El baile del chisme y el pito
La primera vez que lo vi fue en el *Bar La Esquina*, ese lugar de mala muerte en el que hasta los barman se ríen con la boca llena de mierda. Estaba yo, trasteando con el celular en la barra, tomando un Aguardiente con hielo que daba más sabor al sufrimiento que a la vida —y ahí lo vi: un tipo alto, piel oscura como el café recién colado, pantalón ajustado que le marcaba hasta el trazo del pene, y los ojos que no miraban, *lo devoraban*. No sonreía, no decía nada, solo se inclinaba a escuchar lo que le decía su amigo, con esa postura de quién ya sabe que el mundo gira en torno a su pito.
—Ese es Jairo —me dijo Mateo, que se me acercó con una cerveza humedecida en su sudor—. Es de la zona, pero vive en Medellín ahora. Dice que vuelve por las vacaciones, pero todos sabemos que viene por el verano y por *lo que se cuece en la zona*.
Yo solo asentí, con la lengua pegada al paladar. No era la primera vez que veía un hombre guapo, ni siquiera el primero que me hacía sentir el corazón en la entrepierna. Pero Jairo tenía algo más: una presencia que no pedía permiso. Como cuando el ruido del bar se calla un segundo y de repente escuchas el latido de tu propia sangre.
Me levanté, sin saber qué me movía: el orgullo, la curiosidad, o simplemente el hecho de que mi pene ya empezaba a latir contra el cierre del jean. Caminé hacia él como si estuviera jugando una carta alta, sin mirar atrás, sin temor. Me detuve a un metro, me limpié la boca con el dorso de la mano, y le dije:
—Oye, ¿tú siempre comes aquí o hoy es día de suerte?
Él giró lentamente, como si el mundo estuviera grabado en cámara lenta, y me miró de pies a cabeza. No una mirada de desprecio ni de curiosidad: una mirada de *evaluación*, como si me estuviera midiendo para saber si valía la pena que le diera un poco de su tiempo.
—Depende de quién me invite —dijo, y su voz era un trueno envuelto en miel.
—Entonces quédate conmigo esta noche —le dije—. Te invito a lo grande: una cama, una botella de ron, y si me porto bien, te dejo mamar.
Se le tensó la mandíbula, y por un segundo creí que iba a reírse, a ignorarme, a levantarse y marcharse. Pero no. Me sonrió con los ojos, y ese gesto fue más peligroso que un puñal sin empuñadura.
—¿Y si te porto mal yo? —preguntó, inclinándose un poco hacia mí, hasta que su aliento rozó mi oreja—. ¿Tú me dejas?
No respondí con palabras. Le agarré la muñeca, lo jalé hacia mí, y lo besé. No fue un beso suave, ni uno de cortesía. Fue un beso de garras, de lengua que entraba sin pedir permiso, de dientes que chocaron, de saliva que se mezcló como si fuéramos dos perros en celo. Él me devolvió el golpe: me sujetó la nuca con fuerza, me hundió los dedos en el cuero cabelludo, y me rozó la entrepierna con su pene ya duro.
—Mierda… —susurró contra mis labios—. Tú no estás para jugar.
—Yo tampoco juego —le dije—. Solo quiero verte sudar.
Lo tomé del brazo y lo llevé hasta mi moto. Él no dijo nada, solo se subió detrás, con las manos en mi cintura, el pecho pegado a mi espalda. Sentí su respiración acelerada, el calor de su cuerpo, y el pene que ya me rozaba la nalga derecha.
Llegamos a mi casa, una habitación en el segundo piso de una casa vieja en El Poblado, donde el aire huele a humo y a sudor. Le dije: “Dámelo todo”, y él solo asintió.
Lo primero fue quitarnos la ropa con urgencia. Él se deshizo de la camisa y los pantalones en un movimiento fluido, y ahí lo tuve frente a mí: pecho ancho, pezones oscuros como granos de café tostado, abdomen plano pero marcado, y un pene que colgaba pesado, grueso, con la cabeza rosada y un líquido transparente que ya se le asomaba por el orificio.
