El calor del amarillo

@adriana_v ·5 de marzo de 2026 · ★ 4.2 (25) · 710 lecturas

La luz del atardecer entraba por el balcón abierto como un licor espeso, derramándose sobre el piso de madera. En ese resplandor amarillo, ella se desvestía con lentitud, como si el tiempo se hubiera vuelto masticable. No era una mujer joven, pero tampoco vieja. Tenía la piel de quien ha sudado bajo el sol de la ciudad, la cintura un poco más ancha que antes, pero las nalgas aún firmes, como dos mitades de mango maduro que no han caído del árbol. Se quitó el vestido por la cabeza, sin prisa, y lo dejó caer al suelo como si deshojara una flor.

Él, sentado en el borde de la cama con los ojos encendidos, la miraba sin parpadear. No dijo nada. Solo el crujido de la madera bajo sus pies desnudos rompía el silencio. Ella se acercó, desabrochó su camisa con dedos lentos, uno por uno, como si estuviera resolviendo un acertijo antiguo. Él cerró los ojos cuando ella le besó el pecho, justo donde el vello se espesaba.

—¿Y si nos cogen viéndonos? —dijo él, con la voz ronca, más por juego que por miedo.

—Pues que nos vean —respondió ella, bajándole el pantalón—. A lo mejor aprenden.

Él rió, pero el aire le tembló en el pecho cuando ella, sin aviso, le tomó la verga con la mano. No era la primera vez que estaban juntos, pero cada vez era como si volvieran a descubrirse. Ella lo acarició con calma, sin apresurar el ritmo, como si estuviera midiendo su grosor con los dedos, con la palma, con la respiración. Él arqueó la espalda, los ojos entrecerrados, y ella supo que ya estaba listo.

Se subió encima, despacio, dejando que la luz del sol le acariciara la espalda antes de sentarse sobre él. El primer roce fue un suspiro compartido. Luego, el desliz lento, profundo, como si se estuvieran tragando con cuidado. Ella se detuvo a mitad del camino, los muslos tensos, y él abrió los ojos, buscando los de ella.

—¿Y ahora qué? —preguntó él, con una sonrisa pícara.

—Ahora, nada —dijo ella, inmóvil—. Ahora te siento.

Él le acarició las nalgas, las apretó un poco, como si quisiera marcarla, y ella respondió con un movimiento apenas perceptible, una fricción mínima que lo hizo jadear. El aire olía a sudor ligero, a piel caliente, a perfume barato que se había mezclado con el aroma de su sexo.

Empezó a moverse con una cadencia que no necesitaba prisa. Cada bajada era un descenso al fondo de algo antiguo, cada subida, una pausa para respirar. Él le tomó los pechos con ambas manos, los masajeó con suavidad, y ella echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un gemido bajo, casi animal.

—No pares —dijo él, aunque ella no tenía intención de hacerlo.

El ritmo se fue acelerando sin que ninguno de los dos lo decidiera. Fue el cuerpo el que tomó el control, como si el deseo tuviera su propio calendario. Ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en sus hombros, y empezó a chingar con más fuerza, con más ganas, como si estuviera cavando algo dentro de él. Él le mordió un pezón, suave al principio, luego con más hambre, y ella respondió con un grito ahogado, con un empujón más profundo.

La habitación se llenó de ruido: jadeos, crujidos de la cama, el golpe sordo de sus cuerpos chocando. Fuera, la ciudad seguía su ritmo, ajena al fuego que ardía en ese cuarto.

—Casi —dijo ella, con la voz quebrada.

Él asintió, sin poder hablar. Le tomó las caderas con más fuerza, ayudándola a subir y bajar, y cuando ella se tensó entera, con un espasmo que le recorrió la espalda, él también llegó, con un gemido largo, profundo, como si se estuviera vaciando de algo viejo.

Se quedaron quietos, pegados, sudorosos, respirando juntos. Ella se dejó caer sobre su pecho, y él la abrazó sin decir nada. El sol ya no estaba tan fuerte. La luz era más suave, más tibia.

—Mañana otra vez —dijo él, sin preguntar.

—Mañana otra vez —respondió ella, sin prometerlo. Pero ambos sabían que sí.

¿Te ha gustado? Valóralo

4.2 · 25 votos
Reportar
Compartir

También en Poesía erótica