Cuando le dije a mi hermanastra que me chupara la verga

Cuando le dije a mi hermanastra que me chupara la verga

@adriana_v ·21 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (6) · 74 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que se quedaron solos en la casa de los padres, ella estaba lavando los vasos de la cena. Él, sentado en el sofá, con los calcetines desiguales y el celular apagado en el regazo, la miraba sin disimulo. Mariana —diecisiete años mayor que él, divorciada, con dos hijos que那 noche dormían en la habitación de invitados— no notó su mirada de inmediato. Lo notó cuando el chorro del grifo se cortó de golpe y ella se volvió, con una toalla en la mano, el cabello suelto hasta los hombros, la piel aún luminosa bajo la luz del extractor.

—¿Todavía despierto? —preguntó él, sin levantarse.

Ella sonrió, esa sonrisa que siempre le había gustado —lenta, calculada, como si supiera que cada gesto suyo tenía peso—. —Tú sí. Yo ya me fui hace rato.

Él se levantó. No con prisa, pero sí con determinación. Caminó hasta la cocina, se apoyó en el mostrador, frente a ella. La luz de la ventana le dibujaba las curvas de los brazos, el contorno de los pechos bajo la camiseta de algodón. Ella no bajó la vista. Lo miró a los ojos, y él supo que había estado esperando ese momento desde que él se mudó a la casa, después del funeral del padre.

—¿Te acuerdas de cuando jugábamos a las escondidas? —dijo él.

Ella se limpió las manos en la toalla. —Claro. Tú siempre te escondías en mi cuarto.

—Sí. Y tú siempre me encontrabas.

Mariana no dijo nada. Solo se mordió un instante el labio inferior, con los dientes, como si estuviera probando algo.

—Hoy no te esconderías, ¿verdad? —preguntó él.

Ella se mordió otra vez. Esta vez más fuerte.

—Depende —respondió—. ¿De qué?

—De si quieres.

Hubo un silencio que se llenó con el zumbido del refrigerador. Mariana dejó la toalla sobre el mostrador. Se acercó un paso. Luego otro. Hasta que su pecho rozó la manga de su camisa.

—¿Quieres que te lo haga? —le preguntó, sin bajar la vista.

Él asintió.

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Ella le desabrochó el pantalón. Con lentitud. Con intención. El cierre sonó como un suspiro ahogado. Él respiró hondo, pero no apartó la vista de su cara. Veía cómo sus pestañas temblaban, cómo la piel de su cuello se ponía más oscura, cómo su respiración se volvía superficial.

—Mira —le dijo Mariana, sin levantar la cabeza—. No lo hago por ti. Lo hago porque me apetece.

—Entonces no me mires —respondió él, con voz ronca—. Hazlo como si no me conocieras.

Ella se puso de rodillas entonces, sin pausa. El suelo de madera fría bajo sus rodillas no la detuvo. Él se apoyó en el mostrador, los nudillos blancos. Ella le bajó la ropa interior con una mano, dejó su pene libre, tieso y ligeramente húmedo en la punta.

—Qué lindo —dijo, como si lo estuviera descubriendo.

Y se inclinó.

La boca de Mariana fue una sorpresa: cálida, suave, con un sabor a sal y a jabón. No lo tomó a la primera. Primero lo rozó con la punta de la lengua, desde la base hasta la cabeza, con un movimiento lento, casi investigativo. Él cerró los ojos. Sintió el roce de sus pestañas contra su piel, el leve fricción de sus cejas al inclinarse.

—Mierda… —murmuró.

Ella no le respondió. Solo lo tomó entre los dedos, lo acercó a su boca otra vez, esta vez con más profundidad. Él sintió el calor de su garganta, la presión suave del paladar, el leve arrastre de sus dientes cuando, sin querer, rozó la cabeza.

—Cuidado —le dijo él, pero no como advertencia. Como súplica.

Ella asintió contra su piel, y volvió a tragarlo, esta vez hasta la mitad. Su mano izquierda acarició su muslo, los testículos, con delicadeza, como si temiera que se rompiera. Él jadeó, inclinó la cadera, empujando sin pensar. Ella no se quejó. Solo ajustó la posición, soltó su pene por un segundo, lo mojó con la lengua, lo envolvió todo en saliva, y volvió a metérselo.

—Tú no me habías enseñado esto —dijo él, entre dientes.

Ella se separó, con un *pop* húmedo, y lo miró. Sus ojos estaban brillantes, las mejillas ligeramente rojas, los labios húmedos.

—¿Te gusto cuando te lo hago? —le preguntó.

—Sí. Demasiado.

—Entonces no pienses.

Y volvió a bajar.

Esta vez fue diferente. No hubo dudas. No hubo escasez. Solo calor. Solo boca. Solo lengua y labios y presión constante. Ella lo tomó con ambas manos, lo sostuvo como si fuera algo precioso y peligroso a la vez, y lo metió en su boca hasta que su nariz rozó su vello púbico. El grito que soltó él no fue de placer puro: fue de culpa, de deseo roto, de algo que sabía mal pero que no podía dejar de hacer.

—Mariana… —dijo, esta vez con más fuerza—. No puedo más.

Ella lo miró una última vez, con los ojos entreabiertos, los labios entreabiertos, y lo chupó con fuerza, una última vez, antes de retirarse lentamente.

Él se quitó la camisa, la empujó contra la encimera. Ella no se resistió. Solo soltó una risita ahogada, mientras él le levantaba la camiseta, le desabrochaba el sostén, le sacaba los senos. Pequeños, firmes, con pezones oscuros y duros. Él los apretó con las manos, los rozó con los pulgares, y ella arqueó la espalda, sin pedir permiso, como si ya lo hubiera hecho mil veces.

—Quiero verte venir —dijo ella—. Quiero verte cuando te vayas.

Él se quitó los pantalones. Se puso entre sus piernas. Sentía la humedad de su vulva, el calor de su sexo abierto, la forma en que sus labios se separaban cuando él rozó la punta de su pene con su clítoris.

—¿Estás mojada? —le preguntó.

—Sí —respondió ella—. Pero no por ti. Porque quiero.

Él la miró. Luego la besó. Un beso largo, con sabor a él, a saliva, a jabón, a boca.

—No digas eso —susurró él—. Dime que sí, pero no digas eso.

Ella sonrió.

—Vete a chingar a tu madre —dijo, en tono de broma.

Él se rió, y se metió.

Lento. Profundo. Todo.

Mariana soltó un grito corto, pero no se quejó. Solo lo apretó con las piernas, con las uñas, con todo su cuerpo. Él empezó a moverse, con una cadencia que no era de fuerza, sino de necesidad. Cada embestida lo llevaba más adentro, más allá del límite que ambos habían imaginado.

—Mierda… —dijo Mariana—. Más fuerte.

Él obedeció.

Y cuando ella se vino, fue con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, los senos subiendo y bajando con la respiración agitada. Él la siguió segundos después, con una embestida más profunda, con un gruñido que no fue de placer, sino de rendición.

Se quedaron así, pegados, sudados, sin palabras.

—¿Volvemos a hacerlo? —preguntó Mariana, cuando ya se habían vestido y ella lavaba los vasos otra vez.

Él se acercó, le besó la nuca.

—Sí —dijo—. Pero la próxima vez que me lo hagas, no me mires.

Ella asintió.

—Prometido.

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