—Mira eso —dije yo, agarrándolo por la base—. ¿Cuánto tiempo llevas así?
—Desde que entraste —confesó, con los dientes apretados—. Y si no lo estopas ya, voy a correrme como un pendejo en la puerta.
Lo tomé con ambas manos, lo froté de abajo hacia arriba, sintiendo la textura de su piel, la dureza de su cuerpo, y el olor a hombre maduro, a sudor y a perfume barato que le gustaba usar. Le chupé la punta, y él soltó un gemido que no sonó humano:
—Joder… *puta madre*…
Lo metí todo en la boca, una y otra vez, hasta que su cadera empezó a empujar, hasta que su mano me agarró el pelo y me obligó a bajar más, a tragar más hondo, a sentir su garganta contra su pene.
—No me jodas tanto, we —gimió—. Que si no, no te lo voy a dejar entrar en el culo.
Lo solté con un *pop* y lo miré a los ojos mientras me limpiaba la boca con el dorso de la mano.
—¿Culo o pito? —le pregunté—. Porque conmigo no se elige: se disfruta todo.
Él me dio una sonrisa de lobo, me tiró de la camisa, y me tiró boca abajo sobre la cama. Me subió el jean y la ropa interior hasta las rodillas, y con la palma de la mano me frotó el culo, primero suave, después con más fuerza, como si lo estuviera calentando para algo grande.
—Voy a meterte duro —me dijo—. Y si te quejas, te devuelvo el favor en la boca.
No tuve tiempo de responder. Me metió dos dedos en el culo, sin previo aviso, sin cuidado, con una fuerza que me arrancó un grito. Me estiró bien, me abrió como si fuera una lata de conserva, y cuando sintió que estaba listo, se lubricó con su propia baba, se puso en posición, y me metió la punta del pene.
—Respira —me dijo.
Yo respiré. Y él me lo metió todo, un golpe seco, profundo, que me hizo ver estrellas. Me agaró las caderas con fuerza, me clavó los dedos hasta hacerlos sangrar, y empezó a moverse: adentro, afuera, con un ritmo que no era de amor, sino de necesidad.
—¡Mierda! —grité—. ¡Más fuerte!
Él me lo dio. Cada embestida era un puñetazo en la espina, un golpe que me sacudía hasta los dientes. Me agarró el pelo, me obligó a girar la cabeza, y me chupó el cuello mientras me metía más hondo.
—Eres un *chingón*, we —me dijo—. Un pendejo rico, pero un *chingón*.
No sé cuánto duró, pero cuando lo sentí temblar, cuando lo vi cerrar los ojos y soltar un grito que parecía de dolor y placer juntos, supe que estaba por venir.
—¡Jairo! —grité—. ¡Me lo metes ahí o te lo saco!
Él me agarró la cara con ambas manos, me obligó a mirarlo, y me corrió dentro con fuerza: tres, cuatro, cinco eyecciones que me llenaron el fondo del cuerpo, que me hicieron temblar, que me hicieron sentir que mi pene se hinchara como un globo, que me corriera yo también, espeso y caliente, contra el colchón.
Se derrumbó sobre mí, sudado, sin aliento, con su pene todavía dentro, still pulsando.
—¿Vas a soltarte o qué? —le dije.
Él se rió, me dio un beso en la frente, y se levantó, sacudiéndose el sudor del pecho.
—Mañana vengo otra vez —dijo—. Y esta vez, te dejo mamar.
Y se fue, con su pene aún colgando, su ropa en la mano, y una sonrisa que me quedó clavada en la cabeza como un clavo.
Yo me quedé en la cama, con el culo ardiente, el pene hinchado, y la certeza de que esa noche, en ese cuarto de mierda, había hecho el amor como no lo hacía desde hacía años: sin miedo, sin vergüenza, y con un hombre que sabía exactamente qué hacer con sus manos, su boca y su pene.
Y si alguien pregunta, les digo: *valió la pena*.
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