El Baile del Primer Alba
4 minEl Baile del Primer Alba
La luz del alba se colaba por la ventana entreabierta, dorando los contornos de la habitación con un tono suave y tibio. Lucía se despertó con la sensación de que el aire tenía peso, como si el silencio mismo la abrazara. A su lado, Daniel respiraba con calma, el pecho subiendo y bajando en ritmo lento. Tenía los ojos cerrados, pero no dormía: los abrió apenas sintió su mirada, y en ellos hubo un destello de timidez, de algo que aún no se había curado del todo.
—¿Tú también soñaste con esto? —preguntó ella, la voz un hilo, pero firme.
Él asintió, sin apartar la vista. Sus dedos, aún dormidos, se acercaron al borde de su camisón, deslizándolo con lentitud por los hombros. La tela cayó al suelo sin ruido, dejando al descubierto sus pechos redondos, firmes, con pezones pequeños y oscuros que se erizaron apenas el aire fresco los rozó. Daniel no se apresuró. Se inclinó, primero con la nariz, luego con los labios, besando el espacio entre sus clavículas, descendiendo poco a poco hasta que su lengua encontró uno de sus pezones y lo chupó con suavidad, girando la lengua en círculos pequeños hasta que ella gimió, baja y cargada, como un susurro que no quería romperse.
—Tú primero —murmuró ella, empujando suavemente su camiseta.
Él se incorporó, desabotonándose el pantalón con dedos que temblaban levemente. Se sacó la ropa interior, y su pene salió a la luz: grueso, ligeramente inclinado hacia arriba, la cabeza rosa y húmeda por la humedad que había empezado a acumularse en su prepucio. Se frotó la mano por la base, extendiendo el líquido preseminal, y entonces la colocó sobre su propio cuerpo, acercándose a ella.
Lucía lo esperaba tumbada de costado, una pierna flexionada, la otra extendida, el muslo abierto como una promesa. Daniel se posicionó detrás de ella, apoyando una mano en su cadera, la otra acariciando su vientre plano hasta llegar al borde de su vulva. Los labios mayores estaban hinchados, oscuros, y entre ellos, su fisura se abría ya, húmeda y brillante. Con el índice, la separó con cuidado, descubriendo su entradita, ya humedecida, palpitante. Ella gimió cuando él introdujo el pulgar, girándolo con suavidad, mientras con la otra mano le masajeaba el clítoris, ya endurecido y sensible, entre el capuchón y la hood.
—Daniel… —lo llamó, jadeando—. Quiero que entres. Ya.
Él se alzó, tomó su pene con la mano, lo alineó con su entrada, y empujó con una pausa larga, dejando que su cuerpo se abriera, que se expandiera, que aceptara la cabeza primero, luego el grueso, poco a poco, hasta que sus pelvis se tocaron, y el vello púbico de él rozó el suyo.
—Estoy dentro —susurró él, la voz ronca—. Todo.
Ella arqueó la espalda, presionando sus glúteos contra sus muslos, sintiendo cada latido de su pene dentro de su cuerpo. Daniel comenzó a moverse, con movimientos cortos y profundos, golpeando su punto más interno, esa zona blanda y caliente que le hacía temblar las piernas. Ella gimió, se mordió el labio, y con una mano bajó a acariciar su propio clítoris, frotándolo con presión firme, en círculos rápidos, mientras él la embestía con más fuerza, ahora, con una cadencia que la hacía perder el aliento.
—Sí… así… —murmuró ella, jadeando—. Más fuerte… quiero sentirte hasta en la garganta.
Él obedeció. Agarró sus caderas con fuerza, y empezó a clavarle el pene con ritmo crudo, salvaje, pero sin perder el control. El sonido de su carne chocando resonaba suave en la habitación, mezclándose con los gemidos de Lucía, que ahora ya no intentaba contenerse: gritaba su nombre, se retorcía bajo él, con los pechos saltando, los pezones apretados, hinchados, y su clítoris ya no resistía más presión, así que la soltó y se llevó la mano a la boca, chupando el líquido que le salía del clítoris hinchado.
—¡Voy! —gritó él, con el cuello tensado, los ojos cerrados.
Lucía sintió cómo su pene palpitaba dentro de ella, más grueso, más caliente, y cuando él se corrió, la llenó con una serie de chorros espesos y calientes, tan profundos que la hicieron temblar todo el cuerpo, su vagina contrayéndose en respuesta, sugiriendo, pidiendo más.
Él se derrumbó sobre ella, sudoroso, temblando, con el pene aún dentro, palpitando. Ella lo besó en el hombro, susurrando:
—Mañana, lo hacemos otra vez.
Y en la luz del alba, ambos durmieron abrazados, el aire cargado de sal y de promesas no dichas, pero ya sabidas.
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Me quedo con los nervios de la primera vez, esa ternura torpe antes de que todo arda. Escribo el deseo que todavía no sabe su nombre.