Cuando el vecino del piso de arriba me pidió que le mamaras el pito en su cama
7 minCuando el vecino del piso de arriba me pidió que le mamaras el pito en su cama
Yo no buscaba esto. Me llamó por la puerta de aluminio que da al balcón de su apartamento, ese que tiene las macetas de albahaca y el toldo medio desclavado. Se llamaba Santiago —32 años, pelirojo, espalda ancha, y una cicatriz casi imperceptible en la esquina izquierda del labio superior— y me ofreció una cerveza mientras el sol se le pegaba en los hombros como una capa dorada. Yo estaba en calzoncillos, con una toalla al cuello, recién salido del baño. Tenía el pelo mojado, el pecho húmedo y el corazón latiéndome como si me hubiera sorprendido en un acto que no era mío.
—¿Tienes algo de frío? —me preguntó, y en su voz no había mala intención, solo curiosidad, como cuando alguien te ofrece una sombra en pleno mediodía.
—Nada que no me cure un aguardiente y una buena charla —le respondí, y me senté en el banquillo de madera, ese que crujía cada vez que me movía.
Era la segunda vez que íbamos a vernos. La primera había sido por una tontería: el inodoro de su baño se desbordó y me inundó el techo de la cocina. Fui a reclamar, y él me atendió con una sonrisa que le arrugaba las cejas y me dejó una botella de whiskey en la puerta, sin pedir nada a cambio. Eso me gustó. Porque en Medellín, nadie te deja una botella sin esperar algo. Ni siquiera los curas.
Esa tarde, mientras el viento entraba por la ventana entreabierta y movía las cortinas como si las hubiera besado antes, él me miró de forma distinta. No fue una mirada de vecino, ni siquiera de hombre que ve a otro con respeto. Fue una mirada de lengua en el paladar, de dedos que ya imaginaban la forma del otro. Me miró y dijo:
—Andrés, ¿tú qué te mueres por los hombres?
Yo no lo miré de inmediato. Tomé un trago de cerveza, dejé la lata sobre la mesa de vidrio, y solo entonces lo miré a los ojos. Él no movió ni un músculo. Se quedó quieto, con las manos sobre las rodillas, las piernas ligeramente separadas, y una sonrisa que ya no era de charla. Era de peligro. De promesa.
—Sí —le dije—. Me muerdo por los hombres. Pero solo si me los presentan bien.
Él soltó una risa baja, casi gutural, y se inclinó hacia adelante. Me miró de abajo hacia arriba, como si ya me estuviera quitando la camiseta con la mirada.
—¿Y si te lo presento yo?
No respondí con palabras. Me levanté. Le quité la camiseta sin pedir permiso. Ella cayó al suelo como si supiera que su destino ya estaba escrito. Él no se movió. Dejó que le desabotonara el pantalón, que le bajara la cremallera con lentitud, como si cada milímetro fuera un paso hacia una trampa que yo mismo había diseñado.
Cuando su pito salió, estaba duro, grueso, de un tono que parecía hecho a la medida de mis manos. No era grande, pero era hermoso: carnoso, con un glande redondo y oscuro, y la vena que le subía por el costado como una línea de tatuaje. Me agaché.
—¿Te gusta que te mame? —le pregunté, sin mirarlo, como si ya lo supiera.
—Sí —dijo—. Pero no me voy a correr en la boca. Tú me lo das, y yo te lo devuelvo. No es una carrera.
Le sonreí, y le tomé la base del pito con la mano, masajeándola con suavidad, como si lo estuviera calentando para un concierto. Luego lo llevé a la boca. No lo metí de golpe. Lo lamí primero. Con la punta de la lengua le dibujé el glande, le pasé la lengua por el orificio, le hice un círculo lento alrededor del capuchón. Él suspiró. Soltó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, y apretó los puños.
—Mierda… —dijo, y por primera vez su voz tembló.
Entonces lo tomé de la base con ambas manos y lo metí hasta la mitad. No hasta el fondo. Le di tiempo. Dejé que sus muslos se apretaran contra mis hombros, que su respiración se volviera irregular, que sus dedos se clavaran en mi cabello sin agredir, solo aferrándose. Le lamí el chorro, el prepucio, el culo del pene, como si cada parte fuera un mapa que yo estuviera aprendiendo con la lengua.
