Cuando me cogí a la esposa de mi mejor amigo
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La fiesta de cumpleaños de Daniel era un caos de risas estridentes, música reggaetón a todo volumen y cervezas que se escurrían por los bordes de los vasos. Camila, su esposa, llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba la curva de las caderas y el balanceo de sus pechos, dos bolas suaves y pesadas bajo la tela fina. El cuello de su vestido dejaba al descubierto la base de su nuca, donde un pequeño lunar parecía invitar a un beso. Yo, Alex, me mantenía en la periferia, con una lata de soda helada en la mano, viendo cómo Daniel reía con sus compañeros de trabajo mientras Camila, a su lado, lo miraba con una ternura que ahora sabía que era solo una máscara. Porque yo sabía lo que ocurría cuando Daniel se iba a la cocina a preparar otro trago y ella se quedaba sola en el sofá, con las piernas cruzadas, los ojos vidriosos de licor y deseo.
—¿Tú también te sientes como pez fuera del agua? —me preguntó Camila al sentarse a mi lado, sin mirarme. Su voz era un susurro ronco, como si el alcohol le hubiera rasgado la garganta.
No respondí. Simplemente asentí y dejé que mi mano rozara la de ella, primero por accidente, luego con intención. Su piel era cálida, suave, y cuando giró la palma hacia arriba y se entrelazaron nuestros dedos, sentí un calambre en la base de la columna. Su pulgar rozó el mío, lento, deliberado. Y entonces me miró: sus ojos, oscuros y húmedos, me devoraban. No era una mirada de amistad. Era una mirada que ya me había quitado la ropa con la imaginación, y yo lo sabía.
—Vamos al baño —dijo, soltando mi mano y poniéndose de pie con una elegancia calculada, como si bailara una pieza que solo ella conocía.
El baño estaba al final del pasillo, al fondo de la casa. La luz del pasillo parpadeaba, y las sombras se alargaban sobre las paredes. Cuando cerramos la puerta tras de nosotros, el silencio fue tan denso que oímos el latido de nuestros corazones. Ella se apoyó contra el mueble del lavamanos, con las manos sobre la superficie fría, y me miró sin vergüenza. Su pecho subía y bajaba con fuerza. El vestido se le subió un poco con el movimiento, descubriendo la curva de sus muslos, suaves y redondeados, cubiertos por la malla oscura de sus medias.
—¿Te acuerdas de aquella vez que vine a tu casa cuando te desmayaste con la gripe? —preguntó, con la voz quebrada.— Estabas acostado en tu cama, con el pecho descubierto, sudando, respirando pesado… Yo te puse una compresa fría en la frente y, por un segundo, quise tocarte donde no debía.
No dije nada. Me acerqué. Mi mano subió por su cuello, despacio, hasta enredarse en su cabello. Lo sentí, húmedo y suave, entre mis dedos. Luego bajé, deslizándome por su clavícula, por el borde del vestido, hasta encontrar el borde del sostén. Con un solo movimiento, lo bajé, y sus pechos saltaron hacia adelante, pesados, erectos, con pezones duros como granos de café. Los tomé en mis manos, los froté con los pulgares, viendo cómo se endurecían más, cómo se hincharan bajo la presión. Ella jadeó, una exhalación larga y ahogada, y se arqueó hacia mí, como ofreciéndose.
—Alex —murmuró—, no deberíamos.
—¿Por qué no? —susurré, inclinándome para lamerle el pezón.— Porque es tu marido.
—Sí —respondió, con la cabeza arqueada hacia atrás, mostrando el cuello—. Pero tú ya me has visto así, Alex. Ya sabes cómo me gusta.
Y entonces me levanté, desabroché su vestido de un tirón, dejándolo caer a sus pies en un susurro de seda. Quedó frente a mí desnuda, salvo por las medias y las garras de los zapatos de tacón alto. Su vagina, a simple vista, estaba húmeda, los labios grandes ligeramente separados, los pequeños hinchados, oscuros como moras maduras. El vello pubiano, recortado en una línea fina, brillaba con el sudor de la anticipación.
