El calor de la lluvia
La primera vez que lo vi, estaba empapado. Literalmente. La lluvia caía como si el cielo se hubiera partido en dos, y él, con su camisa pegada al pecho, se paró bajo el toldo de la tienda de Doña Licha, justo enfrente de mi ventana. No me vio. O tal vez sí, pero no lo demostró. Solo se sacudió el agua del pelo con esa mano fuerte, de dedos largos, y se echó el maletín al hombro como si cargara el mundo. Pero fue su mirada, fija en el charco que se formaba frente a sus zapatos, lo que me detuvo el aliento. Había algo en ella… una especie de tristeza lenta, como si ya hubiera vivido demasiado en poco tiempo.
Yo, desde mi sillón junto al ventanal, con mi taza de café tibio y mis ganas de no hacer nada, sentí que el pulso me latía en lugares que hacía años no recordaba. Me llamó la atención no su cuerpo —aunque sí, era un hombre bien plantado, alto, con hombros anchos y piernas largas que se adivinaban bajo el pantalón mojado—, sino la manera en que se quedó quieto, como si la lluvia lo hubiera congelado. No buscaba refugio. Solo… esperaba.
Pasaron días. Lo vi otra vez. Y otra. Siempre a la misma hora. Caminaba de regreso del trabajo, con el paso cansado, pero digno. Yo, sin proponérmelo, comencé a acomodar mi horario para coincidir con su paso. Me ponía una bata ligera, me peinaba el pelo húmedo, me ponía un poco de perfume en el cuello, como si fuera a salir, aunque no fuera a moverme de mi sala.
Hasta que una tarde, se detuvo. No bajo el toldo. Sino frente a mi puerta. Y tocó.
—Buenas tardes —dijo, con una voz más grave de lo que imaginé—. Perdón la molestia, pero… vi que me observa desde hace días.
Me quedé muda. No por la sorpresa, sino por la vergüenza. Me sentí descubierta, como si me hubieran encontrado con las manos en la masa. Pero en vez de cerrarle la puerta, le sonreí.
—Y tú a mí también —le dije—. Aunque desde afuera.
Sonrió. Fue una sonrisa tímida, apenas un levantar de comisura, pero me encendió el vientre como si alguien hubiera prendido un fósforo dentro de mí.
—¿Te ofrezco un café? —le pregunté.
Asintió. Entró con cuidado, como si temiera dejar huellas. Cerré la puerta. El olor de su ropa mojada se mezcló con el aroma del café recién colado. Me miró mientras servía, sin decir nada. Pero sus ojos… sus ojos me desnudaron antes de que yo me quitara algo.
—Me llamo Daniel —dijo al fin.
—Lucía —respondí—. Y sí, te he estado viendo. No por maldad. Es que… hay algo en ti que no se ve todos los días.
—¿Y qué es?
—Como si llevaras un invierno entero dentro —dije, y me arrepentí al instante. Sonaba cursi. Pero él no se burló.
—Tal vez —dijo bajito—. Tal vez sí.
Nos quedamos callados. El silencio no era incómodo. Era denso. Cargado. Como si entre nosotros hubiera empezado a crecer algo que ni siquiera sabíamos nombrar.
—¿Quieres que te preste ropa seca? —le pregunté—. No puedes irte así.
Asintió. Fui a mi recámara, saqué una camisa y unos pantalones de cuando mi ex todavía vivía aquí. No los había guardado por nostalgia, sino por pereza. Pero en ese momento, me dio igual. Le pasé la ropa, y él se cambió en el baño.
Cuando salió, la camisa le quedaba ajustada en los hombros. Los pantalones, un poco cortos, pero le sentaban bien. Se veía… en paz.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.
—Claro.
—¿Por qué me mirabas?
Lo miré fijo. No era una pregunta de curiosidad. Era una de hambre. De necesidad.
—Porque sentí que me veías también —dije—. Aunque no me miraras a los ojos. Sentí que me conocías.
No respondió. Solo dio un paso hacia mí. Luego otro. Hasta que estuvo tan cerca que sentí su respiración en mi cuello. Cerré los ojos. Y entonces, su mano. Tímida, temblorosa, acarició mi mejilla. Fue un toque suave, como si tuviera miedo de romperme.
—¿Te puedo besar? —preguntó.
Asentí. Y cuando sus labios tocaron los míos, fue como si la lluvia hubiera regresado, pero esta vez dentro de la casa. Lenta, constante, empapándolo todo.
El beso no fue apresurado. Fue profundo. Con lengua, sí, pero también con miedo, con anhelo. Sus manos bajaron por mi espalda, se detuvieron en mis nalgas, las apretaron con suavidad. Yo gemí. No pude evitarlo. Hacía tanto que no me tocaban así… con intención, con deseo verdadero.
—Quiero verte —me dijo al oído—. Quiero verte desnuda.
Lo tomé de la mano. Lo llevé a mi recámara. Cerré la puerta. No con fuerza, sino con cuidado, como si estuviéramos a punto de hacer algo sagrado.
