El Barco de las Tres Noches
7 minEl Barco de las Tres Noches
El sol se hundía tras la silueta de las montañas de Cartagena, pintando el cielo de naranjas y lavandas que parecían tejerse en el velero *La Sirena*, anclado ya desde el mediodía en la Bahía de las Animas. El aire olía a sal, a caña quemada y a sudor que se secaba en la piel. En la cubierta, bajo la sombra del palo mayor, dos hombres se miraban sin apuro. Uno, alto, de piel morena y ojos verdes como el mar en calma, con el pelo rizado recogido en un nudo suelto. El otro, más bajo, musculoso, de cabello castaño desordenado por el viento, con una sonrisa que siempre parecía tener un chiste guardado.
—¿Te quedaste sin ron o qué? —preguntó el de los ojos verdes, levantando la botella casi vacía.
—No —respondió el otro, acercándose con paso lento—. Me quedé sin excusas.
Se llamaban Mateo y Julián. Mateo era pescador de fondo, pero desde hacía tres años también se dedicaba a llevar turistas en el *La Sirena* por las islas cercanas. Julián, arquitecto de Medellín, estaba de vacaciones tras un divorcio que le había dejado más huecos que ventanas en una casa abandonada. Había subido al barco el lunes, con su mochila de lona y un par de libros que nunca abrió. Se quedó dos días más de lo planeado. Y otro más.
La tercera noche, el viento había bajado, y el mar era un espejo negro con reflejos de luz de luna. Los dos estaban recostados en el toldo, envueltos en una manta gruesa, con una botella compartida de aguardiente Antioqueño y dos vasos pequeños. El calor de la ciudad había cedido paso a una brisa suave que jugueteaba con las puntas de sus cabellos.
—¿Por qué no te fuiste ya? —preguntó Mateo, sin mirarlo.
Julián dio un trago, dejó el vaso en el suelo y se volvió hacia él. Tenía las mejillas rosadas por el aguardiente y el sol del día.
—¿Por qué no me preguntas qué es lo que realmente me tiene aquí?
Mateo sonrió, un poco torcido, como si ya supiera la respuesta.
—Porque ya sé qué es.
—¿Sí?
—Sí. No es el ron. No es el barco. Tampoco es que te guste pescar palometa.
—¿Entonces?
—Te gustan los hombres que saben calzar una red sin mirar.
Julián soltó una risa baja, contenta, casi tímida.
—También me gustan los hombres que saben mantener la boca cerrada… hasta que saben qué decir.
Mateo se incorporó, apoyando una mano en el suelo de madera, la otra cerca de la cadera de Julián. No lo tocó aún. Solo lo dejó ahí, a centímetros, como si el aire entre ambos fuera lo suficientemente espeso como para sostenerlo.
—¿Tú qué sabes de mí?
—Sé que te gusta que te cepillen el pelo después del sol.
—Sé que te gusta que te lamen las orejas antes de dormir.
—Sé que te pones nervioso cuando alguien te mira la espalda.
—Sé que cuando te gusta alguien, te olvidas de comer hasta que te dan ganas de vomitar.
Mateo suspiró, y por primera vez, lo hizo con los ojos cerrados.
—¿Y qué haces con todo eso?
—Lo guardo. Como quien guarda un tesoro… o como quien guarda un veneno lento.
Julián le tomó la mano. No la apretó, solo la rodeó con los dedos, como si estuviera midiendo su pulso. Mateo no la retiró. Dejó que la piel de su mano se acostumbrara al calor de la de él.
—¿Me dejas enseñarte algo más?
—¿Qué cosa?
—La que no sabes.
Mateo se inclinó entonces. Lento. Tan lento que Julián tuvo tiempo de notar el olor a sal y a romero en su piel, el temblor en sus pestañas cuando se acercó. Su boca rozó la de él, solo un instante. No más que el roce de una vela con la de una linterna en un puente viejo.
—¿Así? —susurró.
Julián tragó saliva, y asintió.
—Así.
Entonces sí, Mateo lo besó. Con calma. Con intención. No con urgencia. Como quien enciende una fogata no para arder, sino para ver cómo se forma el fuego.
