Cuando le hice un trago de mi boca a mi jefe

Cuando le hice un trago de mi boca a mi jefe

@adriana_v ·4 de julio de 2026 · 🔥 3.9 (16) · 45 lecturas · 5 min de lectura

Me llamo Lucía y trabajo en una agencia de marketing desde hace tres años. Mi jefe, Martín, es un tipo de esos que entrás al office y ya te tensás solo por la forma en que camina, con las manos en los bolsillos y los hombros un poquito encogidos, como si llevara un peso invisible pero constante. Tiene cuarenta y pico, barba bien recortada, ojos claros que parecen de hielo pero que en realidad brillan cuando se fija de verdad en algo. Y yo, desde hace un mes, no puedo dejar de fijarme en él —y no, no es solo por el cargo.

Todo empezó con una reunión que se pasó de hora, el viernes a las 20.30. El aire acondicionado zumbaba como un mosquito dormido y la luz del techo parpadeaba cada tanto. Yo estaba sentada frente a él, con mi notebook en el regazo, y él, con el codo apoyado en la mesa, se frotaba la sien mientras leía mi último informe. «Está bien», dijo, sin mirarme de una vez, «pero faltó un detalle: el tono. No suena natural». —¿Natural? —repliqué, con la voz más suave que pude. —Sí. Como si estuvieras hablando con alguien que no te conoce. Y vos sabés hablar, Lucía. De verdad. Me miró entonces, directo, y me di cuenta de que tenía la boca un poco abierta, como si estuviera a punto de decir algo más… o de tragarse las palabras.

Desde ese día, todo cambió. Los mensajes dejaron de ser fríos, los “buenas tardes” se volvieron “¿qué onda?”, y las pausas para tomar café se alargaban hasta que uno de los dos decía algo que no tenía nada que ver con el trabajo. Hasta que el miércoles pasado, después de que nos quedamos los dos para corregir una presentación que no terminaba de cuadrar, me dijo, sin dejar de mirar la pantalla: —¿Vos tenés ganas de que se terminen las ocho de la noche o ya te acostumbraste a vivir al ritmo del horario laboral? Le sonreí. —Depende. Si estás vos de acompañante, sí. —Ah —dijo, y soltó una risita baja—. Mirá, Lucía, no es que no quiera… pero soy tu jefe. —No te preocupes —le dije, y me levanté, acercándome con calma—. No te voy a pedir un ascenso. Solo… una chance.

Y ahí, sin más, lo besé.

No fue un beso de esos que se dan por costumbre o por error. Fue un beso largo, húmedo, con lengua y todo, y cuando se relajó —porque al principio se tensó, como si dudara—, sus manos me tomaron la cara y me acercó más, hasta que sentí su corazón contra el mío, acelerado, desbocado.

—¿Estás segura? —me susurró, entre beso y beso. —Sí —le dije—. Pero querés que te diga algo? Estoy tan nerviosa que me tiemblan las piernas. —Yo también —admitió, y me tomó de la muñeca—. Pero no vamos a hacer nada en la oficina. No hoy.

Bajamos las escaleras en silencio, tomamos el colectivo juntos (él de pie, agarrado del barrote, yo atrás, con las manos en sus caderas para que no se mueva), y luego caminamos hasta su casa, una departamentita en Palermo Hollywood, con paredes blancas, muebles de madera clara y un sofá que parecía hecho para estirarse y dormir.

—¿Te sentís bien? —me preguntó cuando cerramos la puerta. —Sí —le dije, y me acerqué a él—. Pero querés que te diga qué me hace sentir, Martín? Me hace sentir como si estuviera por caer de un edificio, pero sabiendo que voy a aterrizar en un colchón de plumas. —Hacéme el favor de no usar tanta poesía —me respondió, y me tomó la nuca—. Yo prefiero la verdad.

Y entonces lo hice.

Me arrodillé frente a él, sin prisa, con las manos apoyadas en sus muslos, y le desabroché la camisa con calma, botón tras botón, como si cada uno fuera una promesa. Luego, con los dedos, le deslicé el cinturón y la cremallera, lento, hasta que lo sentí, ya medio duro, contra mis muslos.

—Mirá —le dije, y le tomé la polla con la mano, firme pero sin apretar—. No es que me esté muriendo por esto. Es que… me gusta la idea de que vos estés acá, conmigo, y que yo sea la que te haga sentir bien. —Sí —dijo, con la voz ronca—. Sí, Lucía. Dámelo.

No lo cogí de entrada. Primero lo besé, con la boca abierta, lamiendo la punta, probando su sabor, su calor, mientras sus manos se cerraban en mi pelo, no con fuerza, pero con urgencia. Luego lo tomé todo, hondo, hasta que sus rodillas temblaron y soltó un gruñido que no sabía si era de placer o de rendición.

—Estás bueno… —le dije, y lo miré entre los ojos—. Estás muy bueno. —Sos una tentación —respondió, y me tiró suavemente hacia atrás—. Pero yo no soy un santo, Lucía.

Y entonces lo hice bien. Con la boca cerrada, con la lengua plana, con suaves mordiscos en el glande, con el pulgar presionando suavemente la parte de abajo, como si lo masajeara desde adentro. Él suspiraba, jadeaba, y cada tanto decía mi nombre, como si lo estuviera rezando.

—No voy a tardar —me advirtió, y yo le sonreí, con la polla aún en mi mano. —No te apures —le dije—. Yo no tengo ninguna prisa.

Pero cuando lo sentí más duro, más gordo, cuando noté que se tensaba todo, que su espalda se arqueaba y sus dedos se clavaban en mis hombros, supe que estaba por llegar. Y entonces lo cogí más hondo, con la garganta relajada, hasta que lo sentí temblar, y cuando lo soltó, un chorro cálido y espeso me salpicó en la cara, y yo me lo comí todo, lento, con la lengua, como si cada gota fuera un regalo que no quería desperdiciar.

Se sentó en el sofá, agotado, con los ojos cerrados, y yo me quedé a su lado, con la boca seca y las manos temblorosas.

—¿Y ahora qué hacemos? —le pregunté. —Ahora —dijo, y me tomó la mano—… ahora te voy a besar de nuevo, y si te gustó lo que hiciste antes, mañana vamos a seguir probando.

Y lo hicimos.

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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.

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