El calor del estacionamiento

El calor del estacionamiento

@el_anonimo ·14 de junio de 2026 · 🔥 4.3 (29) · 393 lecturas · 4 min de lectura

El sol de mediados de junio pegaba fuerte sobre el concreto del estacionamiento del Bar La Esquina, donde los camiones de reparto estacionaban como toros cansados y los carros viejos de los clientes de siempre dejaban un rastro de polvo y aceite. A las siete y media de la noche, cuando la luz ya empezaba a desvanecerse en naranjas suaves, Jesús salió del local con una cerveza en la mano y el sudor pegado en el cuello. Llevaba la camiseta mojada, los jeans ajustados y el pelo corto humedecido por el calor. Se apoyó contra su camioneta, encendió un cigarro y esperó.

Había visto a Miguel todo el día: repartiendo mesas, sirviendo palomitas, bromeando con los clientes, pero siempre con esa mirada que le quedaba clavada a Jesús cuando creía que nadie más la notaba. No era nuevo. Llevaban tres semanas de miradas largas, de toques fugaces al pasar un vaso o recoger una servilleta, de frases en voz baja que se iban alargando hasta que alguien más se acercaba y los cortaba. Pero esa noche, cuando Miguel salió del baño tras lavarse las manos con jabón de romero, se detuvo frente a Jesús. No dijo nada. Solo lo miró, con los ojos oscuros y la respiración un poco acelerada.

—¿Te vas o sigues ahí? —preguntó Jesús, exhalando el humo.

Miguel se acercó un paso. Cerca. Tan cerca que Jesús sintió el olor a jabón, sudor y tabaco que llevaba encima. Sus nalgas estaban apretadas contra los jeans, y Jesús notó cómo se le puso duro solo con verlo así, tan cerca, tan real.

—Te he estado esperando —dijo Miguel, voz baja, con ese acento de Puebla que le ponía más calor a las palabras.

No esperó más. Agarró la camiseta de Jesús, la jaló hacia abajo y metió la mano dentro, palmeando el pecho peludo, apretando los pezones con los pulgares. Jesús soltó un gruñido, dejó la cerveza en el capó y le agarró la cabeza, empujándola contra su pecho. Sentía el latido fuerte de su corazón, el calor de la piel de Miguel contra la suya. Miguel le mordió un pezón, no con fuerza, pero con intención, y Jesús gimió, bajando una mano hacia la verga de Miguel, ya dura y caliente dentro del pantalón.

—Vámonos —murmuró Jesús, sin soltarlo.

Miguel asintió, le dio un beso en la boca, rápido y húmedo, y tomó su mano. Caminaron hasta la camioneta, donde Jesús lo empujó contra la puerta, abrió la entrepierna y sacó su verga, ya pegajosa y pegada al pantalón. Miguel se arrodilló en el concreto, sin decir nada, y se la metió toda en la boca. Jesús sintió el calor, la suavidad, la presión. Lo chupaba con crudeza, sin teatros, sin miramientos: con ganas. Jesús le agarró el pelo, lo jaló un poco, y le dijo en voz baja:

—Chupámela bien, wey… que ya me está costando.

Miguel no respondió. Solo lo miró por arriba, con la lengua enrollada en la cabeza, y siguió. Con una mano le apretaba las nalgas, con la otra se frotaba su propia verga, ya chorreando preseminal. Jesús sintió que se le iba a salir, así que lo jaló hacia arriba, lo volteó hacia la camioneta y le abrió el cinturón.

—Dame tu culo —le dijo, sacando su verga ya dura y tensa, con los cojones apretados.

Miguel se inclinó, puso las manos en el capó, y separó un poco las nalgas. Jesús le pasó un dedo por el ano, lo lubricó con la saliva que Miguel le había dejado, y lo empujó dentro. Miguel soltó un gemido ahogado, pero no se quejó. Jesús metió un segundo dedo, lo abrió, lo estiró, sintiendo cómo el cuerpo de Miguel se relajaba poco a poco.

—Ahora sí, wey —susurró.

Jesús empujó su verga, lento, hasta la base. Miguel gritó, pero lo cortó con la mano sobre la boca, como si temiera que alguien lo escuchara. Jesús empezó a moverse, con golpes fuertes, secos, metiéndolo todo, golpeando contra su prostate. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con el ruido de la ciudad, pero en ese momento no existía nada más. Solo el calor, el sudor, el olor a sexo y la verga de Jesús hundiéndose en el culo de Miguel, que gemía entre dientes, balanceándose al ritmo de los empujones.

—Me la vas a chingar… —dijo Jesús, pegando un beso en el cuello de Miguel, mordiéndole la oreja—. Me la vas a chingar bien fuerte.

Miguel gimió, y cuando Jesús le tocó la verga con la mano, lo hizo con fuerza, apretando con el puño y tirando hacia arriba, Miguel se corrió en su mano, chorreando entre sus dedos, mientras Jesús lo seguía haciendo, metiéndose hondo, con un gruñido gutural, y soltando todo dentro de su culo, caliente y espeso.

Se quedaron ahí, así, pegados, sudados, con el sol ya oculto y las primeras luces de la ciudad encendiéndose en la lejanía. Jesús le dio un beso en la nuca, y Miguel se volteó, sonriendo con la boca seca y los ojos brillantes.

—¿Otra vez mañana? —preguntó.

Jesús solo rió, le metió la verga ya blanda de vuelta al pantalón y le dio un puñetazo suave en el hombro.

—Chévere, we

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