El café se enfría, pero el calor no
7 minEl café se enfría, pero el calor no
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del *Café de la Esquina*, ese lugar tranquilo donde los vecinos del barrio San Ignacio se reunían a leer, a hablar de la vida o, en el caso de algunos, a esconderse un rato de sus propios pensamientos. Valentina había abierto su taza de *tinto* humeante y bajado la mirada al libro que no leía —*Cien años de soledad*, la edición de tapa desgastada que siempre usaba como excusa para sentarse en la esquina de atrás— cuando lo vio entrar.
Mateo.
No lo veía desde el último festival de música andina en el Parque Lleras, hace casi un año. Se había convertido en un rostro que le aparecía en sueños a veces, en el eco de una risa que le recordaba el sabor del *arepa* recién hecha, en el calor de un abrazo que no había querido olvidar. Él llevaba una camisa blanca algo arrugada, los cabellos negros un poco despeinados por la lluvia y una sonrisa tímida, como si hubiera repasado mentalmente cien excusas para no acercarse.
—¿Valentina Ruiz? —preguntó, parado junto a su mesa, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en los suyos.
Ella soltó una risita corta, un poco nerviosa, pero sincera.
—¿Oye, Mateo? ¿Te esperabas que te reconociera después de un año? O sea, ya no uso ese peinado de *cabello en espiral* que me hacía de niña. Ni ese *pito* que me crecía como caña flecha.
Mateo se rió, un poco sorprendido por su lenguaje, pero con esa chispa que siempre le había gustado: una mezcla de picardía y ternura.
—No, la verdad, pensé que no ibas a acordarte. Aunque… —se sentó sin esperar invitación, dejando caer una mochila en el suelo—… me dijeron que estabas aquí todos los miércoles, a esta hora. Como una rutina sagrada.
—Bueno, el café es sagrado, sí —respondió ella, inclinándose hacia adelante, con las manos apoyadas en la mesa—. Y si te acuerdas de los miércoles, entonces ya sabes una cosa: soy de las que no faltan, aunque el mundo se pare.
Él asintió, y por un momento, el silencio fue solo cómplice, como si el tiempo hubiera estado esperando ese instante para volver a correr.
—¿Sigues cocinando esas arepas que parecen hechas con amor y un poco de manía?
—Ahora sí que sí —dijo ella, levantando la taza y dando un trago—. Y ahora le pongo un toque de *queso costeño*, no el de barra, ese que se deshace como si fuera lágrima de novia abandonada.
—Bueno, yo siempre prefiero el que no se deshace —dijo Mateo, y la mirada que le lanzó fue tan clara, tan cargada de intención, que Valentina sintió un leve cosquilleo en la nuca.
—¿Y qué tal si ahora te invito a un postre? —preguntó ella, con voz baja, juguetona—. Algo que no se derrita… algo que se quede quieto, como un suspiro que no quiere escapar.
—¿En serio? —preguntó Mateo, y esta vez fue ella quien notó cómo se le aceleró el pulso.
—Sí. Hay un lugar no muy lejos de aquí. Un apartamento pequeño. Tiene una cocina vieja, pero con una cafetera *española* que no falla. Y una cama que no hace ruido… al menos, esa es la teoría.
Mateo se levantó enseguida, como si no hubiera dudado ni un segundo.
—Entonces, si la teoría es correcta, ¿por qué no vamos a comprobarla?
El ascensor subió lento, con ese zumbido que siempre hace pensar en secretos a punto de explotar. En el piso 4, Valentina sacó las llaves, se giró hacia Mateo y lo miró fijamente.
—Oye, antes de que digas cualquier cosa… ¿estás seguro? Porque si no, nos quedamos aquí abajo, tomamos otro café y hablamos de política, de música, de cómo se curan las heridas del corazón con una buena risa.
—¿Estoy seguro? —Mateo le acarició la mejilla con la yema de los dedos—. Valentina, desde que entré y me dijiste eso del *pito*, supe que esto no iba a ser una simple conversación.
La puerta se cerró tras ellos. La lluvia seguía cayendo fuera, pero en ese apartamento, el aire ya no era el mismo. Había un calor distinto, más denso, más íntimo.
