Cuando me cogió la dueña de la librería de viejo
8 minCuando me cogió la dueña de la librería de viejo
Nunca pensé que un día me encontraría jadeando entre los estantes polvorientos de esa librería, con las manos temblorosas y el corazón a punto de saltarme del pecho, mientras una mujer mayor que yo me hacía cosas que ni en mis sueños más obscenos me atrevería a imaginar.
Me llamaba Lucía. Tenía cincuenta y pico, aunque no se le notaba. Se movía con esa calma de quien sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo. Llevaba el pelo cano recogido en un moño suelto, gafas redondas de armazón negro y blusas de seda que se ajustaban a su cintura estrecha y a sus caderas anchas, como si el cuerpo le hubiera rendido honra después de los cincuenta y algo de años, y no al revés. Yo iba todos los viernes a la librería desde hacía ya más de un año, solo por casualidad —o eso creía—. Buscaba libros de filosofía frágil, de los que se deshacen al tocarlos, los que huele a papel envejecido y tinta que se desvanece. Ella siempre estaba allí, detrás del mostrador, escribiendo con una pluma estilográfica en una libreta de cuero, o hojeando algo con una sonrisa que no estaba destinada para nadie… hasta que me vio a mí.
La primera vez que hablamos fue por un libro de Baudrillard, *La guerra simbólica*. Yo lo estaba hojeando, en voz baja repitiendo frases que no entendía del todo, cuando ella se acercó sin hacer ruido, como si el suelo de madera hubiera aprendido a callar para no delatarla. Me preguntó si lo había leído antes. Le dije que no, que solo lo hojeaba. Ella asintió, me lo quitó de las manos, lo hojeó a su turno, y me dijo: *“Es mejor leerlo con miedo. Si no te da escalofríos al menos una vez, no lo estás leyendo bien.”* Me sonrió. Yo me sonrojé. Esa fue la primera vez que me sonrojé por algo más que vergüenza.
Después empezamos a hablar más. No de libros, no de filosofía. De cosas pequeñas: el olor a lluvia en el barrio, cómo el café se enfría demasiado rápido en esa taza de porcelana que ella usaba siempre, qué música ponía de noche cuando cerraba la librería y se quedaba sola escribiendo. Ella no me preguntaba por mi edad, mi trabajo, mi vida. Yo tampoco le preguntaba por su pasado. Solo dejábamos que las palabras se deslizaran entre nosotras como humo, sin presión, sin urgencia.
Pero algo estaba cambiando. Cada vez que entraba, el aire se volvía más denso, como si el espacio entre los estantes se hubiera encogido, como si el silencio se hubiera vuelto más espeso, más húmedo. Yo sentía su mirada en la nuca cuando yo fingía hojearme un libro. Sentía su aliento en el cuello cuando pasaba al lado mío para alcanzarme algo del estante superior. No era imaginación. Era real. Y ella lo sabía. Ella lo celebraba.
Un viernes, a finales de mayo, llovía a cántaros. La librería estaba cerrada. Las luces tenues, apenas un resplandor anaranjado que se reflejaba en los cristales empañados. Yo había quedado con ella para devolverle un libro que me había prestado: *El Eternauta*, edición de bolsillo, con anotaciones al margen hechas con lápiz azul. Cuando llegué, ella me esperaba en la puerta, con un abrigo de lana gris y los cabellos mojados pegados a las sienes. Me besó en la mejilla. Me olía a vainilla y humo de tabaco frío.
—¿Te quedaste sin paraguas otra vez? —me preguntó.
—Sí —respondí, como siempre.
—Pobrecito.
Y entonces me tomó del brazo y me llevó al fondo de la librería, donde había un sofá antiguo, uno de esos que parecen haber sido comprados en una subasta de muebles de hospital, pero que, en sus manos, parecían hecho de terciopelo. Me senté. Ella se quitó el abrigo, lo dobló con lentitud, y lo dejó sobre una silla. Se sentó frente a mí, entre mis piernas abiertas, con las rodillas casi tocando las mías.
—Me gusta cómo me miras —dijo, sin quitar los ojos de mí.
—¿Cómo?
—Como si supieras que voy a hacer algo que no debiera.
Me mordí el labio. No respondí.
Ella se inclinó hacia adelante, con una calma que me dio ganas de correr y de quedarme quieto al mismo tiempo. Me tomó una mano, la acercó a su pecho. Sentí el latido allí, fuerte, firme, como un tambor de guerra. Me miró a los ojos y dijo:
—¿Te gusta sentirlo?
Asentí.
—¿Quieres que lo sientas más?
Esta vez no respondí. Solo la miré, con la boca seca y las manos temblorosas.
Ella se levantó. Me tomó de la mano y me obligó a ponerme de pie. Me dio la espalda, lentamente, como si cada movimiento fuera un acto de devoción, y se quitó la blusa de seda. No se quitó el sujetador. Pero lo dejó colgado de un hombro, como un adorno. Me di cuenta entonces de que debajo no llevaba más que un corsé de encaje negro, ajustado hasta el límite de lo soportable. Me miró por encima del hombro y me sonrió.
