Cuando me di una vuelta en la cama conmigo misma

Cuando me di una vuelta en la cama conmigo misma

@valeria_storm ·28 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (23) · 11 lecturas · 3 min de lectura

La cama crujía como si tuviera ganas de contar secretos. Valeria, con el pelo despeinado y los labios hinchados de sueño, se dejó caer boca arriba sobre el colchón, aún con el uniforme de trabajo: blusa blanca arrugada, falda por debajo de las rodillas y medias media apretadas que le marcaban el muslo. Había llegado hace media hora, exhausta, con el celular vibrando en el bolsillo —una llamada de su ex que no respondió— y un calor insoportable en la entrepierna que no era de la temperatura ambiente. Era más bien ese calor que nace cuando el cuerpo ya sabe lo que quiere, aunque la mente aún no lo haya confirmado.

Se giró de lado, metió una mano debajo de la falda y deslizó la medias media hasta la rodilla con un movimiento lento, deliberado. El algodón le rozó el muslo, y un estremecimiento le subió por la columna. Ya no era solo cansancio: era deseo, claro y contundente, como un trueno que llega sin anuncio.

Con la otra mano se desabotonó la blusa, pausa tras pausa, dejando al descubierto el sujetador negro de encaje que le apretaba los pechos como si los quisiera guardar para sí misma. Se los acarició por fuera, luego se metió los dedos bajo la copa y los apretó, apretando al mismo tiempo los muslos juntos. Un gemido bajo, apenas un susurro entre dientes, se le escapó: *“Jesús…”* No era de sorpresa, era de reconocimiento. Sí, eso era lo que necesitaba. Justo eso.

Se sacó los zapatos, luego la falda, y se quedó ahí, sentada sobre la cama, con las medias a medio quitar, el cabello cayéndole en el rostro, los pechos subiendo y bajando con la respiración entrecortada. Se pasó la lengua por los labios y, sin mirar, se desabrochó el sujetador con una sola mano. Se lo quitó con un gesto seco y lo dejó caer al suelo, como si ya no le sirviera de nada. Los pechos le rebotaron suaves, redondos, con las pezones ya duros y hinchados, oscuros como cerezas maduras.

Se tumbó de nuevo, estiró las piernas, y con las yemas de los dedos se deslizó por el vientre, bajando hasta el borde de la bragas. El tejido estaba ya húmedo, pegado a su piel, y cuando rozó con el pulgar el clítoris, un espasmo le recorrió el cuerpo. Se mordió el labio, no para callar, sino para saborear el contraste entre el dolor sutil y el placer que subía, cada vez más fuerte.

Metió dos dedos, uno tras otro, dentro de sí misma. Estaba caliente, húmeda, lista. Se arqueó, cerró los ojos, y empezó a moverlos con ritmo, lento al principio, para saborear cada centímetro, cada fricción. Se frotó el clítoris con el pulgar al mismo tiempo, presionando con firmeza. Suspiró su nombre: *“Valeria…”* como si fuera otro quien la tocaba, como si no estuviera mirando su propia mano, su propio cuerpo entregándose.

La cama crujía más fuerte ahora, como si también quisiera participar. Se meneaba un poco, rozando las sábanas con las nalgas, abriendo las piernas más, hasta que sintió el borde de la almohada presionándole la espalda baja. Un tercero no le bastaba. No necesitaba más que a sí misma, a su propio cuerpo, a su propio ritmo. Se dejó llevar, con los ojos cerrados y la frente sudorosa, hasta que un estremecimiento intenso la sacudió desde lo más hondo: el cuerpo se le tensó, los dedos se le crisparon, y un gemido largo y agudo le salió del pecho, como una súplica que ya no necesitaba ser escuchada.

Se quedó quieta, con la respiración aún agitada, los pechos subiendo y bajando, los dedos aún dentro de ella, moviéndose con lentitud ahora, para no perder el rastro del placer. Sonrió, por fin, con la boca entreabierta y los ojos brillantes. Se levantó, se quitó las medias con un gesto despreocupado, y se dirigió al baño. Se miró en el espejo: piel rosada, labios hinchados, pelo revuelto. Se mojó las yemas de los dedos con agua fría y se los pasó por la cara. Luego se dijo, en voz baja, con una sonrisa pícara: —*Oiga, Valeria… te has dado una vuelta bien chingona.*

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Sin esperar a mañana. Encuentros casuales, deseo inmediato, esa urgencia de quererlo todo ya. Escribo el ahora.

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