El calor del mediodía en el aljibe

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El sol caía a plomo sobre el campo, ese sol de enero que quema la piel y espesa el aire como si todo estuviera a punto de derretirse. La casa de piedra, antigua y tosca, se erguía entre los sauces que crecían desordenados junto al aljibe. Desde adentro, apenas se oía el zumbido de las abejas. Adentro, hacía más calor todavía.

Laura se había quedado a cuidar la casa mientras el marido de su hermana, Raúl, estaba en la ciudad por trabajo. No era la primera vez. Vos conocés cómo es esto: la familia, los veraneos, los espacios compartidos. Pero ese día, el aire pesaba distinto. Ella, con los pies descalzos sobre las baldosas frías, se había puesto un vestido corto de algodón, tan claro que parecía transparente con el sol de afuera. No llevaba nada debajo.

Él llegó a media mañana, sin avisar. Dijo que el viaje se había acortado, que no tenía sentido quedarse hasta el lunes. Ella no se sorprendió. Lo vio entrar por el portón, con la camisa pegada a la espalda por el sudor, el pelo oscuro un poco despeinado, los ojos entrecerrados por la luz.

—Che, no te avisé que venía —dijo, dejando la mochila en el suelo del comedor.

—No importa —respondió ella, y le alcanzó un vaso de limonada—. Hace un calor de mierda.

Se sentaron en el banco de piedra, bajo el alero. Hablaron de cosas sin importancia: el trigo quemándose en el campo de al lado, el perro que no paraba de ladrar, el viento que no soplaba. Pero mientras hablaban, los ojos de él se detenían en los muslos de ella, donde el vestido se había subido un poco. Y ella, en vez de acomodarlo, dejó que quedara así.

A las dos de la tarde, el calor era insoportable.

—Voy a meterme un rato al aljibe —dijo Laura, como si fuera lo más natural del mundo—. Vení, si querés.

Él la miró, dudó apenas un segundo.

—¿En ropa?

—No. Sin ropa. Acá no viene nadie.

Y sin más, se paró, se sacó el vestido por la cabeza y lo dejó caer sobre la piedra. Quedó desnuda bajo el sol, con la piel brillante, los pechos firmes, el vello oscuro entre las piernas apenas recortado. Él no dijo nada. Solo la siguió con los ojos, mientras ella bajaba los escalones de piedra, uno por uno, hasta que el agua le llegó a la cintura.

—Dale, entrá —le dijo, dándole la espalda, mirando hacia el fondo del aljibe.

Él se desvistió despacio. No tenía apuro. Cuando entró, el agua estaba fresca, casi fría. Ella se dio vuelta y lo miró. Su pija, ya dura, se alzaba entre el agua, como si flotara.

—Mirá cómo estás —dijo ella, sin sorpresa, con una sonrisa apenas insinuada.

Él no respondió. Se acercó. Le puso una mano en la cadera, la otra en el cuello. Ella cerró los ojos. Entonces, la besó. Fue un beso lento, húmedo, con sabor a sal y sol. Las lenguas se encontraron sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo.

Ella le agarró la pija con una mano, despacio, acariciando la punta con el pulgar. Él gimió bajito, casi sin querer.

—No te apures —le dijo al oído—. Hoy no hay que apurarse.

Lo empujó suavemente contra la pared de piedra. El aljibe era profundo, pero allí el agua apenas le llegaba a la cintura a él. Ella se arrodilló, sin decir nada, y se la metió en la boca. No fue violento. Fue como si la estuviera probando, como si la conociera de siempre.

Él cerró los ojos. El agua se movía alrededor, salpicando apenas. Ella subía y bajaba, con la boca caliente, la lengua jugando alrededor de la punta, los labios apretados.

—Pará, pará —dijo él, casi sin aliento—. Si no, me corro ahora.

Ella sonrió, se paró, y se pegó a él. Le pasó una pierna por encima del muslo, se acomodó. Entonces, sin más, se la metió adentro.

—Ah… —soltó él, entre dientes—. Qué concha tenés, che.

Ella se movía despacio, arriba y abajo, con el agua alrededor, salpicando apenas. Cada vez que bajaba, la pija le llegaba hasta el fondo. Cada vez que subía, solo quedaba la punta dentro.

—Así… así —le decía él, con la voz ronca—. No pares.

El sol caía sobre ellos, pero no les importaba. El aire olía a tierra mojada, a hierba, a sexo. Ella se agarró de sus hombros, apretó más el ritmo, subiendo y bajando con más fuerza.

—Dale, dale —le dijo él, y le agarró las nalgas con las dos manos, ayudándola—. Metela toda.

Ella gimió. No fue un grito, fue un sonido bajo, profundo, que vino desde adentro. Él sintió cómo se contraía, cómo se corría alrededor de su pija. Entonces, sin sacarla, la levantó en el agua, la apoyó contra la pared, y empezó a cogerla con fuerza.

—Dale, cogéme —le dijo ella, con la voz entrecortada—. Como si fuera la última vez.

Él no respondió. Solo la cogió más fuerte, más rápido, con el agua salpicando, con el sonido húmedo de sus cuerpos chocando.

Y cuando se vino, lo hizo adentro. Ella lo sintió, caliente, llenándola. Se quedaron así un rato, pegados, sin hablar, con el agua moviéndose alrededor.

Después, salieron del aljibe. Se secaron con una toalla vieja, sin apuro. El sol seguía alto, pero ya no quemaba igual.

—Mañana tengo que volver a la ciudad —dijo él, mientras se ponía la ropa.

—Sí —respondió ella—. Yo también.

No dijeron más. No hacía falta.

Por la noche, cuando todos durmieron, él se levantó, entró en su cuarto. Ella estaba despierta, esperándolo. Se acostó a su lado, sin hablar. Y sin hablar, volvieron a juntarse. Esta vez, fue más lento. Él le comió la concha durante largo rato, hasta que ella volvió a temblar. Después, la cogió otra vez, despacio, casi sin moverse, solo con pequeños vaivenes, como si el tiempo no existiera.

Cuando terminaron, amanecía.

Al día siguiente, se fueron como si nada hubiera pasado. Pero los dos sabían.

Y el aljibe, lleno de agua clara, siguió allí, esperando.

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