El Agujero del Olvido
Lupita se miró en el espejo del baño del bar *La Esquina del Diablo*, se ajustó el top de malla que apenas contenía sus pechos, y se puso los lentes oscuros aunque ya era de noche. Tenía treinta y tantos, los suficientes como para saber que el sexo anal no era cosa de adolescentes, pero sí algo que había estado escondiendo tras una sonrisa falsa y promesas vacías. Hasta hoy.
Había visto a Marco desde el primer minuto. No era el más alto, ni el más musculoso, pero tenía esa mirada tranquila de quien no tiene nada que demostrar, y eso lo hacía peligroso. Estaba sentado en el bar, con una cervera en la mano, los codos apoyados en la barra, los ojos fijos en ella como si ya la conociera desde hace años.
—¿Te paso algo? —le preguntó cuando se acercó, con esa voz grave que le hacía temblar el ombligo.
—Nada que no pueda arreglar con una copa y un buen coño —respondió ella, lanzándole una sonrisa que se le congeló en la cara cuando él soltó una risa baja, casi burlona.
—No te preocupes —dijo Marco—. Yo no busco coño. Busco culo.
Lupita se quedó parada, con las cejas alzadas. En su vida había tenido que escuchar eso con tanta naturalidad. Enseguida se le encendió la sangre.
—¿Y si digo que nunca lo he hecho?
—Entonces serías la primera vez —dijo él, acercándose, tan cerca que sintió el calor de su pecho a través del top—. Y créeme: si te duermes en los laureles, te voy a despertar con la verga en el culo.
No fue coqueteo. Fue una promesa.
El bar estaba lleno de música electrónica, humo y sudor. Ella lo tomó de la manga y lo llevó a su auto, un viejo Jetta gris que olía a cuero viejo y café recién hecho. En el camino, hablaron de todo menos de sexo. De su trabajo en una editorial de poesía experimental, de sus miedos a volverse invisible a los cuarenta, de cómo odiaban las fiestas de cumpleaños donde todos hablaban de hijos y hipotecas.
—¿Por qué anal? —le preguntó ella cuando aparcaron en una calle oscura, cerca del río.
—Porque el coño ya lo han usado todos —dijo él, desabotonándole la blusa—. Pero el culo… el culo es tuyo. Nadie lo toca si tú no lo dices. Y cuando lo tocan, tiene que ser como si estuvieras soñando con que te estaban robando algo que no sabías que tenías.
Ella se sonrió. No de vergüenza. De reconocimiento.
En su departamento, las luces estaban bajas, y el aire olía a incienso de sándalo y a su perfume, uno que decía *lindo pero peligroso*. Marco se quitó la camisa y se puso de pie frente a ella, con los pantalones todavía puestos. Le tomó las manos y se las puso sobre su entrepierna.
—Siente —le dijo.
Ella rozó la tela, sintió la forma dura y larga de su verga, y soltó un suspiro. No esperaba que estuviera tan grande.
—¿Te asusta? —preguntó él.
—No. Me da curiosidad. Como cuando abres una puerta que no sabes si hay un perro detrás o un tesoro.
—Si te asustas, paro. Si me dices *¡basta!*, me levanto y me voy. Pero si me dices *¡sí!*… —y con eso, le metió la lengua en la boca, mientras le desabrochaba el sujetador y sacaba sus pechos.
Ella lo empujó hacia la cama. Se quitó el vestido de un golpe y se sentó sobre él, con las nalgas en sus muslos, la verga ya dura contra su ombligo. Se mojó los dedos con saliva y se los metió uno por uno en el coño, ensuciándose con su propia humedad. Luego, con cuidado, rozó el anillo de su culo con la punta de su dedo índice.
—¿Así? —preguntó.
—No —dijo él, volteándola—. Ahí es donde te voy a chupar hasta que te olvides de tu nombre.
Se puso entre sus piernas y le abrió las nalgas con las manos, como si estuviera preparando una ofrenda. Su lengua entró en su ano sin pedir permiso, y Lupita gritó. No de dolor. De sorpresa. Porque nunca nadie le había hecho eso. Porque el gusto era agrio, salado, animal. Marco la lamía como si fuera un chilacuate recién salido del fogón: lento, con sabor, sin prisa. Le dio un mordisco suave en la nalgas, le chupó el plátano, le rozó el ano con los dientes.
—Estás temblando —dijo él, sin dejar de besarle el pliegue.
—No es miedo —respondió ella—. Es que me estoy follando tu lengua.
Él se levantó, se quitó los pantalones y la verga saltó como un perro excited, tiesa, brillante de preseminal. Lupita la sostuvo con ambas manos, la acarició desde la base hasta la punta, observó cómo se ensanchaba el glande. Se untó un poco de lubricante en los dedos y se lo metió en el culo, uno, dos, tres, moviendo las muñecas como si estuviera abriendo una caja fuerte.
—Estás listo para entrar —dijo ella, sonriendo—. Pero no te creas que te voy a dar el asiento de honor.
Se subió sobre él, con las piernas a los lados, y se bajó lentamente, hasta que su culo se sentó sobre la verga. No fue una entrada brusca. Fue como cuando el sol entra por la ventana después de una tormenta: lenta, cálida, inevitable. Marco soltó un gruñido, agarró sus caderas, y le clavó las uñas en la piel.
—Te voy a llenar hasta que te salgas por la boca —dijo.
Ella se movió, subiendo y bajando, con la espalda arqueada, el pelo pegado al sudor, los pechos balanceándose como dos sandías maduras. Cada vez que bajaba, su culo chocaba contra los testículos de él, y cada vez que subía, la verga se deslizaba entre sus nalgas como un cuchillo caliente.
—¡Sí! —gritó ella—. ¡Así! ¡Me estás chingando el culo como si fuera la última vez que vas a ver el cielo!
Él la volteó de golpe y la metió boca abajo, con las piernas en el aire, su culo en su cara, la verga ya hundida hasta la raíz. Le dio una nalgada seca, fuerte, y ella soltó un gemido que parecía un lamento.
—No te muevas —dijo él—. Déjate chingar.
Y la chingó. Con una fuerza que no era de furia, sino de necesidad. Cada embestida le sacaba un chillido, una palabra suelta, una súplica. Ella se frotaba el clítoris con los dedos, con la almohada, con cualquier cosa que estuviera cerca. Marco la agarró de las caderas, la levantó un poco y la bajó sobre su verga con tal fuerza que ella sintió que se le salía el alma por el culo.
—¡Te voy a hacer gritar mi nombre como si fuera un exorcismo! —dijo él, y la clavó contra la cama.
Ella se corrió como una bomba. Su cuerpo se arqueó, sus piernas temblaron, y gritó *¡Marco!* como si fuera una oración. Él la siguió un segundo después, con un grito gutural, sacudiéndole el culo con las manos, su verga latiendo dentro de su cuerpo como un corazón loco.
Cuando todo terminó, quedaron quietos, sudados, el uno encima del otro, con la verga aún dentro de ella, goteando.
—¿Volveremos a hacerlo? —preguntó ella.
—No —dijo él, besándole el cuello—. Ya lo hicimos. Y eso es todo lo que necesito saber.
Y se durmieron así, con sus cuerpos entrelazados, con el olor de su sexo en el aire, y con la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, Lupita no se sentía invisible. Se sentía *comida*, y nadie la iba a devolver.
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