El arte de esperar
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El sol del mediodía se colaba por las rendijas del *balcón* de la casa de la esquina, entre los árboles de guayacán que marcaban la calle. Ella estaba sentada en una silla de madera, los pies descalzos sobre el piso de losa, los tobillos cruzados con esa naturalidad de quien no sabe que está siendo observada —o sí, quizás sí—. Se llamaba Lucía. Treinta y tantos, cabello negro, suelto, con mechas doradas por el sol del verano. Llevaba una blusa blanca, abierta hasta el ombligo, sin sujetador, y debajo de la tela, los pechos se marcaban como si fueran dos sombras vivas, que respiraban, que latían con el calor.
Él, Santiago, estaba parado a tres metros, apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de su pantalón de lino. No se movía. Solo la miraba. La miraba mientras ella giraba un vaso de plástico entre los dedos, como si estuviera contando las gotas que aún quedaban en su interior. Había bebido limonada con hielo, y la humedad le pegaba el vaso a las palmas. Cuando por fin dejó el vaso sobre la mesa de metal, se llevó la mano al cuello y se desabrochó el primer botón de la blusa.
—¿Tienes sed, Santiago? —preguntó, sin mirarlo.
Él asintió, pero no se acercó. En su lugar, se quitó los zapatos y se sentó en el piso, al otro lado de la mesa. Las rodillas dobladas, las manos sobre los muslos. Ella lo observó entonces, con lentitud, como si desarmara un mecanismo invisible. Le bajó la mirada por el pecho, por el estómago, hasta los pantalones. No era un escrutinio agresivo. Era un recorrido, pausado, como quien hojea un libro de poemas y se detiene en la página que sabe que va a cambiarlo.
—¿Quieres que te sirva algo más? —volvió a decir, y esta vez sí lo miró a los ojos.
—No —respondió él, voz baja, pausada—. Solo quiero verte.
Ella no sonrió. Solo inclinó la cabeza, como si aceptara un pacto antiguo. Se puso de pie despacio, y con la misma calma desabrochó los tres botones restantes. La tela se abrió como una flor de papel, y dejó ver los pechos, redondos, firmes, con pezones morenos y elevados por el calor. No los cubrió. Se acercó a la mesa, tomó el vaso vacío, y lo puso en el piso, frente a él. Luego, se sentó en el borde de la silla, las piernas abiertas, los muslos tensos bajo el Short de algodón. No era provocación. Era invitación hecha con la seguridad de quien sabe que el otro va a aceptar.
Él se levantó.
No con prisa. No con ansiedad. Se acercó con el paso de quien sube una escalera de madera en la noche, sabiendo que cada peldaño cruje, pero sin apurar el sonido. Se detuvo frente a ella. Bajó la mano, pero no la extendió hacia su cara. La posó sobre su muslo, apenas, como si midiera la temperatura de la piel. Ella no se movió. Solo respiró más hondo, y su pecho se elevó como si estuviera a punto de saltar una valla invisible.
—¿Te gusta así? —preguntó él, sin soltar la tela del Short.
—Sí —dijo ella—. Pero no te apresures.
Él asintió de nuevo. Y entonces, con lentitud, se arrodilló frente a ella. No entre sus piernas. Al lado, como si estuviera poniéndose a la altura de una estatua. Le pasó el pulgar por el labio superior del Short, y sintió el calor que emanaba de allí, el latido sordo, el latido que ya sabía que iba a ser suyo. Ella cerró los ojos. No por vergüenza. Porque sabía lo que venía: no el acto, sino la espera. La anticipación. El arte de esperar.
—¿Sabes qué me gusta de ti, Lucía? —preguntó él, voz más baja aún.
—Dime.
—Que esperas. Que no corras. Que dejas que el tiempo se ponga de tu lado.
Ella abrió los ojos. Lo miró. Y por primera vez, sonrió. Pequeño. De labios. Pero con todo el cuerpo.
—Entonces —dijo—, empieza.
Y él se inclinó. No hacia abajo. Hacia adentro. Hacia la curva de su cuello, hacia el sabor del aire que ella había exhalar. Y allí, entre el silencio del mediodía y el zumbido de las abejas en los guayacanes, comenzó lo que no se veía, pero sí se sentía. Lo que no se oía, pero sí se saboreaba. El silencio hecho palabra. El deseo hecho tiempo.
¿Qué tanto te calentó?
Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.