El chat que encendió la cocina
4 minEl chat que encendió la cocina
Eran las once y pico de la noche, y la cocina de Marco se iluminaba con la luz fría del celular apoyado sobre la encimera, junto a una taza de café ya fría. En la pantalla, una ventana de WhatsApp brillaba: *Lupita_* con el avatar de una gata negra y el nombre que había elegido para la ocasión: *Lupita_* —con el asterisco al final como si fuera un secreto que aún no había terminado de formarse.
—¿Aún despierta? —escribió él, mirando el cursor parpadeando.
—Casi duermo… pero tu mensaje me despertó del todo —respondió ella al instante, y Marco sonrió. Ya habían hablado tres noches seguidas, desde que se conocieron en un grupo de lectura virtual que nadie recordaba haber creado. Al principio, solo charlas de libros, de música, de la lluvia en la ciudad. Pero ayer, entre risas y un par de mensajes subidos de tono, algo se activó.
—¿Y si te dijera que ahora mismo me desvestiría mientras hablamos?
Ella tardó poco más de lo que se tarda en respirar dos veces antes de responder:
—Depende… ¿te vas a desvestir despacio? ¿O me vas a dejar sin aliento en cinco minutos?
Marco se levantó, dejó el celular boca abajo, y empezó a desabotonarse la camisa con calma, viendo cómo los botones saltaban uno por uno, como si fuera un ritual. Su pecho, cubierto de vello fino y marcado por las marcas de la vida real —una cicatriz de juventud en el costado, los músculos ya no tan tersos pero bien usados— quedó al descubierto antes de que ella respondiera.
—¿Ves eso? —le envió una foto rápida, sin filtro, solo la luz del foco de la cocina resaltando los contornos de su cuerpo.
—Mierda —fue lo que escribió ella, y luego, en el siguiente mensaje:— ¿Quieres que te vea más?
—Sí —dijo él en voz baja, como si ella pudiera escucharlo—. Pero que sea real.
Ella le envió su propia foto: una selfi tomada con la luz tenue de su cuarto, sentada en la cama, con una camiseta blanca semi-transparente que dejaba entrever el contorno de sus pechos pequeños pero firmes, y el elástico de su short de algodón subido un poco más arriba de lo que debería. Sus piernas estaban ligeramente separadas, y en el fondo, una lámpara de noche proyectaba sombras suaves sobre su cuello y hombros.
—Estoy gorda de ganas —confesó ella—. Pero no me quieres ver así, ¿verdad?
—¿Gorda de ganas? —Marco se acercó más al celular—. No me digas eso si no me vas a mostrar lo que hay debajo.
Ella soltó una risa ahogada, y luego un suspiro largo, casi gemido.
—Estoy sentada en la cama. La camiseta ya está por la cintura. No me pongo nada encima. Solo mis manos, mis pechos, y… —pausa—. Y mis dedos, ya en el borde del short.
Marco bajó una mano a su pantalón, sin prisa, sintiendo la verga ya firme dentro del algodón. Se quitó los pantalones y la ropa interior con un movimiento fluido, dejándose a la vista, a la espera.
—¿Y ahora qué haces? —preguntó ella, con el mensaje en modo “escribiendo…” por más de veinte segundos.
—Me toco. Lento. Con la palma. Y pienso en cómo suena tu respiración cuando te toco por primera vez.
—¿Y cómo suena? —ella escribió, y en el siguiente mensaje ya no puso signos de puntuación: tú sabes cómo suena cuando la verga te entra y te sacude toda
Marco sintió un calorcito en la nuca. Se relajó, dejó que la mano subiera y bajara con ritmo, con cariño, sin apuro. Imaginó su voz, su olor, el calor de su piel contra la suya.
—¿Me lo cuentas? —dijo él, casi con voz ronca.
—Sí. Te lo cuento todo… pero primero dime: ¿cómo te llamabas cuando eras chiquito?
—Migue —respondió, sin entender.
—Migue… —ella repitió, y en ese momento, Marco juró que escuchó su nombre como un susurro en su oreja—. Migue… te voy a chupar hasta que te tiemble el culo.
Y entonces, mientras él se estimulaba con más fuerza, ella le envió una última foto: los labios entreabiertos, la lengua asomando un poco, y los dedos ya dentro del short, rozando su clítoris hinchado.
—Ahora soy yo la que está gorda de ganas —escribió—. Y tú, ¿ya te vas a correr?
—No… hasta que me digas cuándo nos vamos a tocar de verdad.
—¿Mañana a las siete en el mismo lugar?
—Sí.
—Entonces hoy… solo te voy a dejar con el culo vacío y la verga dura.
Marco se corrió entonces, sin apuro, con los ojos cerrados, pensando en ella: en su risa, en su lenguaje sucio y real, en la promesa de que mañana no sería solo un chat.
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