El castigo del vecino
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La puerta del departamento 3B crujía como siempre, esa madera vieja quejándose cada vez que alguien la abría, y vos sentís el mismo escalofrío que cuando tenés trece años y te metés a la habitación de tus viejos sin tocar. Pero hoy no es por curiosidad, sino por castigo. Porque vos, Joaquín, no solo tenés que disculparte por haberle arruinado la fiesta a la vecina del piso de arriba, sino que además, le prometiste —y firmaste en un papel arrugado— que le dejarías que te pudra el culo hasta que te olvides de respirar.
Elena abrió la puerta sin esperar respuesta. No dijo nada, solo te miró con esos ojos grises que nunca parpadean, como si ya supiera todo lo que ibas a decir antes de que saliera de tu boca. Vos estabas en camiseta, los shorts colgando de las caderas, los pies descalzos sobre el piso frío del pasillo. Ella llevaba un vestido negro ajustado, con una renda que le rozaba las caderas y un collar de cuero negro con una pequeña cerradura plateada. Sin desviar la mirada, te agarró del brazo y te tiró hacia adentro con una fuerza que te sorprendió.
—Sentate en el sofá —dijo, y vos no dudaste ni un segundo. Te sentaste, las manos sobre las rodillas, la espalda recta como cuando te pegaban en la escuela y te hacían aguantar la postura de castigo.
Elena se arrodilló frente a vos, lento, deliberado. Desabrochó el último botón del vestido, lo suficiente como para que el tejido se abra como una flor oscura. Bajó la mano, lentamente, hasta rozar el borde de tus shorts. Vos ya tenés la polla dura, no por miedo, sino por el calor que sentís cuando alguien controla cada respiración tuya.
—Vos me hiciste quedar como una idiota con los vecinos —susurró, mientras tiraba de la cremallera con un *zip* seco—. Me dijeron que me callara, que me callara y me sentara. Pero vos sabés lo que me gusta escuchar. Sabés lo que necesito oír.
Te agarró la polla con la mano izquierda, firme, como si ya la conociera de memoria. Con la derecha, pasó las uñas por tu ombligo, por tu pecho, hasta agarrarte la barbilla y obligarte a mirarla.
—Decí: "Perdón, Elena, por arruinarte la noche". Y decilo como si lo quisieras.
—Perdón, Elena —murmuraste, la voz temblorosa—, por arruinarte la noche.
Ella sonrió, y vos sentís un cosquilleo en la base de la columna, como si ya supiera que vas a venir antes de que te lo pida.
—Bien hecho —dijo, y te soltó la polla solo para agarrarte la nuca y empujarte contra el respaldo del sofá. Se inclinó, besó tu cuello, mordió el lóbulo de la oreja, y luego te susurró al oído:—Ahora, querida mierda, abrí la boca.
Vos lo hiciste. Ella te metió dos dedos, húmedos, con un anillo de plata que rozó el paladar, y vos ya sabés qué viene. Se levantó, se sacó el vestido, y vos lo ves en ropa interior: calcetines de encaje, medias con costuras, y un tanga negro que apenas cubre su concha hinchada, ya visiblemente mojada. Se sentó a horcajadas sobre vos, con la polla apuntando hacia tu boca.
—Cogéme, Joaquín —dijo, agarrándote la cabeza—. Pero si te salís, si te relajás ni un milímetro, te mando al piso de abajo a que te garche a ese viejo que siempre me mira en el ascensor. ¿Entendiste?
—Sí —gimiste.
Ella bajó lentamente, hasta que su concha cubrió tu polla, y vos sentís ese calor húmedo, esa presión que te hace temblar las piernas. Se movió, con lentitud, como si estuviera midiendo cada centímetro, hasta que se sentó del todo, tu polla entera dentro de su coño, la piel de su vulva rozando tu vello púbico.
—Ahora subí —ordenó—. Rápido. Y no te detengas hasta que te salgas.
Vos empezaste a subir, y ella te ayudaba con las caderas, con las uñas clavadas en tus hombros, con un gemido que no parecía humano. Subías, bajabas, subías, hasta que ella se inclinó, te agaró la polla con ambas manos, y te la clavó hacia adentro una última vez, con tanta fuerza que te hizo gritar.
—Vas a venir en mí, pibe —susurró—. Y si no lo hacés, te garcho hasta que te olvides de cómo se llama tu madre.
Y vos, con la polla apretada en su interior, con su concha temblando alrededor de vos, con el olor a sudor y lubricante en el aire, te viniste, fuerte, con un grito ahogado en su cuello, mientras ella te sujetaba la cabeza y te empujaba hasta el último espasmo.
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