El Café de las Seis
El calor del trópico se pegaba al cristal del local como un beso sudoroso. En el rincón, bajo la sombra de un plátano que se balanceaba con la brisa del piso 14, sentada frente a una taza de tinto humeante, estaba Lucía. Camiseta blanca pegada al pecho, pantalón corto ceñido que dejaba ver la curva alta de su culo, y el pelo recogido en un moño desordenado que le dejaba el cuello al descubierto. Marco la miraba desde la barra, con su camiseta negra de manga corta y los puños arremangados, mientras mezclaba la leche con el chocolate en polvo para su café.
—¿Otra vez la misma orden, ‘la de la ventana’? —preguntó, acercándose con una bandeja.
Lucía levantó la vista, esos ojos castaños que parecían ver más allá de lo que uno quería mostrar, y sonrió.
—¿Tú te acuerdas? —dijo, tomó la taza que él le ofrecía y chupó un poco del borde, lento, dejando el sabor del café en los labios—. Tú sí que tienes buena memoria, *marco*.
Él se quedó quieto. Ella lo había dicho con esa voz que el día anterior había gritado su nombre cuando el sol ya se metía tras el Cerro de la Victoria, cuando lo encontró en la cima, sudado y sin aliento tras subir los 20 minutos, con su short de bicicleta y el pelo pegado a la nuca por el calor.
—No es memoria —respondió, bajando la voz—. Es que no he podido olvidar cómo se siente tu piel cuando el viento te agita los hombros.
—Hoy no es viernes —dijo ella, pero no sonaba como pregunta.
—No. Hoy es jueves. Y tú viniste antes.
—Porque no aguanté más —admitió, metiendo los dedos en su bolso y sacando un papelito doblado—. Te escribí esto anoche. Lo puse en tu taza de café en casa.
Marco lo desdobló con cuidado. Una frase escrita a lápiz, con la uña de su índice rayando las letras: *Vine al baño del fondo. Ven cuando termines de servir.*
Él miró el reloj colgado detrás del mostrador: 15:58. Faltaban dos minutos para que el bar se vaciara. Las mesas ya estaban limpias, las sillas puestas en orden. Solo quedaban dos clientes al fondo, discutiendo una apuesta de fútbol.
—Vete —dijo él, acercándose más—. Tú no te muevas. Cuando te llame, vienes.
—¿Y si no me llamas?
—Te llamo.
Lucía se paró, estiró la camiseta con un movimiento lento, y se dirigió hacia el pasillo que daba al baño. Marco la siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de la puerta de madera oscura.
A las 16:02, cerró la puerta del café con el letrero de *cerrado por descanso*. Subió las escaleras de madera al segundo piso, donde quedaban sus oficinas y un baño pequeño, de uso privado. La puerta ya estaba entreabierta.
Dentro, el aire olía a jabón de coco y sudor. Ella estaba de pie frente al espejo, desabrochándose el pantalón corto con lentitud. Se volteó cuando él entró, sin apuro, con los ojos fijos en los suyos.
—¿Viste cómo caminé? —preguntó ella—. Con los pies juntos, la cadera derecha adelante… como si tuviera una correa invisible tirando de mí.
—Sí —dijo Marco, acercándose—. Y yo seguí ese ritmo con la mirada hasta que me di cuenta de que ya no estaba en el café.
Ella se quitó la camiseta, dejando al descubierto el sostén negro de encaje, ajustado, con la copa derecha un poco levantada por el peso. Marco la tocó con la yema de los dedos en el hombro, bajó hasta la clavícula, luego al pecho, sin presionar, solo rozando, mientras ella cerraba los ojos y dejaba salir un suspiro largo.
—Hoy no me puse nada debajo —susurró.
—Ya lo sé —dijo él, y la tomó de la cintura—. Me lo dijiste con el movimiento de tu culo cuando te sentaste.
Ella se acercó, puso su frente contra la de él, respiró su cuello, y le mordió la oreja con suavidad.
—¿Me mamas? —preguntó.
Marco no respondió con palabras. La levantó con una mano bajo el culo, la apoyó contra el espejo, y bajó los pantalones cortos y la ropa interior juntos, hasta las rodillas. Luego se arrodilló, le separó las nalgas con las manos, y metió la lengua entre ellas, lento, buscando su humedad.
Lucía gimió, apretó los puños en la parte trasera de la cabeza de él, y arqueó la espalda, mostrándole todo.
—Sí —dijo—. Sí, así… más fuerte.
Marco la tomó por las caderas y la empujó hacia adelante, mientras su lengua se metía dentro, buscando su punto más sensible, el que solo ella sabía nombrar: *el chicharrón*. Y cuando lo encontró, lo rozó con la punta, luego lo chupó con suavidad, luego más fuerte, hasta que ella empezó a temblar, hasta que sus piernas se le aflojaron, hasta que gritó su nombre como si fuera un viento que no podía contener más.
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