El beso que abrió el portal

El beso que abrió el portal

@emilio_santos ·25 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (29) · 41 lecturas · 4 min de lectura

Vos sabés cómo es cuando el calor de la tarde se mete por la ventana como una langosta loca, y el aire se vuelve espeso, pegajoso, como miel hirviendo. Yo estaba en el escritorio, despeinado, con la camisa desabotonada hasta la cintura, el sudor pegándome la tela a la espalda, cuando escuché el timbre. No esperaba a nadie. No a esa hora. Me paré, los pies descalzos sobre el piso de madera tibio, y fui a abrir.

Era ella. Luna. Alta, morena, con ese pelo rizado que le llegaba a los hombros y los ojos color miel, pero no los de siempre. Estaban brillantes, como si hubiera bebido algo fuerte, o algo más. Llevaba un vestido ceñido, negro, que le marcaba la cintura y el culo como si lo hubiera dibujado a mano. Me miró fijo, sin sonreír, y me dijo: —Vine a cobrar lo que me debés, Emilio.

Me sonreí por dentro. Porque sabía de qué hablaba. No de plata. De esa noche hace dos años, en el bar *La Esquina*, cuando nos cruzamos por accidente y terminamos en el baño de mujeres, apretados contra el fondo del inodoro, besándonos como si el mundo se nos cayera encima. Me pidió que no la llamara más. Le prometí que no. Pero ella volvía. Siempre volvía.

—¿Y si no quiero pagar? —le dije, poniendo una mano en el quicio de la puerta, bloqueándola un poco, jugando.

Ella no se inmutó. Se acercó más, hasta que sentí su aliento en el cuello: frío, con perfume a jazmín y algo dulce, casi medicinal. —No es una pregunta, Emilio. Es una obligación.

Me tomó de la muñeca y me arrastró adentro. La puerta se cerró sola. Ella caminó hacia el living, sin soltarme, y se sentó en el sofá, cruzando las piernas con una lentitud que me hizo tragar saliva. Me senté frente a ella, a un metro, y me pasé la lengua por los labios. Ella me lo vio hacer.

—Desabotoná la camisa —ordenó—. Todo.

Lo hice. Lento, dejando que el tejido se abriera como una flor maldita. Ella se levantó, se acercó de nuevo, y puso las manos sobre mi pecho, los dedos rozando los pezones, ya duros bajo la tela. Me incliné hacia adelante, y ella me detuvo con una palmada suave pero firme en el hombro.

—No me mires. Aún no.

Me puso las palmas contra las mejillas y me obligó a bajar la cabeza. Me besó. No fue un beso suave. Fue un mordisco, húmedo, con lengua que buscaba la mía como si la quisiera arrancar. Me mordió el labio inferior, sintió el sabor a sangre, y se relamió. Me soltó, y por fin me miró a los ojos.

—¿Ves esto? —dijo, y se bajó la cremallera del vestido—. Es un hechizo. Un regalo. Pero tenés que ganártelo.

El vestido se deslizó por sus caderas y cayó al suelo. No llevaba ropa debajo. Tenía el vello pubiano recortado en un triángulo perfecto, oscuro y húmedo ya. Me agaché. Ella no dijo nada. Solo me empujó su culo hacia mí, la piel lisa y caliente como alabastro, la curva de su espalda baja hundida, los glúteos tensos. Le lamiendo el hueco entre las nalgas, bajando despacio, hasta sentir el calor de su concha, ya brillante, ya abierta, ya esperándome.

Me puse de pie, me desabroché el pantalón, saqué la verga, dura y pesada, la punta húmeda. Le separé las nalgas con las manos, le separé los labios de la concha con el pulgar y el índice, y la empujé dentro. Hasta el fondo. Ella soltó un gruñido, corto, ahogado, como si el aire se le hubiera quedado atrapado en la garganta.

—Sí —musitó—. Sí, maldito.

Empecé a moverme. Lento al principio, para que sintiera cada pulgada, el grosor, la dureza, hasta que ella me agaró de los hombros y me clavó las uñas. Entonces sí, la cogí de la cintura y la puse de pie, contra la pared, le subí una pierna a la cadera, y le metí la verga hasta la raíz, una y otra vez, golpeándole el culo con fuerza, sintiendo el roce de su clítoris contra mi vello, escuchando sus gemidos, que ya no eran ahogados, sino agudos, desesperados.

—Más —me suplicó—. Dámela toda. Garchame como si no hubiera mañana.

Y la garché. Con saña. Con ganas. Hasta que ella se vino, gritando mi nombre, el cuerpo convulsionando, la concha apretándome como un puño húmedo. Entonces yo la tomé de la nuca, la besé de nuevo, y me vine dentro, hundiendo el pene hasta el fondo, sintiendo el calor del coño de Luna correrme encima, mientras sus uñas me sangraban la espalda.

Cuando todo terminó, se deslizó por mi cuerpo como una sombra, se vistió despacio, y me dejó en el suelo, con la verga still flácida, el pellejo sudado y las piernas temblando.

—Estás pagando la deuda —dijo, desde la puerta—. Pero no es la última vez.

Y se fue.

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@emilio_santos

Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.

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