El Baile del Ángel y el Lobo
7 minEl Baile del Ángel y el Lobo
La casa de los Mora estaba en el cerro de La Macarena, entre pinos y frescura de madrugada, con ventanas que miraban el río y un jardín donde los jacintos se inclinaban como si rezaran. En el porche, bajo una lámpara de latón que temblaba con la brisa, dos vasos de aguacate con leche y ron se humedecían lentamente. Allí, entre risas contenidas y miradas que se rozaban como hojas secas, se sentaban los anfitriones: Camila y Daniel, que vestían con una elegancia descuidada —ella con un vestido negro que subía un poco al levantarse, él con la camisa abierta hasta el ombligo, mostrando un pecho cubierto de vello oscuro y tatuajes antiguos.
Apenas sonó el timbre, no fue un ruido, sino un suspiro metálico que se deslizó por el pasillo como una serpiente callada. La puerta se abrió y aparecieron los nuevos invitados: Lorena y Santiago. Ella, alta, de cadera ancha y cuello alargado como una garza, llevaba un traje pantalón de seda gris, y él, de pie con los hombros cuadrados y los ojos verdes que nunca perdían el brillo de la curiosidad, con una botella de aguardiente artesanal en la mano.
—¡Bienvenidos! —dijo Camila, abrazándolas con un beso en la mejilla que olía a vainilla y humedad de piel—. Ustedes son los ángeles que nos faltaban para esta noche.
Santiago sonrió, un gesto corto pero intenso, y entró. El olor a incienso de sándalo y café recién hecho lo envolvió al mismo tiempo que la música: jazz suave, sin saxofón, solo piano y contrabajo, como si el tiempo estuviera sentado en una silla de madera, esperando a que alguien lo convenciera de seguir.
—¿Les aprieta el traje? —le preguntó Daniel a Santiago, mientras le servía un vaso sin pedir permiso—. Aquí no se usa corbata, ni excusas. Solo ganas y mirada.
Santiago asintió, tomando el vaso con los nudillos blancos, y miró a Lorena, que ya estaba en el jardín, sentada en una hamaca que chirrió como un suspiro. Camila se acercó, con su vaso en la mano, y se puso detrás de ella.
—¿Te gusta cómo se mueven los árboles cuando el viento no decide si llevarlos o guardarlos? —le dijo al oído—. A veces, lo que más duele es la indecisión. Pero hoy no hay indecisión. Hoy hay entrega.
Lorena giró la cabeza, lento, y le sonrió. No era una sonrisa de desafío, sino de reconocimiento. Como si ya hubieran compartido algo antes de conocerse.
—¿Y si me da miedo rendirme? —preguntó.
—El miedo no es enemigo —respondió Camila, acariciando el hombro de Lorena con la uña—. Es el perro guardián que te avisa que estás cerca de algo que duele como un beso.
Daniel se unió, con su vaso y su olor a tabaco y miel. Le puso una mano en la rodilla a Santiago, que no se movió, pero su respiración se volvió más profunda.
—¿Saben qué hace que una noche sea especial? —dijo—. No es la bebida, ni la música, ni siquiera quiénes están aquí. Es la forma en que uno se deja ver, sin esconder nada, ni siquiera lo que más le da vergüenza.
La brisa entró por las ventanas y movió las cortinas como párpados que se abren. Santiago miró a Lorena, y ella, sin perder el contacto visual con Camila, se quitó un zapato, luego el otro, y se estiró en la hamaca como quien se prepara para un salto.
—¿Te gusta que te miren sin pedir permiso? —le preguntó Camila, ahora con las rodillas contra el pecho de Lorena, inclinada como si rezara por ella.
—Sí —dijo Lorena, con voz baja, pero clara—. Me gusta que me miren como si supieran que bajo este cuerpo hay algo que aún no ha nacido.
Santiago se levantó, sin prisa, y se acercó. No la tocó. Se puso frente a ella, con las manos en los bolsillos, y la miró como si buscara una palabra que ya conocía, pero que le costaba pronunciar.
—¿Quieres que te mire? —le preguntó.
Ella no respondió. Solo abrió un poco más las piernas, como si la hamaca fuera un trono y ella, la reina que aún no se ha coronado.
