Cuando le hice el sexo oral a mi jefe en su oficina

Cuando le hice el sexo oral a mi jefe en su oficina

@natalia_fuego ·25 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (21) · 325 lecturas · 3 min de lectura

Yo nunca pensé que llegaría a eso. Sentada en la silla de cuero negro, con las piernas ligeramente separadas, vi cómo se inclinaba sobre mí, con la corbata ya aflojada y la respiración entrecortada. Mi jefe —Luis— siempre había sido impecable, serio, distante. Pero esa noche, después de la reunión延 hasta las once y media, con la oficina vacía y la luz del ascensor apagada, algo cambió. No fue una atracción súbita, sino un deseo que se fue acumulando durante semanas: sus ojos cuando me miraba de reojo en las reuniones, la forma en que dejaba caer su mano cerca de la mía al pasar documentos, el calor que sentía en las mejillas cada vez que se acercaba a mi escritorio.

—Natalia —me susurró, con voz distinta, más grave, casi ronca—. ¿Estás segura?

Yo no dije nada. Solo le tomé la mano derecha, la puse sobre mi muslo, y la bajé lentamente hasta rozar el borde de la falda. Él exhaló, como si le hubieran quitado una carga. Entonces se arrodilló frente a mí, con una naturalidad que me sorprendió, como si ya lo hubiéramos hecho antes —y en cierto modo, sí lo habíamos hecho, en la fantasía que me repetía cada mañana al vestirme—.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre la silla de atrás. Se desabrochó la camisa, despacio, mostrando el vello en el pecho, el cinturón de piel oscura, los botones que se abrían uno a uno como promesas rotas. Cuando levantó la vista hacia mí, sus ojos ya no eran los de mi jefe. Eran los de un hombre que había dejado atrás el control por un momento, que me ofrecía su vulnerabilidad.

—Te he querido hacer esto desde la primera vez que te vi en el desayuno de equipo —dijo, con una sonrisa que no le conocía—. Pero hoy… hoy ya no pude más.

Me quitó la blusa con cuidado, como si temiera que desapareciera si la tiraba con fuerza. Luego, los calcetines, la falda, las bragas. Cuando quedé completamente sola bajo su mirada, sin la coraza del traje profesional, sentí un nudo en el estómago… pero no de miedo. De anticipación.

Se acercó, y esta vez fue él quien se arrodilló entre mis piernas. No me pidió permiso. No lo necesitaba. Yo misma le abrí las piernas, le di el espacio que quería, que necesitaba. Sentí su aliento primero, cálido y lento, sobre la piel de mis muslos. Luego, su lengua —suave, firme— rozó mi clítoris. No fue un ataque, fue una invitación. Me temblaron las manos sobre sus hombros. Su olor, su sal, su piel: todo era nuevo y familiar a la vez.

—Dime qué te gusta —me pidió, sin apartarse.

—Más… —susurré—. Con la lengua, así… sí.

Y lo hizo. Con una precisión que no sabía que poseía. No fue rápido. No fue frenético. Fue sensual, intenso, como si cada movimiento fuera una palabra en una confesión larga y necesaria. Sentí cómo su nariz rozaba mis labios íntimos, cómo sus dedos separaban la carne blanda para acceder mejor, cómo su garganta vibraba cuando me escuchaba gemir su nombre —no “Luis, jefe”, sino “Luis, por favor”—.

Llegué al borde sin que él me tocara directamente allí. Solo su boca, su lengua, su paciencia. Me agarré a los brazos de la silla, los nudillos blancos, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Cuando me corrió, lo hizo con un gemido ahogado, como si tuviera que contenerse para no despertar a todo el edificio. Yo lo seguí segundos después, una oleada intensa, fría y cálida al mismo tiempo, que me hizo arquear la espalda y soltar un grito que sonó como una disculpa y un agradecimiento al mismo tiempo.

Se levantó entonces, con la cara deshecha, la respiración aún agitada. Me besó en la frente, como si yo fuera alguien sagrado.

—Nunca más —dijo, casi en voz baja—. No en la oficina. Pero… esto, entre nosotros… no se olvida.

Yo solo asentí. Con la falda en el suelo, la blusa sobre el respaldo, y la sensación de haber cruzado una frontera que no pensaba volver a cruzar —pero que, por primera vez, no sentí como un error.

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Lo prohibido sabe mejor. Escribo el deseo culpable, la infidelidad, esas ganas que no deberíamos tener… pero tenemos.

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