—¿Te gusta?
—Sí —susurré.
—Entonces, acércate.
Me acerqué. Me puse de pie frente a ella. Ella me tomó la barbilla y me obligó a mirarla a los ojos. Me besó. No fue un beso suave. Fue un beso de quien sabe que ya no hay vuelta atrás. Me mordió el labio inferior, me lamió el contorno de la boca, y luego me empujó contra el sofá. Me senté. Ella se puso de rodillas frente a mí, con las rodillas entre mis piernas, y me desabrochó los pantalones con lentitud, con una precisión que me hacía perder el aliento. No me sacó la ropa. Solo me dejó al descubierto el pene, ya tieso, ya ansioso. Me miró. Me sonrió. Y entonces me acarició con la palma, lento, sutil, como si estuviera probando la textura de un libro raro y valioso.
—¿Cuántas veces has soñado con esto? —me preguntó, sin dejar de frotar la punta con el pulgar.
—Ninguna —mentí.
Ella rió, baja, gutural.
—Mentira. Yo lo sé. Tú me miras como si estuvieras soñando despierto cada vez que te acercas a mí. Como si estuvieras calculando el momento exacto en que vas a cogerme.
—¿Cogerte?
—Sí. Cogerme. No decir “acostarme con una mujer mayor” como si fuera una frase de novelas de amor tontas. Cogerme. Como quien coge un vaso de agua cuando tiene sed.
Me mordí el labio. Me puse rojo. Pero no negué.
Ella se inclinó y me lamió la punta. Me temblaron las piernas. Me agarré al borde del sofá como si fuera a caer al vacío. Ella se rió otra vez y me dijo:
—No te aguantes. Si te aguantas, me enfado.
Y entonces me metió la boca por completo. No fue suave. No fue educada. Fue una mordida de placer, una toma directa, sin excusas. Me lamió, me chupó, me mordió con la suavidad de quien sabe que está jugando con fuego y que ambos ya están quemados. Yo no pude evitarlo. Me di vuelta la cabeza, me puse una mano en la boca para no gritar, y me corrí en su boca, con una fuerza que me hizo temblar hasta los dedos de los pies.
Ella se levantó. Se limpió la boca con el dorso de la mano, y me miró con una sonrisa de gata satisfecha.
—Estás buenísimo —dijo.
Me tomó de la mano y me hizo levantar. Me quitó la camisa, me desabrochó el cinturón, y me ayudó a quitarme los pantalones. Me empujó a acostarme en el sofá. Yo estaba aún temblando. Ella se quitó el corsé, se deslicó el sujetador por los hombros, y se sentó sobre mí, con las piernas abiertas a cada lado de mi cintura. Me puse de rodillas, con las manos en sus caderas, y la vi bajar la cabeza, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con la respiración entrecortada.
—Dime qué quieres —me susurró.
—Quiero cogerte —dije.
—Sí. Cogerme. No “acostarme con”. Cogerme.
Y entonces se bajó, lentamente, hasta que su vagina, húmeda, brillante, estuvo frente a mi pene. Me miró. Me sonrió. Y se sentó sobre mí.
Fue una sensación que no lograré explicar con palabras. Fue como si el mundo se hubiera detenido, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso y pesado, como si cada célula de mi cuerpo estuviera gritando, pero nadie pudiera oírlo. Ella se movió con lentitud, con una precisión que me volvía loco. No era sexual. Era ritual. Cada movimiento era una promesa, un juramento, una confesión. Me miraba a los ojos mientras se movía, como si quisiera grabar cada expresión en su memoria.
—Así —me dijo—. Así como si no hubiera mañana.
Y yo la cogí. No con fuerza. No con desesperación. Con reverencia. Con miedo. Con amor. Con deseo. Con todo lo que tenía y con todo lo que no tenía. Le agarré los pechos, le mordí el cuello, le lamió los pezones, le susurré al oído lo que quería que hiciera. Ella me hizo todo. Me dio todo. Y cuando yo me corrí otra vez, dentro de ella, con una fuerza que me hizo temblar hasta los dientes, ella me abrazó, me besó la frente, y me dijo:
—Eres mío.
Y yo, con la voz rota, le respondí:
—Sí. Soy tuyo.
Luego se durmió sobre mí, con la cabeza apoyada en mi pecho, con una sonrisa en los labios. Yo la miré, con la mano en su espalda, y pensé que nunca nadie me había hecho sentir tan vivo, tan desnudo, tan real.
Hoy sigo yendo a la librería. Ella sigue allí, detrás del mostrador, escribiendo con su pluma estilográfica. Pero ahora, cada vez que me mira, me sonríe con esa sonrisa de quien sabe que ya no hay vuelta atrás. Y yo, cada vez que entro, siento ese calorcito en el estómago, esa punta de ansiedad, ese deseo que late como un tambor de guerra, y que me susurra al oído:
—Vuelve. Vuelve. Vuelve.
Porque ella no me ha dejado. Y yo no quiero que me deje. Porque cuando me cogió, no solo me cogió el cuerpo. Me cogió el alma.
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.