El calor de la madrugada en Tepoztlán

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La noche se le había hecho larga a Alma. El aire de Tepoztlán colgaba espeso, pegajoso, como si la luna misma sudara sobre las colinas. Las luces del pueblo parpadeaban desde abajo, tiritando entre los árboles, mientras ella se recargaba en el alféizar de su ventana abierta, con el camisón de algodón pegado a la espalda. No podía dormir. El silencio era tan profundo que escuchaba el crujido de sus propios huesos, el latido lento de su sangre. Había llegado al pueblo esa tarde, huyendo de la ciudad, del trabajo, del novio que nunca la tocaba con ganas, solo con obligación. Aquí, en casa de su tía, todo olía a tierra mojada y a nopales quemados. Y a libertad.

Fue entonces cuando lo vio. Un hombre, sentado en la banca del jardín, con una botella de cerveza entre las piernas. No lo había notado antes, aunque sabía que su tía tenía un huésped. Él levantó la mirada y la encontró observándolo. No se asustó. Solo sonrió, lento, como si ya supiera que ella iba a estar ahí. Llevaba una camisa abierta hasta la mitad del pecho, y los pantalones de mezclilla bajos en las caderas. Tenía el cuerpo de quien ha trabajado bajo el sol: bronceado, fibroso, con los músculos marcados sin exagerar. Se llamaba Darío, aunque ella no lo supo hasta más tarde.

—¿También te cuesta dormir con este calor? —le dijo, sin alzar mucho la voz.

Ella no respondió al principio. Solo se quedó ahí, con los dedos en el marco de la ventana, sintiendo cómo el aire le movía el cabello. Luego, asintió.

—Sí. Como si el cuerpo no supiera qué hacer con tanta humedad.

Él se echó a reír, suave.

—A veces, lo mejor es no hacer nada. Solo dejarse llevar.

Alma bajó. No supo por qué. Tal vez fue la manera en que él la miró, sin presión, sin lujuria barata. Como si la estuviera viendo de verdad. Se sentó a su lado, a una distancia justa, donde el calor de sus piernas casi se rozaba.

—¿Y tú? ¿También huyes de algo?

—No huyo —dijo él—. Vine a buscar. Y creo que ya encontré.

Ella bajó la vista, sintiendo el rubor subirle por el cuello. No estaba acostumbrada a que la desearan así, sin disimulo. Él no intentó tocarla. Solo estiró una mano y tomó otra cerveza del hielero que tenía a un lado. Se la ofreció. Ella la tomó. El vidrio estaba frío, como una promesa.

Bebieron en silencio. Hablaron de cosas sin importancia: del pueblo, de las estrellas que se veían claras allí arriba, de la música que sonaba desde un bar lejano. Pero el aire entre ellos se iba espesando, no solo por el clima, sino por lo que no decían. Alma sentía que su piel le picaba, como si algo dentro de ella quisiera salir. Él, tranquilo, se quitó la camisa y la dejó en el regazo. Su torso brillaba bajo la luz de la luna. Tenía un tatuaje pequeño en el lado izquierdo del pecho, como una flor marchita. Ella no preguntó qué era.

—¿Quieres caminar un rato? —dijo él, al rato.

Ella asintió.

Caminaron por el sendero de tierra que subía hacia la colina. No había luna completa, pero la claridad era suficiente para ver los contornos de los árboles, las rocas, el paso lento de sus pies descalzos sobre el suelo tibio. Alma se había quitado los tenis sin decir nada. Él la imitó. Y así, descalzos, subieron hasta un claro donde el cielo se abría como un agujero negro lleno de estrellas.

—Aquí vengo cuando quiero pensar —dijo Darío.

Ella se sentó en una piedra plana. Él se quedó de pie frente a ella. El viento le movía el cabello. No dijeron nada. Solo se miraron. Hasta que él se acercó, despacio, y le puso una mano en la rodilla. Ella no se movió. Solo cerró los ojos.

La primera caricia fue en la nuca. Lenta. Como si estuviera descubriendo un mapa. Luego, los dedos bajaron por la columna, rozando el borde del camisón. Ella tembló. Él sonrió.

—¿Nunca te han tocado así?

Ella negó con la cabeza, sin abrir los ojos.

—No así —dijo.

Él se arrodilló frente a ella. Le besó el muslo, justo donde el camisón se le subía. Luego, con cuidado, le levantó la tela. Sus nalgas quedaron al aire, redondas, firmes. Él las acarició con las palmas, luego con los labios. Ella gimió. Bajo. Como un animal pequeño.

—Déjame verte —dijo él.

Ella se paró. Se quitó el camisón con manos temblorosas. Quedó desnuda bajo las estrellas. Su cuerpo era blanco, de ciudad, con las caderas anchas y los pechos pequeños, erguidos. Él la miró como si fuera la primera vez que veía algo así. Se puso de pie y se acercó. La tomó de la cintura. La besó en la boca. Lento. Profundo. Con lengua. Ella respondió, al principio torpe, luego con ganas.

Él le mordió un pezón. Ella gritó, bajito. Él se rio.

—¿Duele?

—No. Es que… no estoy acostumbrada.

Él le pasó la lengua por el cuello, luego por el ombligo. Bajó. Le separó las piernas. Le besó el monte de Venus, luego el interior de los muslos. Ella sentía que se iba a desmayar. Hasta que él le metió la lengua. Profundo. Como si la estuviera chingando con la boca. Ella se agarró de sus hombros, clavándole las uñas. Él no se quejó. Solo siguió. Lento. Fuerte. Hasta que ella se corrió, gritando el nombre de nadie, como si se hubiera olvidado del suyo.

Cuando abrió los ojos, él estaba parado, con la verga fuera. Grande. Dura. Con una gota de líquido en la punta. Ella no había visto una así. Se le secó la garganta.

—¿Quieres chingar? —le dijo él, sin vergüenza.

Ella asintió. No con la cabeza. Con el cuerpo. Se acercó. Le tomó el miembro con la mano. Pesaba. Caliente. Él gimió.

—Con cuidado —dijo—. La primera vez duele.

Ella se subió encima. Él la ayudó. Le puso las manos en las nalgas y la bajó despacio. Ella gritó cuando la penetró. Fue como si algo se rompiera. Pero no se detuvo. Él la miraba a los ojos. Le acarició el pelo.

—Sigue —le dijo—. Tú mandas.

Y ella siguió. Sube y baja. Lento al principio. Luego más rápido. La verga de él entraba y salía con un sonido húmedo, obsceno, hermoso. Ella sentía que todo su cuerpo se encendía. Las estrellas giraban. El aire olía a sexo y a tierra. Hasta que él se corrió. Gritó su nombre. Ella no supo cuándo. Solo sintió el calor dentro, el derrame, el final.

Se quedaron abrazados en la piedra. Ella con la cabeza en su pecho. Él con una mano en su espalda.

—¿Y ahora? —preguntó ella.

—Ahora nada —dijo él—. Solo esto.

Y así, desnudos, miraron las estrellas hasta que el cielo empezó a clarear.

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