Cuando mi jefa me obligó a arrodillarme antes de la reunión
5 minCuando mi jefa me obligó a arrodillarme antes de la reunión
Yo nunca pensé que iba a terminar así. Me había pasado tres años trabajando en esa empresa sin que nadie sospechara que, detrás de mi corbata impecable y mi sonrisa profesional, llevaba un secreto que me hacía temblar cada vez que ella me miraba con esos ojos de gata hambrienta. Lucía era mi jefa. Cuarenta y dos años, pelo negro como tinta, tetas grandes que se movían con cada paso, y una voz que, cuando bajaba un tono, me hacía olvidar que era mi superior. Nos conocíamos desde hace un año. Ella me había subido de puesto, me había defendido en reuniones, me había invitado a cenar… y cada vez que me decía “ven a mi oficina”, yo sabía que no era para hablar de presupuestos.
El martes pasado fue el día en que todo cambió. No hubo advertencias. No hubo palabras suaves. Solo ella, de pie detrás de su escritorio, con los tacones aún puestos, el vestido negro ceñido, y una mirada que no dejaba lugar a dudas.
—¿Te acuerdas de lo que te dije la semana pasada? —preguntó, sin mirarme a los ojos, como si estuviera revisando un informe.
—Sí —respondí, la garganta seca.
—Dijiste que estabas dispuesto a hacer lo que fuera para demostrar tu compromiso.
No respondí. No me atreví. Solo asentí.
Ella se acercó. Tanto que sentí su perfume: vainilla y tabaco. Me tomó la corbata con dos dedos y la tiró hacia abajo, deshaciendo el nudo con una fuerza que me hizo gemir.
—¿Te importa si te quito esto?
—No —susurré.
—¿Y si te digo que te quites la camisa?
—No me importa.
—¿Y si te digo que te arrodilles?
Me quedé quieto. El corazón me latía en los oídos. Sabía que era un juego. Sabía que era consentido. Sabía que si decía no, ella pararía. Pero yo no quería que parara.
Me arrodillé.
El suelo de mármol era frío contra mis rodillas. Ella se puso frente a mí, a un paso, y me miró desde arriba, como si fuera un perro esperando la orden.
—Abre la boca.
Lo hice. Sin vacilar. La saliva se me acumuló en la lengua. Ella se desabrochó el vestido por detrás, lo dejó caer al suelo, y se quedó solo con la ropa interior: un tanga negro, fino como seda, y un sujetador de encaje que apenas contenía sus pechos. Se inclinó, y me puso la punta de un dedo en los labios.
—Chupa.
No lo pensé. Lo hice. La piel de su dedo era salada, húmeda. Ella se deslizó el tanga por las caderas, lo arrojó al suelo, y se puso encima de mí, con las piernas a ambos lados de mi cabeza. Su vagina estaba brillante. Húmeda. Abierta. Yo no me moví. Solo la miré, con los ojos como platos.
—No te muevas —ordenó—. Te voy a coger la cara.
Y lo hizo. Se bajó lentamente, hasta que su clítoris rozó mis labios. Yo no pude contenerlo. Abrí la boca y la lamí. Ella soltó un grito ahogado, se agarró a mi cabello y me empujó más fuerte.
—Sí. Así. Lame como si fuera a morir sin hacerlo.
Lo hice. Con la lengua. Con los labios. Con la garganta. La hice gemir. La hice temblar. Ella se movía con un ritmo lento, calculado, como si estuviera disfrutando cada segundo de mi sumisión. Y cuando sentí que se acercaba, me agarró la cabeza con ambas manos y me obligó a meter la lengua dentro de su vagina.
—Chupa. Chupa hasta que te salgas de la boca.
Lo hice. La sentí contra mi paladar, la sentí contra mi garganta, la sentí estallar. Ella gritó, con los ojos cerrados, el cuerpo arqueado, y su líquido me cubrió la cara, la barbilla, el cuello. No me moví. No me limpié. Solo respiré su olor, y ella se desplomó sobre mí, con el pecho subiendo y bajando.
—¿Te gustó?
—Sí —respondí, con la voz rota.
—¿Quieres más?
Asentí. Ella se levantó, me tomó de la mano, y me llevó hasta su silla de cuero. Me hizo girar, y me puso de rodillas frente a su escritorio. Me desabrochó el pantalón, me bajó los calzoncillos, y me tomó el pene con la mano.
—Voy a hacerte venir aquí, en el suelo, y luego te voy a meter el pene en la boca.
No dije nada. Solo cerré los ojos.
Ella me apretó con fuerza, y con la otra mano me abrió las nalgas. Me metió un dedo. Luego dos. Luego tres. Me estiró. Me abrió. Me preparó. Y cuando sentí que estaba listo, me empujó hacia adelante, y me puso el pene en la boca.
—Chupa. No te detengas.
Lo hice. La lengua, la garganta, los labios. Ella se movía con lentitud, como si estuviera disfrutando cada latido de mi mandíbula. Me cogió del cabello, me tiró hacia atrás, y me metió el pene hasta la base. Yo tosí. Gruñí. Ella rió.
—Eres mi perro, ¿sabes? —dijo—. Mi perro bien entrenado.
Y entonces, sin más, me soltó. Se sentó en su escritorio, se abrió las piernas, y se puso encima de mí, con su vagina justo encima de mi cara.
—Ahora, te voy a coger el culo.
No tuve tiempo de responder. Me levantó, me dio la vuelta, y me empujó contra el escritorio. Me metió dos dedos en el ano, me lubrificó con su saliva, y luego, sin más, me metió el pene.
No fue suave. No fue cariñoso. Fue brutal. Fue real. Ella me agarró de los hombros, me clavó las uñas, y me empujó con fuerza. Yo grité. Ella se reía. Me cogía con cada golpe, con cada empujón, con cada sacudida. Me llenaba. Me rompía. Me hacía perder el control.
—Vas a venir aquí, ¿sí? —me preguntó.
—Sí —gimió.
—Vas a venir conmigo dentro.
Y lo hice. Me corrió en el culo, con ella dentro, gritando su nombre, con las manos en el borde del escritorio, con la cara pegada al vidrio, con el semen saliendo por mi pene, con ella gritando mi nombre como si fuera su última palabra.
Cuando terminó, se bajó, se puso el vestido, y me miró.
—Mañana, a las 8:30, tenemos reunión. Llega con el cuello limpio.
Y se fue.
Yo me quedé allí, en el suelo, con el culo abierto, la cara llena de su sexo, y el pene aún goteando.
Y mañana, volveré. Porque ella sabe que no puedo decir que no.
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Sexo con sonrisa. Me gustan las situaciones cotidianas que se salen de control, el humor y lo que pasa cuando dos personas se atreven.