Ella se desprendió del suéter de lana, lo dejó sobre el respaldo del sofá y se sentó en el borde del colchón, con las piernas ligeramente abiertas, las manos apoyadas detrás de ella.
—¿Te acuerdas de cómo me gustaba que me acariciaras la cintura? Como si temieras que me rompiera.
—Sí —dijo Mateo, arrodillándose frente a ella—. Y me acuerdo de que siempre decías que no te gustaba que te besaran en el cuello… hasta que probaste conmigo.
—Porque eras el único que sabía dónde tenía las neuronas más sensibles —susurró ella, inclinándose hacia atrás y dejando que él le desabotonara la camisa con lentitud—. Pero hoy no quiero solo cuello. Hoy quiero que me mames como si no hubiera mañana.
Mateo no necesitó más. Se puso de pie, le quitó la camisa con suavidad y bajó las manos por sus brazos hasta tomarle las muñecas. La llevó suavemente hacia atrás sobre el colchón y se inclinó sobre ella. Primero le besó la frente, luego las cejas, los párpados, la nariz, y por fin, con los labios ligeramente húmedos, rozó el pezón derecho a través del sostén de encaje negro.
Valentina soltó un gemido ahogado, una especie de queja dulce que no era más que puro deseo.
—Ay, dios… ya me estás quemando.
Él sonrió contra su piel y bajó más, deshaciendo la hebilla del sostén con los dedos, dejando que sus pechos salieran como dos flores que habían estado esperando la primavera.
—Tienen el mismo sabor que el año pasado —dijo, y le chupó con fuerza, sin prisa, mientras con la otra mano le acariciaba el culo, apretándole suavemente la nalgas como si evaluara su textura, su peso.
—Mira que eres rico, Mateo… —susurró Valentina, levantando la cadera hacia él—. ¿Y qué pasa si te digo que hoy quiero que me mames el culo también?
Él se detuvo un segundo, la miró, y entonces soltó una risa baja, juguetona.
—¿Oye, Valentina? ¿Tú siempre hablas así o hoy la lluvia te puso más *chimba*?
—Siempre —respondió ella, y tiró de su camisa para despojarlo de ella—. Pero hoy no quiero esperar.
Mateo se quitó el pantalón y los calzoncillos con un movimiento seco, y allí quedó él, erguido frente a ella, con su pito tieso, morenito en la base y rosado en la punta, la piel tersa y brillante por el calor del cuerpo.
—Entonces… —dijo Valentina, sentándose y tomando su miembro con la palma—… empiezo por lo que más quiero.
Lo rodeó con la mano, lo apretó con suavidad, y luego bajó la cabeza, dejando que la punta rozara sus labios antes de abrirlos y tragarlo todo.
Mateo soltó un gruñido, la cabeza hacia atrás, las uñas clavadas en el colchón.
—Dios, Valentina… ya me estás matando.
—No aún —murmuró ella, retirándose poco a poco—. Hoy te mato con calma.
Se recostó de nuevo y abrió las piernas, con las manos en sus rodillas, mostrándole su calor, su humedad, su expectativa.
—Súbete —dijo—. Pero no como el año pasado. Hoy no quiero que te detengas. Hoy quiero sentirte hasta en los huesos.
Mateo se colocó entre sus muslos, rozó su pito con la entrada, y con una sola embestida, se hundió hasta el fondo.
Valentina arqueó la espalda, gritó su nombre como si fuera un himno, y luego se dejó llevar, con las uñas clavadas en su espalda, con las piernas cerradas alrededor de su cintura, con la boca abierta y los ojos cerrados.
El cuerpo de Mateo movía caderas con fuerza, pero sin prisa, como si supiera que cada golpe era una palabra, un suspiro, un juramento silencioso. Ella se dejaba llevar, dejaba que el placer la invadiera, que el calor del otro cuerpo se mezclara con el suyo, que el sudor les mojara el pecho y los brazos.
—¿Tú sabes lo que me haces, Valentina? —le dijo Mateo, inclinándose para besarle el cuello.
—Sí —respondió ella, con la voz rota—. Me haces sentir que no estoy sola. Que el café se puede enfriar, pero que esto… esto no.
Él le acarició la cara con la mano más tierna, la
¿Te ha gustado? Valóralo