Cuando me acosté con mi cuñada en la cocina
4 minCuando me acosté con mi cuñada en la cocina
Eran casi las once de la noche y la casa estaba en silencio, salvo por el zumbido del refrigerador y el crujido del piso al caminar. El resto de la familia había ido a una boda en Guadalajara, dejándola sola con su cuñado —una excusa perfecta para que ambos respiraran un poco, aunque nadie lo dijera en voz alta. Él había insistido en quedarse a limpiar la cocina después de la cena, y ella se ofreció a ayudar, sabiendo que era solo eso: una excusa. Ambos lo sabían.
—¿Te parece si enciendo el fogón mientras seca los platos? —le preguntó ella, apoyando los codos en la encimera de mármol, los dedos jugueteando con el borde frío.
—Claro —respondió él, sin mirarla de inmediato, concentrado en enjuagar un tazón—. Pero no me digas que quieres calentarte las manos… que ya sabemos lo que pasa cuando te acercas demasiado al fuego.
Ella sonrió, baja y lenta, sin apartar los ojos de sus manos. Él tenía los dedos anchos, con venas azules marcadas en el dorso, y una cicatriz casi invisible en el pulgar, de cuando se cortó con un cuchillo hace años. Le gustaba observarlos moverse con precisión, sin prisa. Ella misma tenía las uñas cortas, bien cuidadas, y las palmas un poco húmedas por el calor que le subía del estómago hacia el pecho.
—¿Te acuerdas de aquella vez en la fiesta de Año Nuevo? —le preguntó ella, bajando la voz—. Cuando bailamos esa canción lenta, al final de la noche… y nadie nos veía.
—Claro que me acuerdo —dijo él, por fin alzando la mirada. Sus ojos eran oscuros, húmedos, y tenían una luz que nunca mostraba delante de los demás—. Sentí tu respiración en el cuello y no supe si era mía o tuya.
Se acercó a ella, lento, como quien se acerca a una llama sin temor, sabiendo que la va a quemar pero que ya no puede volver atrás. Ella se giró completamente, apoyando la espalda en la encimera, los talones rozando el borde del fregadero. Él se detuvo frente a ella, entre sus piernas abiertas apenas un par de centímetros, el calor de su cuerpo rozándole los muslos.
—Hace mucho que no me miras así —susurró ella.
—Porque no me atrevía —respondió él, y entonces bajó la mano, no hasta su cintura, sino hasta su muslo, con la yema de los dedos rozando el interior, justo arriba de la costura de sus medias—. Pero esta noche… esta noche sentí que el silencio ya no me servía.
Ella inhaló hondo, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba antes de que su mente pudiera detenerlo: la humedad entre sus piernas, el pulso acelerado en el cuello, el calor que le subía por las espinillas. Él inclinó la cabeza y besó su cuello, no con urgencia, sino con una lentitud que era casi una promesa. Le mordió suavemente la piel, solo lo suficiente para que ella soltara un gemido ahogado.
—Dime qué quieres —le pidió él, con la boca pegada a su oreja—. Que no soy tu cuñado esta noche.
—Quiero que me cojas aquí —dijo ella, sin vacilar—. Quiero que me cojas con las manos sucias de jabón, con el horno encendido y el silencio de la casa encima.
Él no esperó más. Le subió la falda hasta la cintura, sin romper el beso, y le desabrochó el sostén con una sola mano, con una destreza que demostraba que ya lo había hecho antes. Le tomó los pechos, los apretó con las palmas, los acarició con los pulgares, y ella arqueó la espalda, soltando un gemido más fuerte.
—Mierda… —murmuró él, bajando la cabeza y sugiendo uno de sus pezones—. Si supieras cuánto he soñado con esto.
Y cuando ella ya no pudo más, cuando sus piernas temblaban y su respiración se había convertido en un jadeo corto y desesperado, él la levantó con facilidad y la sentó sobre la encimera. Le separó las piernas, se arrodilló entre ellas y le subió la falda hasta la cintura, dejando al descubierto su bragas de encaje, ya húmedas.
—Dime si no quieres que pare —le preguntó, con la nariz rozando el tejido.
—Nunca pare —susurró ella, y entonces él la besó allí, con la lengua, y ella gritó su nombre como si fuera una plegaria.
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.