Me desabrochó la bata lentamente. Cada botón, un latido. Cuando la tela cayó al piso, me quedé en ropa interior. Él se arrodilló frente a mí. Me miró desde abajo, con una devoción que me hizo llorar.
—Eres hermosa —dijo—. Como si hubieras esperado por mí.
No respondí. Solo pasé mis dedos por su pelo mojado aún, y lo atraje hacia mí. Su boca encontró mi vientre, luego mis caderas, luego el borde de mis bragas. Las bajó con los dientes. Lento. Con paciencia. Y cuando su lengua tocó mi sexo, grité. No pude contenerlo.
Era como si mil agujas calientes me recorrieran el cuerpo. Su lengua era precisa, insistente, como si supiera exactamente dónde tocarme. Chupó mi clítoris con suavidad al principio, luego con más fuerza, con hambre. Mis piernas temblaban. Me sostuve de sus hombros, y él me sostuvo a mí, con las manos en mis nalgas, como si temiera que me fuera a caer.
—Daniel… —gemí—. Daniel, no pares…
Y no paró. Siguió hasta que sentí que el mundo se rompía. Hasta que el orgasmo me sacudió como un rayo. Grité su nombre. Él sonrió contra mi piel, y me abrazó mientras temblaba.
—Aún no termino —dijo.
Me acostó en la cama. Se quitó la ropa que le presté. Y cuando vi su cuerpo desnudo, me quedé sin aire. Era fuerte, con un torso trabajado, pero sin exagerar. Su verga… larga, gruesa, dura como una piedra. Me miró, como pidiendo permiso.
—¿Puedo? —preguntó.
Asentí. Pero no fue de una. Se acostó a mi lado, y me besó otra vez. Lento. Profundo. Mientras nuestras lenguas bailaban, su mano bajó a mi sexo otra vez, me acarició con dos dedos, me abrió, me preparó.
—Quiero entrar lento —dijo—. Quiero sentirte toda.
Asentí, con los ojos cerrados, con el corazón en la garganta.
Cuando entró, fue como si el mundo se detuviera. Era grande, sí, pero entró con cuidado, con ritmo. Un centímetro, una pausa. Otro, otro beso. Hasta que estuvo dentro, completo.
—Dios… —gemí—. Estás… llenándome todo.
Él cerró los ojos, como si le doliera de gusto.
—Te siento… tan caliente —dijo—. Tan apretada…
Empezó a moverse. Lento. Con caderas firmes, pero controladas. Cada embestida era un suspiro, un gemido, un latido. Yo le rodeé la cintura con mis piernas, lo atraje más, quise que entrara más hondo. Y él entendió.
—¿Así? —preguntó.
—Sí… así… más —le pedí.
Y entonces, aumentó el ritmo. Las sábanas crujieron. El colchón se movió. Nuestros cuerpos sudaban, se pegaban, se buscaban. Yo gritaba su nombre. Él me llamaba Lucía, como si rezara.
—Te quiero ver los ojos —dijo.
Los abrí. Y cuando nuestros ojos se encontraron, fue como si todo lo demás desapareciera. No había lluvia, no había soledad, no había pasado. Solo estábamos nosotros, follando con el alma.
—Voy a correrme —dije, entre jadeos.
—Hazlo —me pidió—. Hazlo conmigo.
Y cuando el segundo orgasmo me golpeó, fue distinto. Más fuerte. Más hondo. Como si saliera de lugares que ni yo conocía. Grité, me arqueé, lo apreté con mis piernas. Y él, al sentirme, se corrió dentro de mí. Con fuerza. Con un gemido ronco que salió de lo más hondo de su pecho.
Se quedó dentro un rato. Sin moverse. Solo respirando. Yo pasé mis dedos por su espalda, sentí el sudor, los músculos, la vida.
—No me digas que fue solo sexo —le pedí, con la voz temblorosa.
Él levantó la cara. Me miró con esos ojos tristes, pero ahora iluminados.
—No fue solo sexo —dijo—. Fue el principio.
Nos quedamos abrazados hasta que el sol se puso. Hasta que la lluvia regresó, esta vez como una canción suave sobre el techo. Y cuando me dormí, fue con su mano en mi cintura, su aliento en mi cuello, y el corazón lleno.
Al día siguiente, no se fue. Quedó. Y al otro, y al otro. No hablamos de amor enseguida. Pero lo vivimos. En cada beso, en cada caricia, en cada vez que me cogía con cuidado, como si temiera perderme.
Porque eso era. No solo deseo. No solo lujuria. Era un hombre que encontró a una mujer que lo miraba desde la ventana, y entendió que no era curiosidad. Era reconocimiento.
Y cuando la lluvia volvió a caer, ya no era tristeza. Era música. Era el eco de nuestras noches, de nuestros cuerpos, de nuestras almas que, por fin, dejaron de correr.
Cogimos otra vez esa tarde. En el sillón. Con las piernas entrelazadas, con el calor del cuerpo ajeno. Y cuando terminamos, me dijo:
—Nunca más voy a caminar bajo la lluvia sin pensar en ti.
Y yo, con las lágrimas en los ojos, le respondí:
—Entonces, que nunca deje de llover.
¿Te ha gustado? Valóralo