El Baile del Sol y la Luna

El Baile del Sol y la Luna

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 4.3 (16) · 11 lecturas · 4 min de lectura

La primera vez que lo vi en la terraza del edificio, estaba pintando algo en su cuaderno. Yo estaba en la mía, tomando café frío y sintiendo el sol quemarme los hombros. Él llevaba una camiseta blanca pegada al pecho, con el algodón sudado en las axilas, y el pelo castaño, un poco desordenado, le cubría las orejas cuando movía la cabeza para observar el horizonte. Me pareció un tipo callado, de esos que no buscan attention, pero que cuando hablan, todo el mundo se calla un segundo para escuchar.

Me llamó la atención porque no me miró hasta que yo lo hice —y ni así sonrió. Solo inclinó la cabeza, como si me reconociera de algo, y volvió a su dibujo. Me costó dos semanas más de encontrarnos en el mismo horario —yo salía a escribir después del trabajo, él llegaba justo cuando el sol empezaba a bajar— hasta que un día, por casualidad, dejé mi taza de té sobre la mesa de al lado, y él, sin decir nada, la recogió cuando se fue, la lavó y la dejó seca sobre mi lugar.

Al día siguiente, regresé con un pastelito de jamaica que mi mamá había hecho. Se lo dije con una sonrisa: *“A cambio de tu buen corazón.”* Me miró y por fin sonrió. No una sonrisa rápida ni forzada, sino algo lento, hondo, como si le estuviera entrando algo nuevo al cuerpo.

—Soy Adrián —dijo.

—Adriana —le respondí.

Y así comenzó lo que después entendería como una especie de baile. No fue de golpe. Fue como el sol y la luna: uno calentando, el otro refrescando, uno hablando, el otro escuchando. Nos hablamos de libros, de viajes que nunca hicimos, de miedos pequeños y grandes. Él trabajaba en diseño gráfico, le gustaba la música clásica y odiaba el café instan­táneo. Yo escribía cuentos que nadie leía y me encantaba bailar sola en la cocina, sin música, solo con el movimiento.

Una noche, después de una tormenta, el aire olía a tierra mojada y a flores rotas. Estábamos sentados uno al lado del otro, sin rozarnos, pero sí con el calor del otro. Él se inclinó para ajustarse el zapato, y por un instante su mano rozó mi muslo. No me moví. Él tampoco. Me miró de reojo, como si dudara, y yo le dije, casi en voz baja: *“No pares.”* Y él me tomó la mano.

Fue suave. Sus dedos grandes, con las uñas cortas y limpias, se entrelazaron con los míos. Me volvió a mirar y esta vez no dudó: me acarició la mejilla con el pulgar, lento, como si estuviera descubriendo algo que ya conocía pero ahora quería recordar. Me incliné hacia él, y él lo notó. Me besó. No fue un beso rápido ni apurado. Fue un beso que sabía a lluvia y a café sin azúcar, a promesas no dichas pero sentidas.

Nos fuimos a mi departamento. No con prisa, no con urgencia. Con la seguridad de que teníamos tiempo. En la cama, él me quitó la camisa sin desabrocharla del todo, solo tiró de los hombros hasta que cayó sola. Me miró mientras se llevaba la mano al cuello, y luego a la espalda, como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo. Le dije: *“Tú mides más de lo que pareces.”* Y él rió, bajo, con la voz rasposa de algo que quería guardar para mí.

Me quitó los pantalones con cuidado, como si fueran una tela antigua, y se quedó un rato mirándome sentado en el borde de la cama. Me senté a su lado, le desabroché el jeans, le bajó la cremallera, y con la punta de los dedos toqué la verga que ya se le había endurecido contra el interior de sus calzoncillos. Me miró y me dijo: *“Tú sí sabes cómo hacerme temblar.”*

Nos despojamos de todo, y entonces fue cuando me acosté sobre él. Sentí su pecho contra mi espalda, su respiración calentándome el cuello, sus manos recorriendo mis nalgas, apretándolas suavemente, llevándome hacia él. Me giré, lo miré a los ojos, y le dije: *“Cogerme contigo es como sentir que por fin sé lo que es respirar.”*

Y entonces él me tomó de la cintura, me puso encima de él, y empecé a moverme, lento al principio, dejando que la verga se deslizara dentro de mí, que me llenara, que me hiciera mía su piel. Nos miramos todo el tiempo, como si estuviéramos aprendiendo el mapa del otro con las manos y con la lengua. Me besó en la nariz, en la frente, en los labios, y cuando por fin me dejé llevar, cuando sentí que se ponía más duro y que yo me tensaba alrededor de él, me dijo: *“Tú sí me chingas bien.”*

Y yo, con la cabeza llena de su olor y de su calor, le besé el cuello y le murmuré: *“Sí, Adrián. Te chingamos. Pero solo si tú quieres.”* Y él, sin soltar mi cintura, me miró y me sonrió, y me dijo: *“Claro que sí. Todo el día.”*

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