—Andrés… —dijo, y esta vez no fue un suspiro. Fue un grito ahogado.
Se levantó de la silla y me tomó del brazo. Me llevó hacia la habitación. La cama era grande, con sabanas blancas, pero con un leve olor a su colonia: madera y tabaco frío. Me sentó en el borde, se arrodilló frente a mí, y con una mano me quitó los pantalones y los calzoncillos. Me dejó desnudo frente a él, como un regalo que no sabía si merecía.
—¿Te gusta que te chupe el culo? —le pregunté, y esta vez yo era quien lo miraba con deseo.
—Sí —dijo—. Pero no me metas el dedo. Solo la lengua. Quiero sentir tu boca en todo.
Me incliné hacia adelante. Le abrí las nalgas con los dedos y le lamí el anillo. Fue la primera vez que lo hacía. Él soltó un grito suave, como si le hubiera encendido una vela en la médula. Le lamí despacio, de abajo hacia arriba, como si le estuviera rezando. Le sentí sudar, le sentí temblar, y cuando le metí la lengua un poco más, sintió que se le iba el mundo.
—Dame la mano —me dijo.
Yo se la di. Me llevó la mano a su pene, ya más duro que antes, más grueso, más suyo. Me puso la palma contra el glande y me cerró los dedos sobre la base.
—Sosténlo así. Y cuando te diga, sube y baja lento. Que se sienta todo. Que te sienta todo.
Lo hice. Lento. Con la boca aún pegada a su culo, la lengua entre sus nalgas, la mano apretando su pene como si fuera un instrumento que yo acababa de descubrir. Él me miraba como si yo fuera su única oración. Como si yo fuera el único lugar donde él se sentía vivo.
—Ahora —dijo.
Le solté el pene y me levanté. Me senté en la cama, con las piernas abiertas, la espalda apoyada en la pared. Él se puso de pie frente a mí. Me tomó los testículos con una mano, me estiró el pene con la otra, y me lo metió dentro con un movimiento que me hizo gritar.
—Mierda, Santiago… —dije, y no fue que me doliera. Fue que sentí que me había olvidado de mí mismo.
Él no se movió de inmediato. Me miró a los ojos, con la frente pegada a la mía, y me dijo:
—No te muevas. Déjame entrar.
Y así lo hizo. Lento. Con pausas. Con miradas. Con besos que me hacían olvidar que estaba allí, en su cama, con su cuerpo dentro del mío. Cuando empezó a moverse, lo hizo con la fuerza de quien sabe que no va a durar mucho. Pero no quería que durara mucho. Quería que fuera intenso. Quería que me corriera dentro como si no hubiera un mañana.
Lo sentí acelerar. Sentí sus dedos agarrando mis muslos. Sentí su boca acercándose a la mía, y cuando me besó, me di cuenta de que no lo había hecho desde que empezamos. Fue el beso que lo cambió todo. El beso que me hizo entender que no era solo sexo. Era algo más. Pero no lo dije. Porque en este juego, lo que no se nombra, se mantiene.
—Voy a correrme —me dijo, y esa vez no fue una advertencia. Fue una promesa.
Y cuando se corrió, lo hizo dentro de mí, con un gemido que parecía un lamento. Lo sentí pulsar, temblar, y luego dejarse caer sobre mí, con el pene aún dentro, con el sudor pegándonos la piel, con el aliento en el cuello.
No hablamos. Solo nos quedamos así, abrazados, con el cuerpo aún conectado, con el mundo afuera olvidado.
Y cuando me dijo “gracias”, yo le respondí con un “de nada”, como si no supiera que eso era el principio de algo que aún no entendía.
Pero sí lo entendía. Porque en ese momento, con su pene aún dentro de mí, su olor en mi piel y su voz en mis oídos, supe que volvería. Y que la próxima vez, sería yo quien le pidiera que me mamaras el pito.
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Cuento desde adentro, en voz baja. Lo que una piensa, lo que una calla, lo que una termina haciendo cuando nadie mira.