Cuando mi vecina trans me pidió que le mamaran el pito hasta que se corrió
6 minCuando mi vecina trans me pidió que le mamaran el pito hasta que se corrió
En el quinto piso del edificio San Isidro, donde el aire acondicionado goteaba por las cañerías y los vecinos se oían hasta cuando tosían, conocí a Daniela. No fue amor a primera vista, ni siquiera curiosidad: fue el olor a crema de coco y sudor caliente que salía por su puerta cuando bajaba a la calle a fumar un cigarro, sentada en el borde de la escalera, con las piernas separadas y el teléfono en la mano. Ella era de las que se dejaban ver en bata corta, sin sostén, y con el pelo recogido en un moño torcido que le dejaba ver el cuello estirado, las clavículas marcadas, y ese pico de vello que le bajaba desde el ombligo hasta el pubis, donde ya no había pelo de hombre, sino una curva suave, como de mujer hecha y derecha.
—Oye, ¿tú eres el de al lado? —me preguntó una tarde, con voz ronca, como si hubiera estado gritando todo el día. Me acercé sin decir nada, con la bolsa del mercado en la mano. Ella se levantó lento, como si sus rodillas le dolieran, y me miró de arriba abajo, sin vergüenza, sin prisa.
—Me encanta cómo te cuelga la camiseta —dijo, y se llevó el cigarro a los labios, exhalando humo hacia mi cara—. ¿Te miro el pito un ratito?
Me riñó por dentro, claro, pero no me fui. Me quedé, con las llaves del auto en la mano, sintiendo que me ponía duro sin pedírmelo. Ella se rio, como si me hubiera leído la mente.
—No te asustes, wey. Soy trans, pero ya me operé. Me puse implantes, me sacaron los cojones, me hicieron una vulva de verdad. Ya soy 100% mujer. Pero me gusta que me miren, que me toquen, que me hagan sentir que aún tengo pito… porque lo tengo. Me lo dejaron, pero más pequeño, más suave. Lo uso para mamar y para que me lo chupen cuando me coro.
Me llamó la semana siguiente. Me esperaba en su apartamento, con la puerta entreabierta y música de Juan Gabriel sonando en la cocina. Ella estaba en la cama, sentada, con una bata abierta, sin nada debajo, las piernas ligeramente separadas, y entre ellas, un pene de unos catorce centímetros, flácido, pero bien formado, sin pelos, con el glande rosado, como de recién nacido. Tenía los pechos pequeños, naturales, pero bien colgados, y el ombligo marcado, como de bailarina de cabaret.
—¿Quieres verlo en acción? —preguntó, sin prisa. Se llevó la mano entre las piernas y se acarició suave, moviendo la cadera—. Aún me excita que me toquen ahí. Aunque ya no me sale esperma, me corre como agua. Me gusta que me lo chupen bien fuerte, hasta que me tiemblan los muslos y me salen los ojos.
Me acerqué. Me senté en la orilla de la cama. Ella me tomó de la camisa y me tiró hacia adelante.
—No me mires los ojos. Mírame la entrepierna. Mira cómo se pone duro solo de pensar que vas a chupármelo.
Lo hizo. Me puso la cara entre sus muslos, me separó los labios de la vulva con los dedos, y me metió el pito en la boca. No fue suave. Fue directo: el glande contra mi paladar, el corredor contra la lengua, el vástago apretado contra el fondo de la garganta. Yo tosí, pero ella no me soltó. Me sujetó la cabeza con fuerza, y me dijo:
—Más hondo. Más fuerte. Muerde con suavidad, pero no me sueltes. Míralo, mami. Mira cómo se te pone tieso.
Y así fue. Chupé su pito como si fuera lo último que me quedaba en el mundo. Lo lamí, lo giré con la lengua, lo chupé con fuerza, tragando su pre-cum cuando me salió. Ella gemía en voz baja, con los ojos cerrados, los dientes apretados, las uñas clavadas en mi cuero cabelludo.
—Aaaah, sí… sí… así… más con la lengua en el culo del pito… que rico… —murmuraba, moviendo la cadera.
Y entonces lo hizo: me empujó la cabeza contra su culo, me separó los testículos con los dedos y me metió el pene entero, hasta la raíz, con un movimiento brusco, como si me estuviera violando. Yo sentí su cuerpo estremecerse, sus piernas temblar, y un chorro caliente de fluido claro salir de su uretra, que yo tragué sin pensarlo, con la boca llena, con los ojos llorando de tanto chupar.
—¡Aaah! ¡Me corrí! —gritó—. ¡Me corrí con tu boca llena! ¡Dime que lo sentiste, wey!
Me soltó de golpe, se echó hacia atrás, con el pecho subiendo y bajando, y me miró con una sonrisa sucia, con la lengua fuera.
—Ahorita te lo muestro —dijo, y se levantó, se dio la vuelta y se agachó, separándose los labios con los dedos. Me mostró su vulva, ya hinchada, con los bigotes abiertos, y una gota de fluido que le colgaba del clítoris.
—Mira cómo me quedó. ¿Te gustó? —preguntó, y se volvió, se sentó de nuevo en la cama, me abrió las piernas, y me dijo—: Ahora tú me lo metes. Quiero sentir tu pito entrando, aunque no lo use para nada. Solo para sentir que aún soy mujer, y que puedo tener un hombre encima, mami.
Yo ya no dudé. Me desabroché el pantalón, saqué mi pito, que ya estaba duro desde el primer chupetazo. Lo rocé contra su vulva, contra su clítoris hinchado, y luego la empujé suave, metiéndome entre sus muslos. Ella me ayudó, me puso la mano en la polla y me la guió hasta su entrada. Estaba mojada, tibia, como si ya me estuviera esperando.
—Más fuerte —dijo—. Que no me duela, que me guste.
Y así fue: la cogí con fuerza, pero sin brusquedad. Le metí el pito entero en una sola empujada, sintiendo su cuerpo estremecerse, sus uñas clavarse en mis brazos. Ella se puso en puntillas, me besó el cuello, me mordió la oreja, y me dijo al oído:
—Sí, wey… así… más fuerte… que te corras dentro de mí… que te corras y me llenes de tu semilla… aunque yo ya no pueda tener hijos, me gusta sentir que me la metes hasta la raíz… que me la metes como si yo fuera tu mujer.
Y mientras me corría, sintiendo que mi pito palpitaba dentro de su cuerpo, ella me abrazó fuerte, me besó la frente, y me dijo:
—Gracias, wey. Hoy me sentí mujer de verdad. No por lo que tengo abajo, sino por cómo me tocaste. Por cómo te dejaste mamar. Por cómo me cogiste como si yo fuera la única mujer en el mundo.
No volví a hablar con ella después de esa noche. Pero cada vez que paso frente a su puerta, y veo el olor a coco y sudor caliente, sonrío, y me acordó de su pito pequeño, de su vulva hinchada, y de cómo me pidió que le mamaran hasta que se corrió.
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