El café se enfría, pero ella no

El café se enfría, pero ella no

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

En el rincón de la esquina del “Café de la Esquina”, bajo la luz amarillenta de una lámpara de pie que temblaba cada vez que pasaba un bus en la carrera 7, estaba él: Diego, con los codos apoyados en la mesa de madera desgastada, mirando el celular como si fuera una amenaza. Tenía la camisa abierta hasta el tercer botón, el cuello descubierto, el vello suave de la garganta brillando con el calor del mediodía. A su lado, una taza de café humeante, sin tocar.

Y entonces entró ella.

No fue el sonido de la campanita de la puerta lo que lo sacó del vacío; fue el olor. Ese perfume que combinaba vainilla, tierra mojada y algo que no sabría nombrar, pero que le recordaba a verano en Medellín, cuando el aire se siente vivo, como si te susurrara en el oído que hoy algo iba a pasar.

Valeria se acercó con esa seguridad de quien sabe exactamente cuánto puede dar y cuánto puede retener. Se quitó la gorra de visera, de lado, y dejó que el pelo rizado, castaño oscuro con destellos de cobre al sol, le cayera sobre los hombros. Se sentó frente a él, sin pedir permiso, sin esperar respuesta. Solo puso las manos sobre la mesa, con los dedos un poco separados, como si ya estuviera midiendo la distancia que le faltaba para tocarlo.

—¿Tanto te cuesta mirarme, Diego? —dijo, con esa voz que había aprendido a bajar de tono cuando quería que alguien se acercara.

Él alzó la vista. No pudo evitarlo. Sus ojos, verdes, con esas manchas doradas cerca de las pupilas, lo atraparon como un trueno en pleno cielo despejado.

—No es que me cueste —respondió, y por primera vez, una sonrisa le rozó los labios—. Es que no quiero arruinarte el café con mi mirada.

Ella se rió, suave, sin forzar. Tomó su taza, la olió, y luego la dejó sobre la mesa, rozando con el borde el borde de la suya.

—¿Y si te digo que he soñado con esto desde la semana pasada? —susurró, inclinándose un poco hacia adelante, como si compartiera un secreto—. No con el café. Con vos. Con cómo se te pone la nuca cuando te concentras. Con cómo te tiembla la mandíbula cuando tratas de aguantar una carcajada. Con cómo… —dejó la frase suspensa, solo lo suficiente para que él sintiera el vacío—. Con cómo hueles hoy.

Diego tragó saliva. Notó que sus dedos, sobre la mesa, estaban acercándose poco a poco. No se tocaron. Pero la distancia se acortó como si el aire entre ambos se estuviera calentando, como si el café humeante fuera una metáfora de algo que aún no habían encendido.

—¿Y si le digo que hoy me levanté con la idea de llamarte… pero me dije: “No. Déjala pensar que no te importa. Déjala esperar un poco más”?

Ella se mordió el labio inferior, un gesto que no era casual, sino un invito disfrazado de duda.

—Y ahora… —dijo, levantando la mano y dejando la palma hacia arriba, sobre la mesa—. ¿Me la devuelves?

Él no respondió con palabras. Solo giró su mano, palma hacia arriba, y la colocó sobre la suya. No apretó. Solo dejó que sus dedos se rozaran, como hojas de árbol que se besan en el viento. Ella no retiró la mano. Tampoco él. Y entre el silencio y el rumor de los clientes en la calle, algo más que electricidad pasó entre ellos: una promesa hecha de espera, de miradas que se decían todo y de manos que aún no se atreven a decir *ahora*.

—El café se enfría —dijo él, por fin.

—Sí —respondió ella, y esta vez, sí, sus dedos se entrelazaron. No con urgencia, sino con intención. Como quien sabe que lo mejor no se apura… pero tampoco se deja marchitar.

—Pero yo —añadió, acercando su boca al oído de él, lo suficiente para que sintiera su aliento, caliente y dulce—. Yo no me enfrío tan fácil.

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