El Calor Del Jardín

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

Me llamé Lucas cuando nací, pero en casa de Jimena siempre fui “el forastero”, porque llegué como quien llega a un lugar que no sabés si va a quedarse o se va a ir en cuanto el viento cambie. Ella me lo dijo con esa sonrisa suya de medio lado, mientras me servía un mate cocido y me miraba por encima de la taza humeante. “Vos no sos de acá, ¿no?”, me dijo, y yo le dije que no, que venía de Santa Fe, pero que me gustaba cómo se sentía el aire ahí, en ese jardín suyo, entre las plantas de lavanda y el olor a tierra mojada. No le dije que desde ese primer día, con sus pantalones cortos de algodón y los pies descalzos, me había jurado que me iba a quedar, aunque fuera solo para ver cómo se le llenaban los ojos cuando la hacía reír.

Jimena tenía treinta y tantos, pero parecía más joven, como si el tiempo la hubiera respetado por algo que no sabía aún. La piel morena, los cabellos negros recogidos en un nudo suelto, y esas caderas anchas que movía con naturalidad, sin pretensiones, como si no supiera lo que tenían. Yo, en cambio, me sentía todo el tiempo como un adolescente con un pene mal entrenado: nervioso, rígido, sudando por las palmas aunque estuviera a la sombra.

Ese viernes, la lluvia se presentó como un regalo inesperado. No fue una tormenta fuerte, sino una llovizna tenue que humedeció el jardín y puso un brillo en las hojas, como si la naturaleza se hubiera despertado con ganas de jugar. Yo estaba en el balcón, tomando un café y leyendo algo que no me entraba en la cabeza, cuando la escuché reír atrás. Me giré.

—¿Viste? —dijo Jimena, parada en la puerta del fondo, con una camiseta blanca empapada en la espalda y pegada a la curva de sus riñones. El pelo, ahora suelto, le caía hasta la cintura, mojado, pesado, y se le pegaba al cuello. —Vino a bañarnos. Vamos a salir.

—¿Ahora? —pregunté, con la voz un poco ronca.

—Ahora. Vení, no seas pijo.

Y salimos. La lluvia era fría, pero el jardín, con su tierra oscura y sus hojas relucientes, olía a vida recién lavada. Ella caminaba despacio, sin apuro, con los brazos abiertos como si quisiera abrazar el cielo. Yo la seguía, sin atreverme a tocarla, aunque me costaba no hacerlo. Me moría por ponerle la mano en la nuca, sentir el calor de su piel bajo el agua, pero sabía que si lo hacía demasiado pronto, ella se iría como había venido: sin ruido, sin drama, como el viento que cambia de dirección.

Nos sentamos en el banco de madera, el que estaba bajo la higuera. El agua le corrió por el brazo, por el cuello, por la curva de la espalda baja, y yo no pude más. Le pasé una mano por la nuca, lenta, casi tímida, y ella no se movió. Solo me miró, con los ojos entrecerrados, la respiración un poco más profunda. Entonces, le sonreí, le dije:

—Vos tenés el cuerpo más lindo que he visto en mucho tiempo.

—Ah, ¿sí? —dijo, con esa vocecita que usaba cuando estaba por coger, cuando ya no le importaba mostrarse vulnerable.

—Sí. Es como si cada parte de vos estuviera hecha para que alguien la tocara. Para que la sintiera.

Y entonces la besé. No con brusquedad, sino con la paciencia de quien sabe que el tiempo es un lujo. Le deslicé la lengua entre los labios, lento, saboreando su boca, esa boca que me había dado tantas sonrisas y tantos silencios. Ella respondió con un suspiro, con una mano que me agarró de la nuca y me acercó más, como si temiera que me fuera. Nos quedamos así un rato, en medio de la lluvia, con el frío en la piel y el calor en la boca.

Luego, ella se separó un poco, me miró de arriba abajo y me dijo:

—Andá a cambiarte. Vos ya estás mojado hasta los huesos.

—Y vos —le dije—, ¿vás a cambiarte?

—No. Quiero que siga lloviendo sobre mí.