—Entonces mira —dijo Santiago.
Camila se levantó, dio dos pasos hacia atrás y se sentó en el borde de una mesa baja, con las piernas cruzadas y los brazos sobre las rodillas. Daniel se sentó a su lado, cerca, pero sin tocarla. Fue una elección. Una promesa silenciosa: todo era observación y consentimiento, como un ballet donde cada gesto tenía un significado, y cada silencio, una nota.
Lorena se sentó en la hamaca, derecha, con las manos en las rodillas, y miró a Santiago. Él se quitó la camisa, lento, dejando al descubierto un pecho ancho, con cicatrices antiguas y un tatuaje de una serpiente que se mordía la cola. Se arrodilló frente a ella, no entre sus piernas, sino a un lado, como si respetara un límite invisible.
—¿Te acuerdas de cómo se siente el calor de otro cuerpo cuando no sabes si es deseo o miedo? —le preguntó Santiago, acercando su mano a la muslo de Lorena, pero sin tocarla.
—Sí —dijo ella—. Es como cuando el río sube y no sabes si va a arrastrarte o bañarte.
—Entonces hoy es río lleno —dijo él, y por fin la tocó.
Su mano se deslizó por la pierna de Lorena, subiendo despacio, como si temiera que si corría demasiado, ella se desvaneciera. Llegó a la ingle, pero no se metió bajo la tela. Solo presionó un poco, como para probar la temperatura.
—¿Así? —preguntó.
Ella asintió, cerrando los ojos. Un gemido se le escapó, suave, como el crujido de una rama bajo el peso de una paloma.
—Está rico —murmuró, sin abrir los ojos—. Como el café que me dieron esta mañana.
Camila, desde su silla, sonrió. Se levantó, se acercó a Daniel y le puso la mano en el muslo.
—¿Ves cómo se le abre el cuerpo cuando ya no tiene miedo? —le dijo al oído.
Daniel asintió, con los ojos fijos en Lorena. Santiago se inclinó, besó su cuello, y empezó a chuparle suavemente, como si bebiéramos el sabor de la piel. Lorena se arqueó, sin prisa, como una hoja que se dobla bajo la lluvia.
—¿Quieres que te mame? —le preguntó Santiago, con la voz ronca, pero sin apuro.
—Sí —dijo ella—. Que me mame como si fuera lo único que te faltaba por comer.
Él sonrió, y entonces se puso de pie. Desabotonó su pantalón, bajó la cremallera, y sacó su pito, que ya estaba tieso y brillante. Lorena no lo miró de inmediato. Primero se quitó el vestido, dejando solo un slip de encaje negro, y se puso de rodillas frente a él.
—¿Te gusta que te mire así? —le preguntó, con la mano sobre su vientre.
—Sí —dijo Santiago—. Pero quiero que lo hagas con los ojos abiertos.
Ella lo miró. Lo miró de pies a cabeza, como si estuviera midiendo su tamaño con la mirada, y entonces lo agarró por la base, con una sola mano, y lo sujetó como quien toma una taza de café recién servido.
—Está bien rico —dijo—. Como el aguacate que me dijiste que probara.
Y empezó a mover la mano, lento, con el pulgar pasando por el glande, humedecido con su saliva. Santiago respiró profundo, cerró los ojos, y se apoyó en la mesa, como si necesitara apoyo para no caer.
—Mira cómo le chupa —dijo Camila, con la mano sobre la pierna de Daniel—. No es prisa. Es saborear.
Y Lorena, con la mirada fija en Santiago, abrió la boca, lo tomó entre los labios, profundamente, hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas. Santiago gimió, un gemido bajo, como el trueno que se escucha desde lejos.
—Está chimba —murmuró—. Como todo lo que toca.
Camila se levantó, se acercó a Daniel, y le quitó la camisa. Lo besó en el cuello, con los dientes, y le susurró:
—¿Quieres que lo miremos hacerlo? O ¿prefieres que te meta la mano aquí, donde ya está mojado?
Él no respondió. Solo la tomó de la cintura y la besó, profundo, con lengua y saliva y humedad de piel. Mientras tanto, Lorena seguía mamiendo a Santiago, con las manos apoyadas en sus muslos, con la lengua rascándole el
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