Las manos de Julián subieron por sus brazos, luego por sus hombros, y se enredaron en su cabello. Mateo se dejó llevar, pero no dejó de besar. Su boca se abrió un poco, y Julián le lamió el labio inferior, como pidiendo entrada. Mateo se rindió. La lengua de él se metió despacio, explorando, saboreando el aguardiente y la sal. No hubo lucha, solo encuentro. Una tensión que se deshacía como sal en agua.
Se separaron apenas un segundo para respirar. Los ojos de Mateo estaban brillantes, las pupilas dilatadas.
—¿Quieres que pare? —preguntó.
Julián le sonrió, esta vez con los ojos cerrados.
—Si para, no me voy a acordar de cómo volver.
—Entonces no paremos.
Mateo lo empujó suavemente hacia atrás, sobre la manta. No con fuerza, sino con seguridad. Julián se dejó caer, con la espalda apoyada en la madera tibia del barco. Mateo se puso de rodillas entre sus piernas, y empezó a desabrocharle la camisa. Los botones chirriaron suavemente. Julián se levantó un poco para ayudarlo, y luego se quitó la camiseta por la cabeza. Quedó con el torso al aire, la piel brillante bajo la luna, los pezones erectos por el frío y por la mirada de Mateo.
—Culo rico —murmuró Mateo, sin quitar los ojos de él.
—Y pito también —respondió Julián, con una sonrisa traviesa.
Mateo se inclinó. Primero besó su cuello, luego la clavícula. Lamió su ombligo y siguió bajando, con la boca entreabierta. Se detuvo un momento frente al borde de sus pantalones, con la mano apoyada en su muslo. Luego, lentamente, bajó el cierre. No sacó el pito aún. Solo metió la nariz entre la tela, aspiró su olor, y soltó un suspiro.
—Chimba… qué rico hueles.
Julián exhaló, arqueando la espalda, como pidiendo más. Pero Mateo no se apresuró. Deslizó los pantalones y la ropa interior hacia abajo, dejando su pito al aire, tieso y brillante por la humedad. Lo miró como si fuera un regalo poco común, pero bien merecido.
—No me mires así —dijo Julián, con voz ronca.
—¿Cómo?
—Como si fuera a desaparecer.
—No va a desaparecer. Lo voy a guardar para mañana.
Y entonces, sin más, metió la boca.
No fue rápido. No fue agresivo. Fue profundo, lento, con la lengua rozando el glande, chupando suavemente la base, dejando que el aire entrara y saliera por la punta. Julián gimió, bajó las manos a la cabeza de Mateo, pero no lo apretó. Solo lo sostuvo. Como quien sostiene una caña de pescar cuando el pez ya está enganchado, pero aún no se ha rendido.
—Mateo… —susurró.
—Shhh… déjate llevar.
Mateo se relajó, y siguió mamar. Con calor. Con boca húmeda. Con manos que ahora acariciaban sus muslos, sus nalgas, sus testículos, con suaves masajes que lo hacían temblar.
Julián se dejó llevar. Dejó que el barco lo balanceara con cada movimiento de Mateo. Dejó que el olor a sal y a aguardiente se mezclara con su propio sudor. Dejó que sus piernas se abrieran, sin vergüenza, sin miedo. Solo entrega.
Cuando finalmente se sacudió, lo hizo con un gemido bajo, casi ahogado, como si temiera romper el hechizo. Mateo se separó con calma, limpiándose la boca con el dorso de la mano, y lo miró con una sonrisa que no tenía nada de victoria, y todo de complicidad.
—¿Ahora sí te quedaste sin excusas? —preguntó.
Julián le tomó la mano, y la apretó contra su pecho.
—Ahora sí me quedé sin palabras.
—No te preocupes —dijo Mateo, inclinándose para besarle el estómago—. Las vamos a inventar mañana. En el mismo sitio.
Y así, bajo la luna de Cartagena, con el mar respirando alrededor, los dos se quedaron callados, pero no solos. Con la manta aún a medio cuerpo, y los latidos de sus corazones entrelazados como el viento y las velas.
¿Te ha gustado? Valóralo