Y cuando volví, con una camiseta seca y los pantalones de algodón, ella ya no estaba en el banco. La encontré en el baño de servicio, con la camiseta empapada pegada al cuerpo, el pelo mojado, los pechos altos, los pezones duros como guisantes. Me miró, me extendió la mano y me dijo:

—Vení.

La alcancé. Le desabroché la camisa, lento, con los dedos temblorosos, y cuando la tuve sola, con el sostén bajado y los pechos libres, me arrodillé. Le lamí un pezón, después el otro, con la lengua, con la boca, con los dientes apenas, como si me estuviera probando su sabor. Ella soltó un grito ahogado, se agarró de mis hombros y me dijo:

—Sí, así… me gusta que me toques como si me estuvieras descubriendo.

Le bajé la falda, la tiré al suelo, y la vi allí, con las piernas separadas, el vello oscuro y húmedo, la concha cerrada pero ya hinchada. Le separé los labios con los dedos, la vi relucir, sentí el calor que emanaba de ella, el olor a mujer, a deseo. Le pasé la lengua por encima, lento, y ella se estremeció. Le chupé el clítoris, lo hice crecer entre mis dedos, lo lamí hasta que jadeó y me pidió más.

—Dame tu dedo —me dijo—. Quiero sentirte adentro.

Le abrí la concha, le metí un dedo, lento, hasta la falange. Se le tensó el cuerpo, se le cerró la respiración. Le agregué otro, y con los dos, comencé a moverlos, estirando su entrada, abriéndola, hasta que me pidió:

—Ahora, Lucas. Quiero tu pene.

Me levanté, me desabroché el pantalón, saqué la verga dura, hinchada, la punta brillante por el preseminal. Le besé el cuello, la nuca, le mordí suave la oreja y le dije:

—Voy a meterla toda, Jimena. Quiero sentir que me agarrás con las piernas.

Le puse la mano en la cadera, la empujé contra la pared del baño, y con la punta de la verga, busqué su entrada. Le rozó el clítoris, se le escapó un gemido, y entonces la empujé. Adentro. Hasta la raíz. Se le llenaron los ojos de lágrimas, no de dolor, sino de placer puro. Me agarró de los hombros, me clavó las uñas, y me dijo:

—Sí… sí, así… más fuerte.

Y empecé a moverme. Golpeé su coño con cada embestida, la verga le entraba y salía con un sonido húmedo, un chupeteo que me hacía temblar. Ella gemía, se estremecía, y cuando sentí que se le cerraba la entrada, que su cuerpo se le ponía rígido, supe que estaba a punto. Le dije:

—Voy a darte todo lo que tenés ganas de recibir.

Y la cogí con furia, con ganas, con todo lo que no había podido decirle en palabras. La verga le golpeó el fondo, se sentía húmeda, caliente, viva. Y entonces, con un grito que casi me quebró la voz, Jimena se vino. Se le tensó el cuerpo, se le cerraron los ojos, y un chorro de agua le salió de la concha, empapándome la mano que tenía apoyada en su vientre.

Me quedé dentro de ella un rato, respirándole el cuello, sintiendo cómo su corazón se calmaba. Luego, me retiré suavemente, la verga salió con un sonido húmedo y ella soltó un suspiro de satisfacción.

—Ahora… —me dijo—, querés que te la meta a vos.

Y me volví a sentar en el suelo, la miré mientras se despojaba de lo poco que le quedaba puesto, mientras se ponía encima de mí, con la verga ya blanda pero lista para volver a crecer. Me la metió en la boca, la lamí con cuidado, la chupé hasta que se endureció de nuevo, y luego, con un movimiento lento, se sentó sobre mí, la verga entrando en su concha una vez más.

Y así estuvimos, en el baño de su casa, en medio de la lluvia que seguía cayendo suave sobre el jardín, hasta que me vine adentro de ella, con una fuerza que me sacudió los huesos, hasta que ella se vino otra vez, y esta vez, nos quedamos abrazados, sudados, agotados, felices.

No sabía si aquello era el principio o el final. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, no me importaba ser el forastero. Porque en ese cuerpo, en esa casa

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