El ascensor se trabó a las tres de la mañana

@marco_vidal ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo no creía en las casualidades, hasta esa noche. Había salido del boliche pasada la una, con el cuerpo pesado del trago y la cabeza llena de risas vacías. Me había quedado hasta tarde porque una mina me tenía encandilado: rubia, de esas que se muerden el labio cuando te miran, con un culo que no se perdona. Pero al final no pasó nada. Me dio un beso en la mejilla y se fue con sus amigas. Y yo, como un boludo, me quedé ahí, mirándola alejarse en taxi.

Tomé un subte, cambié de línea, caminé unas cuadras. Llegué a mi edificio pasadas las tres. Era un viejo inmueble de Ramos Mejía, de los de antes, con ascensor de hierro forjado que crujía como si fuera a desarmarse. Y justamente esa noche, el ascensor se trabó entre el cuarto y el quinto piso.

No me asusté. Al principio, ni siquiera me di cuenta. Subía, tranquilo, con la llave entre los dientes, cuando de golpe el bote se sacudió, dio un quejido metálico y se detuvo. Las luces parpadearon. Me quedé ahí, en penumbra, con el corazón acelerado pero sin pánico. “Ya va a arrancar”, pensé. Pasaron cinco minutos. Diez. Nada.

Saqué el celular. Sin señal. Golpeé el botón de emergencia. No pasó nada.

Y entonces, cuando ya empezaba a maldecir mi suerte, escuché una voz del otro lado de la puerta.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Era una mujer. Joven. La reconocí enseguida: vecina del sexto. No hablábamos mucho, pero la había visto mil veces. Siempre con ropa ajustada, siempre con ese andar que marcaba cada paso. Se llamaba Valeria. Tenía una concha que se adivinaba debajo de la ropa, ancha, generosa, de esas que no se olvidan.

—Sí, acá estoy. También me quedé encerrado —le dije.

—Dios, qué mierda. ¿Vos sos del quinto, no?

—Sí. Marco.

—Valeria. ¿Vos llamaste al botón?

—Sí. No hay respuesta.

Silencio. Luego, un suspiro.

—Bueno… parece que vamos a tener que esperar.

Pasaron otros minutos. Yo sentado en el suelo, con la espalda contra la pared. Ella del otro lado, parada. Le ofrecí que se sentara también. No sé cómo, pero entre el calor, el encierro y el trago que aún me corría por las venas, empezamos a hablar. De nada importante. Del edificio, del encargado que nunca arreglaba nada, del calor que hacía. Pero mientras hablábamos, yo no podía dejar de imaginarla. Y más cuando, de golpe, la luz se apagó del todo.

—Che, ¿viste eso? —dijo.

—Sí. Se fue la luz.

—Qué mierda. Estoy en completa oscuridad.

—Yo también. ¿Querés que me acerque al botón? Por si acaso.

—Dale. Pero con cuidado.

Me paré despacio, guiándome por el tacto. El ascensor era chico. En dos pasos, llegué a la puerta. Pero cuando estiré la mano hacia el panel, sentí algo: su respiración, cerca. Muy cerca.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí… es que… me da un poco de ansiedad esto.

—Mirá, no pasa nada. Acá estoy. No estás sola.

Y entonces, sin pensarlo, sin siquiera saber por qué lo hice, estiré la mano y la toqué. No en la cara, no en el brazo. En la cintura. Justo donde el jean se le ajustaba. Y ella no se movió.

—Marco… —dijo, apenas un susurro.

—Sí.

—No pares.

No dije nada. Solo la acerqué. Y en la oscuridad, sin verla, la besé. Sus labios eran calientes, húmedos. Me devolvió el beso con hambre. Como si hubiera estado esperando ese momento. Sus manos subieron por mi pecho, me agarraron la nuca. Y entonces, entre jadeos, empezó a desabrocharme el cinturón.

—¿Estás segura? —le pregunté.

—Sí. Haceme lo que quieras.

No necesité más. Le baje los jeans, despacio, hasta que sentí su concha al descubierto. Caliente, húmeda, lista. Me agaché, la olí, y le metí la lengua de una. Ella gritó, bajo, como si tuviera miedo de que la oyeran. Pero no paré. Le abrí las piernas con las manos, le chupé el clítoris, le metí dos dedos. Se retorcía, se agarraba de mis hombros, me clavaba las uñas.

—Marco… Marco… cogéme. Ahora.

Me paré, me saqué el jean, y le levanté una pierna. Mi pija, dura como una barra de hierro, buscó su entrada. Y cuando entré, fue como si el mundo se detuviera. Su concha me apretaba, me envolvía, me chupaba. Comencé a moverme despacio, pero ella me agarró las nalgas y me dijo:

—No, más fuerte. Cogéme como si no hubiera un mañana.

Y así fue. Empecé a garcharla a fondo, sin piedad, con ganas. El ascensor temblaba con cada embestida. Ella gritaba, yo gruñía, el aire se llenó de sudor y sexo. Le mordí un pecho, le agarré el culo con fuerza, se lo abrí todo. Quería sentirme dentro de ella como nunca antes. Y ella respondía, empujando, pidiendo más.

—Dale, Marco… dale… no pares…

Sentí que se venía. Su concha se contrajo, me apretó, me estrujó. Y yo, sin sacarla, seguí hasta que el orgasmo la sacudió entera. Gimió, tembló, se aflojó. Pero no terminó ahí.

—Ahora quiero verte —dijo.

Encendió su celular. La luz fría iluminó su cara, su boca entreabierta, sus ojos brillantes. Y entonces se arrodilló. Me miró, sonrió, y me la chupó. Con ganas. Con hambre. Me la tragó entera, sin asco, como si fuera su derecho. Y yo, con las manos en su pelo, sentí que no iba a aguantar mucho.

—Valeria… me voy a venir.

—Dale. Adentro.

Y así fue. Le disparé adentro, en oleadas largas, calientes. Ella no se movió. Se quedó ahí, con mi pija en la boca, hasta que terminé.

Nos quedamos en silencio. Sudados, respirando fuerte. Afuera, el ascensor seguía muerto. Pero a nosotros ya no nos importaba.

—Qué locura —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—Sí. Pero hermosa.

Se puso de pie, se acomodó la ropa. Y entonces, como si nada hubiera pasado, dijo:

—Bueno, Marco. Gracias.

—¿Gracias? Fue mutuo.

—Sí. Pero igual.

Y entonces, de golpe, el ascensor volvió a la vida. Las luces se encendieron, el motor roncó, y el bote comenzó a subir. Ella me miró, sonrió, y salió al sexto sin decir nada más.

Yo me quedé ahí, con la ropa arrugada, el alma en pedazos, y una sonrisa tonta en la cara.

Desde esa noche, cada vez que subo en ese ascensor, pienso en su concha, en su boca, en cómo me miró justo antes de correrse. Y si alguna vez se vuelve a trabar… yo ya sé qué hacer.

También en: Primera vezVoyeurismo

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