El Cafecito con Caramelo y Voz de Trueno
4 minEl Cafecito con Caramelo y Voz de Trueno
Me llamo Valentina, pero vos me conocés como la chiquita del bar La Esquina —esa en la que hasta el mesero se llama a sí mismo “el guardián del espresso”. Yo sirvo facturas, remuevo el azúcar en el matecito con la cucharita que me regaló mi abuela, y por las noches —cuando el bar se vacía y la luz de neón del mostrador parpadea como un latido cansado—, me pongo ese vestido de seda color miel que solo uso cuando sé que alguien va a venir a buscarme.
Hoy vino él. Se llamaba Lucas. Alto, de hombros anchos, manos que parecían hechas para sostener cosas pesadas —o para desabrochar botones con lentitud. Tenía una sonrisa que no le llegaba de golpe, sino que se desplegaba a medida que hablaba, como si cada palabra fuera un paso más hacia adentro.
—¿Un cafecito con caramelo, Valentina? —preguntó, apoyando los codos en el mostrador, la camiseta blanca ajustada en los bíceps.
—Sí —le dije, y me dije: *cuidá la voz*. No la baje tanto, que suena como a disculpa; ni la suba tanto, que suena a aviso. Así que la dejé ahí, en ese punto medio: cálida, grave, con un brillo que ni yo sabía que tenía.
Me acerqué, con el vaso humeante en la palma. En vez de apoyarlo, lo dejé sobre su dedo índice.
—Tomá —dije—. Pero no lo apures. Si se enfría, se vuelve amargo. Y vos no pareces de amargos.
Me miró. No parpadeó.
—¿Y vos sí lo sos?
—Sí —respondí, y me di un toquecito en la punta de la nariz con el pulgar—. Pero hoy me siento dulce.
Me senté frente a él, cruzando las piernas con naturalidad, dejando que el vestido se levantara un poco más arriba de la rodilla. No era coquetería; era comodidad. Pero él se lo notó.
—¿Venís siempre a este bar? —pregunté, mientras con la uña le trazaba un círculo en el borde del vaso.
—Sí. Pero hoy vine por vos.
Me heló la espalda. No por miedo. Porque hay fríos que se convierten en calor si los dejás fluir.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Porque cuando me serviste el primer café, ayer, tus dedos rozaron los míos y yo sentí un zumbido en los testículos. Y como no soy de mentir…
Me reí. Una risa suelta, que salió de la panza y se subió hasta la garganta.
—Sos un pijo claro —dije—. Pero… me gusta.
Me acerqué más, hasta que pude sentir su aliento en la nuca. Me gustó su olor: café tostado, jabón de coco y algo más, algo que no podía nombrar pero que me recordó al mar en verano.
—¿Te importa si te toco? —me preguntó, la voz baja, casi un susurro, pero no un *shh*, sino un *vamos, valentina, decime sí o no, no me hagás esperar*.
—No —dije—. Pero hacelo bien.
Y ahí, entre el zumbido del refrigerador y el crujido de las tablas del piso, me besó. No fue un beso cualquiera. Fue un beso que me reconoció. Que me tomó por la nuca, que me apartó un cabello de la frente con el pulgar, que me susurró al oído: *“Sos linda. Realmente linda.”*
Y yo, con la mano en su muslo, le dije: —Sí, Lucas. Soy linda. Y vos, si me dejás, te voy a garchar hasta que te olvides cómo se escribe “café sin azúcar”.
Y cuando me levantó en brazos como si no pesara nada, cuando subimos las escaleras del departamento que alquilaba arriba del supermercado, cuando me quitó el vestido con la boca —no con las manos— y yo sentí su pecho contra el mío, con sus pezones duros rozando mis pechos más pequeños, y cuando me giró y me pidió que me sentara en el borde de la cama, y cuando me metió dos dedos en la concha y me escuché gritar su nombre como si fuera un rezo, yo supe que no era un encuentro más.
Era una promesa. Una promesa escrita en sudor, en gemidos, en manos que me acariciaban sin miedo a romperme.
Y cuando finalmente se metió dentro de mí, lento, con la frente pegada a la mía, yo le susurré: —¿Ves? No hay magia. Solo cuerpo y ganas.
Y él me sonrió, sudado, feliz, y me dijo: —Sí, Valentina. Solo eso. Y volvió a meterse, esta vez con fuerza, como si el mundo no existiera afuera.
Y yo lo dejé. Porque en ese momento, no había nada más que sentir.
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.