El baile de las velas

El baile de las velas

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 4.3 (16) · 79 lecturas · 4 min de lectura

La luz de las velas temblaba sobre la mesa de madera rústica, dibujando sombras danzantes en las paredes de piedra vista del patio trasero. El aire olía a jazmín, a humo suave de incienso y al frescor del atardecer que aún resistía en el aire. Lucía, con su blusa de seda desabotonada hasta el ombligo, dejó caer las gafas de sol sobre la mesa y se quitó las sandalias con un suspiro. A su lado, Mateo le acarició la nuca con el pulgar, sin prisa, como si ya conociera cada centímetro de su piel.

—¿Te sientes bien aquí? —le preguntó, voz baja, casi un murmullo que solo ella alcanzaba a escuchar entre el zumbido de los grillos.

—Como si siempre hubiera estado —respondió Lucía, y sonrió, con esa sonrisa que le hacía vibrar el pecho a quien la miraba.

En ese momento, la puerta de madera se abrió con un suave chirrido. Elena entró, deslizándose entre las enredaderas como una sombra dorada bajo el sol poniente. Llevaba un vestido largo de algodón crudo que apenas cubría la curva de sus nalgas, y los pies descalzos, salpicados de arena. A su espalda, Carlos cerró la puerta con cuidado, sus manos gruesas y callosas —de albañil— aún manchadas de polvo blanco, pero ya desabotonándose lentamente.

No hubo excusas, ni justificaciones. Solo miradas que se fundieron como cera derretida, y gestos que se anticiparon a las palabras. Elena se sentó frente a Lucía, y sin romper el contacto visual, le desató el último botón de la blusa. La seda se deslizó por sus hombros, revelando la suavidad de sus pechos, redondos y firmes, con pezones oscuros como semillas de fruta madura. Lucía no parpadeó. Solo levantó una mano, lenta, y rozó con la yema del dedo el borde del pecho de Elena, sintiendo el calorcín que le subía por dentro.

—Estás más caliente que una tortilla al comienzo del verano —musitó.

Elena rió, baja y gutural, y se inclinó hacia adelante para besar el cuello de Lucía, donde latía el pulso acelerado. Mientras tanto, Mateo ya había perdido la camisa y ayudaba a Carlos a desabrochar el cinturón, mientras con la otra mano exploraba su espalda, sintiendo el arco de sus vértebras, el vello raso bajo los dedos.

El suelo de piedra estaba cubierto con cojines de algodón y una manta gruesa. Nadie se apresuró. Todo era un ritmo lento, casi ceremonial: el roce de muslos, el gemido contenido, la mano que se deslizaba por la cintura de otro como si ya perteneciera a su cuerpo. Lucía se tendió boca arriba, y Mateo la cubrió con su cuerpo, su verga dura ya contra su vientre, la punta mojada de humedad. Ella le rodeó la cintura con las piernas, lo jaló hacia sí, y con una sonrisa traviesa le susurró al oído:

—Chécate cómo te chingamos hoy, mi amor.

Elena se sentó a su lado, con las rodillas separadas, y se deslizó el vestido por las caderas. Su entrepierna brillaba ya con el brillo del deseo, oscura y húmeda como tierra de lluvia. Carlos, ya con los pantalones bajados, se acercó por detrás y le abrazó la cintura, apoyando su boca en su nuca mientras con la mano izquierda le masajeaba un pecho, y con la derecha exploraba su entrada, dos dedos hundidos ya entre sus pliegues, buscando el punto que la hacía arquear la espalda.

—Joder… —exhaló Elena, y Lucía sintió cómo su propio cuerpo respondía, humedeciéndose sin que nadie la tocara.

Mateo se colocó entre las piernas de Lucía, la separó con las manos, y con una lenta presión, entró en ella. Un grito ahogado le escapó —no de dolor, sino de plenitud—, y sus uñas se clavaron en sus brazos. Detrás de Elena, Carlos ya la penetraba, firme, con golpes suaves que hacían temblar sus pechos. Las cuatro manos se cruzaron en el aire, como si buscaran unir dos mundos que ya se conocían.

La luna subía, tibia y dorada, y las velas se consumían sin prisa. El sonido de los cuerpos chocando, de respiraciones entrecortadas, de gemidos que no pedían permiso, sino que simplemente *eran*. Algo antiguo, natural, como el pulso del campo al amanecer. Nadie miraba el reloj. Nadie pensaba en mañana. Solo el ahora, caliente y húmedo, como el interior de una boca cerrada alrededor de un cigarro recién encendido.

Cuando Lucía llegó, fue con un grito que salió de lo más hondo, los músculos internos contrayéndose alrededor de la verga de Mateo, y Elena lo siguió segundos después, con el cuerpo arqueado, los ojos cerrados, los dientes en el hombro de Carlos. Y él, con un gruñido ahogado, se derritió dentro de ella, la frente apoyada en su espalda, sus manos aferradas a sus caderas como si temiera que el mundo se desmoronara.

No hubo palabras después. Solo el silencio cómplice de la piel sudada, los cuerpos entrelazados, los labios que aún sonreían sin razón aparente. El viento movió una vela, y la sombra de cuatro personas —ahora uno solo, fundido en la penumbra— se alargó sobre la pared, como una oración que nadie había dicho, pero todos habían sentido

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