El ascensor de la sucursal
Yo no quería enamorarme. Tampoco quería que me descubrieran. Pero vos sabés cómo es esto: cuando el cuerpo pide algo, no hay moral que valga. Y la concha de Lucía me pedía desde el primer día que la vi entrar en la oficina con esos tacos que hacían sonar el piso como si cada paso fuera una advertencia. Alta, morena, con el pelo ondulado hasta los hombros y una mirada que no se detenía en vos, sino que te atravesaba, como si ya supiera lo que ibas a hacer antes de que lo hicieras.
Era la auditora externa. Yo, el gerente de operaciones. No teníamos que juntarnos. Pero ella venía todos los martes, puntual como un reloj suizo, a las tres y diez. Y siempre se quedaba hasta las seis y media, cuando el edificio ya estaba medio vacío, los ascensores casi no funcionaban, y el aire acondicionado bajaba su intensidad como si el edificio también estuviera a punto de dormir.
La primera vez fue un accidente. El ascensor se trabó entre el cuarto y el quinto piso. Oscuro. Calor. Y nosotros dos, solos. Ella me miró, no con miedo, sino con esa curiosidad que a veces tiene el hambre. —¿Y ahora qué hacemos, gerente? —me dijo, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero que encendía todo lo demás. —Aguantamos —le contesté—. O nos entretenemos.
No sé quién se movió primero. Pero el calor nos pegó los cuerpos antes de que nuestros labios se tocaran. Y cuando lo hicieron, fue como si todo el aire del mundo se hubiera ido a otro lado. Su boca sabía a café con azúcar y a algo más oscuro, como si hubiera estado mordiendo algo antes de subir. Me agarró la pija por arriba del pantalón y apretó, sin pedir permiso. —Te gusta esto, ¿no? —me dijo al oído—. Te gusta que te toque una mujer que no es la tuya.
No le respondí con palabras. Le agarré la nuca y la besé más fuerte, metiéndole la lengua hasta el fondo, como si quisiera sacarle el aire. Ella gimió, bajo, gutural, como un animal que reconoce a otro. Me subió la mano por la cintura, me desabrochó el cinturón con una sola mano. Yo le levanté la falda, sin mirar, sin pedir. Ya sabía lo que iba a encontrar: medias de seda, liguero negro, y una concha depilada que brillaba en la penumbra como si estuviera mojada desde antes. —Mirá cómo tenés la concha —le dije, metiéndole un dedo de golpe—. Todo este tiempo fingiendo que no me querías.
Ella se echó para atrás, apoyándose en la pared del ascensor, y me miró con esa mezcla de desprecio y deseo que me encendía más que cualquier otra cosa. —Cógeme —me dijo—. Ahora. Antes de que alguien nos vea.
No necesité más. Me saqué el pantalón y los calzoncillos de una sola tirada. Mi pija salió dura como una barra de acero, hinchada de sangre y de culpa. Ella me miró, se relamió los labios, y se agachó sin sacarme los ojos de encima. Me metió la pija en la boca sin preliminares, como si ya la conociera. Chupó con fuerza, con ganas, con esa mezcla de sumisión y dominación que solo una mujer casada sabe dar. Yo le agarré el pelo y empecé a follarle la boca, entrando y saliendo, mientras el ascensor seguía sin moverse, como si el mundo entero nos estuviera mirando. —Así, así —me dijo, sacándomela un segundo—. Como si estuvieras cagando tu matrimonio.
Volvió a tragarla, hasta la base. Sentí el fondo de su garganta, el cosquilleo, el ahogo. Y me vine. No pude aguantar. Me vine dentro de su boca, con un gemido que no pude controlar, mientras ella tragaba todo, sin derramar ni una gota. —Che, no te vengas todavía —me dijo, limpiándose la comisura con el dedo—. Aún no te di permiso.
Me paré, me limpié rápido con un pañuelo, y le di vuelta. Le bajé las medias hasta los tobillos, le agarré el culo con ambas manos, y le separé las nalgas. Tenía el ano chico, apretado, pero la concha chorreaba. Me puse un dedo en la boca, lo humedecí bien, y se lo metí por atrás, solo un poco, solo para que supiera que podía. Ella jadeó, se dobló, y apoyó la frente contra la pared. —Sí —dijo—. Ahí. Justo ahí.
Saqué el dedo y le metí la pija de una sola estocada. Gritó, pero bajo, como si no quisiera que nadie la escuchara. Pero yo quería que me escucharan. Quería que todo el edificio supiera que Lucía, la auditora seria, la que usaba anteojos y hablaba de contabilidad, estaba ahora siendo garchada en el ascensor por el gerente, con la falda arriba y el culo al aire. —Dame más —me dijo—. Dámela toda.
Y se la di. Una y otra vez. Le agarré las caderas y empecé a cogerla como si no hubiera un mañana, como si el ascensor pudiera moverse en cualquier momento y nos encontraran en pleno acto. Pero no se movió. Solo estábamos nosotros, el sonido de la carne chocando, sus gemidos ahogados, mi respiración cada vez más pesada. —¿Te gusta que te folle así, eh? —le dije—. ¿Te gusta que te use como una perra?
—Sí —jadeó—. Sí, gerente. Usame. Rompeme la concha.
Y casi lo hago. Casi me vengo otra vez, pero me salí justo a tiempo. La di vuelta, la apreté contra la pared, y le metí la pija otra vez, esta vez de frente. Me agarró el cuello, me clavó las uñas, y empezó a moverse ella, a cogerme a mí, como si fuera yo el que estaba siendo usado. —Así —le dije—. Mové ese culo. Movelo para mí.
Y lo hizo. Subía y bajaba, me cogía con fuerza, con rabia, como si estuviera castigándome por algo. Y quizás lo estaba haciendo. Porque cuando se vino, gritó mi nombre, no el de su marido, no el de su jefe, sino el mío. Y se vino tan fuerte que sentí cómo se contraía alrededor de mi pija, cómo me exprimía el último resto de cordura. —Ahora sí —me dijo, jadeando—. Ahora venite.
Y me vine. Dentro de ella. Dos, tres, cuatro embestidas más, y me descargué todo, hasta que no quedó nada. Nos quedamos así, pegados, sudados, con el olor del sexo flotando en el aire. —Mañana vengo —dijo, acomodándose la ropa—. A las tres y diez.
No le pregunté por qué. No necesitaba saberlo. El ascensor se encendió de nuevo, las luces parpadearon, y las puertas se abrieron en el quinto piso. Ella salió sin mirarme, como si nada hubiera pasado. Pero al día siguiente, a las tres y diez, estaba ahí. Y el otro. Y el otro. Porque ahora el ascensor no se traba. Ahora lo llamo yo. A propósito. Y ella sube. Y yo la cogo. Y el edificio sigue sin saberlo. Pero el ascensor sí. Y yo también.
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