si yo fuera el único lugar seguro en el mundo. Me metí hasta la raíz, y vos soltaste un gemido que me hizo temblar los brazos. Me puse a mover las caderas, de a poco, como si estuviera marcando un ritmo que solo vos y yo conocíamos. Te sentí contraerse, te sentí apretarme, y cuando vos me dijiste *más fuerte*, yo te di más fuerza, te di más profundidad, te di más cada vez que te clavaba la polla, como si quisiera grabar mi nombre en tu interior.

—Me voy a correr —te dije, y vos me respondiste con una sola palabra:

—*Cagáme*.

Y yo me corrí. Mecorrí dentro de vos, con la polla palpitando, con el cuerpo arqueado, con los ojos cerrados y la boca abierta, con la sensación de que me estaba deshaciendo, de que me estaba fundiendo, de que estaba dejando todo lo que era dentro de vos. Sentí cada latido, cada oleada, cada gota que salía de mí y entraba a tu interior, y vos me sentiste, vos te agarraste a la mesa, vos te estremeciste, vos dijiste mi nombre —aunque no me lo habías dicho antes— como si fuera una oración.

—*Marinero* —me dijiste.

Y cuando terminamos, cuando la respiración nos volvió, cuando la cámara se quedó sola en el silencio, vos te quedaste quieta, con los ojos cerrados, con la concha aún húmeda, con el dedo aún entreabierta. Y yo me quedé con la polla still adentro, como si no quisiera soltar el último puente que nos unía.

—Mañana vuelvo —te dije.

—Vení —me respondiste, y vos misma te tocaste un pecho, como si estuvieras guardando mi huella.

Y aunque no nos habíamos visto, aunque no nos habíamos tocado de verdad, en ese momento, con la pantalla apagándose lentamente, con tu imagen grabada en mi mente, con el sabor de tu nombre en la lengua, supe que ya no iba a ser el mismo marinero que se subía a la computadora a esperar algo que no iba a llegar.

Porque vos me habías enseñado una cosa que nadie me había enseñado antes:

Que el sexo virtual no es un sustituto. Es un mapa. Y vos, capitana, eras el único puerto al que yo quería atracar.

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