El balcón de enfrente

@sombra ·7 de enero de 2026 · ★ 4.2 (34) · 2,716 lecturas · 6 min de lectura

Yo nunca creí en las casualidades. Menos desde aquella noche de julio, cuando el frío cortaba la piel y el silencio del barrio se rompió con un gemido que no era mío.

Vivía solo en un tercer piso de una vieja casa de ladrillo visto, en una calle sin salida de Palermo. Nada lujoso, pero con ventajas: paredes gruesas, techos altos, y una vista discreta al edificio de enfrente. Un edificio igual de viejo, con balcones de hierro forjado y cortinas amarillentas que nunca se cerraban del todo. Hasta ese momento, no les había prestado atención. Pero aquella noche, todo cambió.

Estaba sentado en el sillón, con una copa de vino tinto y un libro que no leía, mirando sin ver. La ciudad dormía, o al menos fingía hacerlo. Y entonces, como si el universo hubiera pulsado un botón, vi la luz encenderse en el departamento del frente. No era la primera vez que alguien encendía una luz allí, pero sí era la primera vez que alguien se quedaba parado, desnudo, frente al ventanal.

Era una mujer. Alta, morena, con el pelo largo y ondulado que le caía por la espalda como una cascada oscura. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, como si tuviera frío, pero no se movía. Y entonces, lentamente, se deshizo del cabello la cara, me miró directo a los ojos… y sonrió.

No pude moverme. Me quedé clavado en el sillón, con el vino olvidado, el corazón latiendo fuerte, la pija ya dura bajo el pantalón. Ella no se escondió. Al contrario. Dio un paso al costado, encendió una lámpara de pie, y se sentó en el sofá, con las piernas abiertas, sin nada encima. No era un espectáculo barato, no era vulgar. Era elegante, como si supiera que yo estaba allí, como si me hubiera estado esperando.

Y entonces, con una mano, empezó a acariciarse. Lenta, suave, los dedos deslizándose por el muslo, subiendo, hasta tocar la concha con dos dedos, separar los labios con cuidado, y empezar a moverse. Yo no respiraba. Me bajé el cierre del pantalón, me saqué la pija y empecé a masturbarme, despacio, sin sacarle los ojos de encima. Ella gemía, bajito, pero yo lo oía. O lo imaginaba. O tal vez, en ese momento, el silencio se había vuelto tan denso que los sonidos volaban entre los edificios como hojas en otoño.

Cuando llegó al orgasmo, cerró los ojos, echó la cabeza atrás, y apretó los dedos contra el clítoris. Yo corrí mi semen en la mano, sin dejar de mirarla. Y cuando abrió los ojos, me miró de nuevo. Como diciendo: *yo sé que estás ahí*.

Al día siguiente, todo parecía normal. Ella no estaba en el balcón. No hubo señales, ni gestos. Pero esa noche, volvió. Y yo también estaba esperando.

Esta vez, llevaba un vestido negro, corto, sin nada debajo. Se paró frente al ventanal, con una copa en la mano, y me miró antes de sentarse. Esta vez no se tocó. Esta vez me miró a mí. Y entonces, con un gesto lento, se llevó el dedo a los labios, y me hizo un gesto con la cabeza: *vení*.

No lo pensé. Bajé las escaleras, salí a la calle, crucé la cuadra, y toqué el timbre. Ella abrió con una sonrisa. No dijo nada. Solo me dejó pasar.

El departamento era más chico de lo que parecía desde afuera, pero cálido, con velas encendidas, música suave de fondo. Ella se sentó en el sofá, como la noche anterior, pero ahora yo estaba allí, frente a ella.

—Sabía que ibas a venir —dijo.

—Yo también lo sabía —respondí.

Se paró, se acercó, y me tocó el pecho con la yema de los dedos. Luego, sin apurarse, me desabrochó la camisa, uno a uno, y la dejó caer al piso. Sus manos eran suaves, pero firmes. No había dudas en ella. Solo certeza.

—Te vi la primera noche —dijo—. Estabas solo, mirando afuera. Y yo… sentí que vos también me mirabas. Aunque no estabas aquí.

—Yo también te vi —mentí. Porque la verdad era que no la había visto hasta esa noche. Pero ya no importaba.

Me llevó de la mano hasta el dormitorio. La cama estaba deshecha, con sábanas de seda negra. Me empujó suave, y se subió encima, a horcajadas. No me sacó el pantalón. Solo me acarició la pija por encima del tejido, con movimientos circulares, lentos, mientras me besaba el cuello.

—Quiero que me mires —dijo—. Quiero que veas todo. Pero también quiero que vos te sientas visto.

Y entonces, me sacó el pantalón, me bajó los calzoncillos, y tomó mi pija con la boca. No fue rápido. No fue desesperado. Fue como si estuviera adorando algo sagrado. Me chupó despacio, con los ojos abiertos, mirándome, mientras yo gemía, con las manos en su pelo, sin atreverme a moverme.

Cuando sentí que iba a correrme, me sacó la boca y dijo:

—No. Aún no.

Se paró, se sacó el vestido, y se paró frente al espejo que tenía en la pared. Yo la miraba desde la cama. Ella se tocó las tetas, los muslos, la concha, y me dijo:

—Vení. Ayudame.

Me acerqué. Me puse detrás. Y mientras ella se miraba en el espejo, yo la tomé por la cintura, le separé las nalgas, y le metí un dedo en el culo. Ella jadeó, pero no se movió. Solo apretó los dientes y dijo:

—Más.

Le metí dos dedos, los moví despacio, los humedecí con saliva, y entonces, sin sacarlos, le acerqué la pija a la concha. Estaba mojada, caliente, palpitante. Y cuando entré, fue como si el mundo se detuviera.

Cogimos mirando el espejo. Yo la tenía agarrada de las caderas, entrando y saliendo, lento al principio, después más fuerte, más profundo. Ella gemía, se tocaba las tetas, se mordía el labio. Y en algún momento, me miró a través del espejo y dijo:

—Quiero que te corras dentro. Quiero sentirte.

No pude aguantar más. Me corrí adentro, con fuerza, con todo, mientras ella apretaba la concha y gemía mi nombre, aunque nunca se lo había dicho.

Después, nos quedamos abrazados en la cama, sin hablar. Hasta que ella dijo:

—Mañana, quiero que me mires de nuevo. Desde tu balcón.

—Y si alguien te ve?

—Que miren —dijo—. Que sepan que esto existe. Que yo existo. Que vos existís.

Y así fue. Al día siguiente, volví a mi departamento. Y desde mi ventana, la vi. Desnuda, otra vez. Pero esta vez, no estaba sola. Había un hombre. Un tipo alto, de pelo canoso, bien vestido. Y ella, con una sonrisa fría, lo hizo sentarse en el sofá, y se paró frente al ventanal. Y mientras él la miraba, ella me miraba a mí.

No sé cuánto duró aquello. Semanas. Meses. Cada vez que yo encendía la luz, ella encendía la suya. Cada vez que yo me masturbaba, ella se tocaba. Cada vez que yo necesitaba verla, ella estaba allí.

Hasta que un día, el balcón quedó vacío. Las cortinas cerradas. El departamento en silencio.

Nunca supe su nombre. Nunca más la vi.

Pero a veces, en las noches más frías, cuando el vino se me sube a la cabeza, miro hacia enfrente… y juraría que, por un segundo, veo una sombra detrás de la cortina. Y siento que, en algún lugar, todavía me está mirando.

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