—Dime qué quieres —le dije, poniendo mis manos en sus caderas, empujando sus muslos hacia afuera.
—Quiero que me cogas —dijo, sin dudar—. Quiero que me follas como si no hubiera mañana. Quiero que me hagas sentir que soy tuya, solo tuya, aunque sea por un rato.
No me lo repetí dos veces. Me bajé los pantalones y el bóxer, dejando al descubierto mi pene, ya endurecido, grueso, con la cabeza oscura y brillante de preseminal. La toqué allí, con la punta de los dedos, rozando sus labios, empujando su clítoris, que se encogió como una pupila ante la luz.
—Está húmeda —dije, observando mis dedos manchados de su jugo—. Está lista para mí.
Ella asintió, con los ojos cerrados, los dientes apretados. Le separé los muslos más aún, y me coloqué detrás de ella, con una mano en su cintura y la otra agarrándole la cadera. Le empujé la punta del pene contra su entrada, y sentí cómo se tensaba, cómo su cuerpo se abría, cómo su vagina me tragaba, paso a paso, mientras ella soltaba un gemido largo, gutural, como si le estuvieran arrancando la alma.
—¡Ah, joder! —exclamó, cuando ya estaba hasta la raíz—. ¡Está tan dentro! ¡Tanto tiempo esperando esto!
No me moví. Dejé que se acostumbrara. Sentí su vagina, cálida, apretada, con un ritmo propio, como un corazón que latía al unísono con el mío. Luego empecé a moverme, con golpes largos y profundos, sacudiéndole el cuerpo, haciendo que sus pechos rebotaran, que sus manos se agarraran al lavamanos con fuerza. Cada embestida la empujaba hacia adelante, y ella respondía con un gemido, con una queja, con un “sí, sí, sí” que sonaba como una oración.
—Más fuerte —pidió—. ¡Más fuerte, Alex! ¡Quiero sentirte hasta en la garganta!
Y lo hice. Le cogí las caderas con ambas manos y le clavé el pene como si quisiera romperla por la mitad. Ella jadeaba, su respiración se volvió entrecortada, y su cuerpo se estremeció como hoja al viento. Sentí cómo su vagina se contrajo, cómo se cerró en torno a mi pene, como un puño apretado, y su clítoris se hinchó bajo mi mano, que ahora jugaba con él mientras seguía metiéndome en su interior con furia.
—Voy a correrme —dije, con la voz rota—. Voy a llenarte, Camila. Voy a darte todo.
Ella no respondió con palabras. Solo arqueó el cuerpo hacia atrás, apoyando su cabeza en mi hombro, y soltó un grito agudo, estridente, como si hubiera sido golpeada por la corriente. Su vagina se estremeció, se contrajo, y yo sentí cómo su flujo se volvía espeso, cálido, cuando yo me corrí. Me corrí dentro de ella, con golpes rápidos y profundos, y sentí cómo mi esperma salía en chorros, empujado por el éxtasis, llenando su útero, su vientre, su alma.
Me retiré con lentitud, y el pene me salió con un sonido húmedo, como un corcho de botella. Miro cómo quedó su vagina, abierta, hinchada, aún palpitando, con mi semen saliendo a pequeños chorros, mezclándose con su jugo, con su sudor. Ella se dejó caer sobre el suelo, sentada, con las piernas abiertas, sin vergüenza, sin remedio. Me senté a su lado, sin romper el contacto visual, y le limpié el rostro con el borde de mi camiseta.
—¿Ahora sí te sientes mejor? —le pregunté, con una sonrisa.
Ella me miró, con los ojos húmedos, y me besó, lento, con sabor a sal y a sexo. No dijo nada. Solo apoyó su cabeza en mi pecho y me susurró al oído:
—Hazlo otra vez. Antes de que regrese Daniel.
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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.