El balcón de enfrente

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La ciudad exhalaba calor. Era una de esas noches de julio en las que el aire no se mueve, se espesa, se pega a la piel como una segunda capa invisible. En el cuarto piso de un edificio de ladrillo visto, sin ascensor y con el pasillo que olía a comida de ayer y humedad antigua, Marco se asomó al balcón con una botella de cerveza entre los dedos. No buscaba nada en particular, solo aire. Pero allí, al otro lado de la calle, en el edificio frente al suyo, la cortina blanca de un balcón se movió, como si alguien la hubiera dejado entreabierta a propósito.

Y entonces la vio.

Era morena, de pelo largo hasta la mitad de la espalda, y estaba desnuda. No completamente. Llevaba solo un slip de seda negra, el tipo de prenda que no tapa, que insinúa. Se había quitado la blusa con lentitud, sin prisa, y ahora se desabrochaba el sujetador con una mano detrás de la espalda, mientras con la otra se sujetaba el cuello, como si sintiera frío. No lo tenía. La luz del atardecer aún se colaba entre los edificios, y el último rayo del día le acariciaba los hombros, los pechos al descubierto, la curva de la cintura que se hundía en un vaivén suave al respirar.

Marco se quedó inmóvil. La cerveza se le calentaba entre los dedos, pero no importaba. Ella no sabía que la veía. O tal vez sí. A veces, mientras se quitaba los pantalones, giraba la cabeza hacia la ventana, como si comprobara algo. Como si esperara que alguien estuviera allí, mirando.

Se llamaba Lucía. Lo supo días después, cuando la escuchó hablar por teléfono desde su balcón, riéndose con una voz grave, casi ronca. Pero esa primera noche, no sabía su nombre. Solo sabía que cada movimiento suyo era una invitación silenciosa. Se sentó en el borde de la cama, frente al espejo que tenía colgado en la pared, y se observó mientras se deslizaba un vestido por las piernas, sin bragas, sin nada más que ese slip que ahora se deslizaba por sus muslos con una lentitud que dolía. Lo dejó caer al suelo y se recostó sobre la cama, de espaldas, con una pierna doblada, la rodilla al aire, los dedos de la mano izquierda rozando apenas el interior del muslo.

Marco no se tocó. Aún no. Solo miraba. No parpadeaba. Sentía el calor en el estómago, una presión baja, profunda, que le subía por el vientre. Ella giró la cabeza hacia la ventana. Esta vez, sus ojos se encontraron. No hubo gesto de sorpresa, ni de rechazo. Solo una mirada larga, fija, que no se apartó. Duró cinco segundos. Diez. Hasta que ella sonrió, apenas un leve levantar de comisura, y cerró lentamente la cortina.

Marco se quedó allí, con el corazón acelerado, la botella vacía en la mano, el cuerpo entero en tensión. No fue un rechazo. Fue una promesa.

A la noche siguiente, él estaba allí antes. A las nueve y cuarenta y siete, justo cuando el cielo se tornó morado. Ella llegó a las diez. Esta vez, se quitó los zapatos en la entrada, los calcetines, y luego el vestido. Caminó descalza por el cuarto, con una copa de vino tinto en la mano, y se detuvo frente al espejo. Esta vez, no se desnudó del todo. Solo se quitó el sujetador, se sentó en la cama, y comenzó a acariciarse los pechos con una lentitud deliberada. Sus dedos recorrieron los pezones, los pellizcaron, los estiraron. La luz de la lámpara de noche le daba un tono dorado a la piel.

Y esta vez, no cerró la cortina.

Marco sintió que el aire se le escapaba. Se desabrochó el pantalón sin pensarlo, sin dejar de mirar. Ella no apartaba la vista. Sus manos bajaron por el vientre, se detuvieron en el borde del slip, y luego se deslizaron por debajo. No se lo quitó. Solo metió los dedos, una y otra vez, con movimientos circulares, lentos, profundos. Marco se tocó por fin. No con prisa, no con ansiedad. Con ritmo. Con respeto. Cada caricia que ella se daba, él se la devolvía a sí mismo. No había vergüenza. Solo deseo compartido, silencioso, claro.

Cuando ella se corrió, no gritó. Solo cerró los ojos, arqueó la espalda, y dejó caer la cabeza hacia atrás. Marco llegó al mismo tiempo, con un gemido contenido, la frente contra el hierro frío del balcón. La cerveza de esa noche no la terminó.

Al tercer día, ella salió al balcón con una bata de seda, abierta, sin nada debajo. Él ya estaba allí, sin camisa, el pecho desnudo, el pantalón bajo. No se habían hablado, no se conocían, pero ya había un lenguaje entre ellos. Ella se sentó en una silla, dejó que la bata se abriera, y se acarició un muslo con la copa de vino en la otra mano. Él se acarició, despacio, con la mirada fija en ella. Esta vez, ella no cerró los ojos. Lo miró todo el tiempo.

A la cuarta noche, Marco dejó una nota en un papel, lo pegó al cristal con cinta adhesiva: *¿Puedo llamarte?* Ella lo leyó, sonrió, y asintió. Al día siguiente, al atardecer, su teléfono vibró. Un número desconocido. Contestó.

—Hola —dijo ella, con esa voz grave que ya conocía.

—Hola —respondió él, con la garganta seca.

—¿Sigues mirando?

—Solo si tú sigues dejándote ver.

Hubo un silencio. Largo. Cargado.

—Entonces mira —dijo ella, y colgó.

Pero no fue un adiós. Fue una cita.

Esa noche, ella no salió al balcón. Él tampoco. Subió. Con el corazón en la boca, con el sudor en las palmas, con el deseo como un animal vivo en el pecho. Llamó. Ella abrió. Estaba desnuda. Solo con el pelo suelto y los ojos brillantes.

—No necesitamos hablar —dijo—. Ya nos dijimos todo con la mirada.

Y entonces, por primera vez, él no miró. Tocó. Sus manos recorrieron los mismos caminos que antes solo habían imaginado los ojos. La espalda, la cintura, el muslo. Ella se estremeció. No de frío. De reconocimiento.

Se amaron sin prisa, sin palabras. Con los cuerpos que ya se conocían, que ya se habían deseado en silencio. Cada caricia era una continuación de lo que había empezado días antes, al otro lado de la calle. Cada gemido, un eco de lo que nunca se había dicho.

Y cuando terminaron, ella se acercó al balcón, desnuda, y cerró la cortina.

Pero esta vez, no fue para esconderse.

Fue para que nadie más mirara.

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